Para comprender correctamente la situación venezolana, es fundamental definir el contexto en el que se desarrolla. El régimen chavista no representa simplemente una ideología política, sino que funciona como una organización criminal con ramificaciones internacionales que se extienden incluso dentro de estructuras de poder en Estados Unidos. Esta distinción es crucial para entender por qué acabar con el sistema no se trata únicamente de neutralizar un líder o jefe específico, sino de desmantelar una estructura multicéfala que ha logrado distribuir poder y responsabilidades entre múltiples actores.
El balance actual del régimen reveela una matemática simple pero efectiva: enfrentó su peor temor posible, pero no llegó a materializarse el escenario más catastrófico. Cuando se les presentaba la opción de perderlo todo —poder, libertad, vidas y bienes—, solo perdieron dos elementos de esta ecuación. Esta "victoria parcial" les permitió sobrevivir, mantener su libertad y conservar el control del poder, aunque este sea tutelado. Sin embargo, como señala el autor, cualquier forma de poder sigue siendo poder, y cualquier cosa es mejor que la nada para quienes lo ostentan.
El régimen actúa como una cucaracha golpeada que finge estar muerta mientras busca el momento para escapar. Después del primer impacto, se muestran sumisos y obedientes, midiendo cuidadosamente la distancia que necesitan recorrer para alcanzar un lugar seguro donde completar su recuperación. Es fundamental no cometer el error de subestimarlos o considerarlos tontos. El chavismo cuenta con asesores altamente calificados —psicólogos, sociólogos—que les orientan en técnicas de camuflaje informativo, mostrando solo aquello que desean que el pueblo vea. Su capacidad manipuladora radica en el dominio de las sensaciones e imágenes, no en su poder militar o coercitivo.
Lo que hace verdaderamente peligroso al régimen es que carece de escrúpulos y de sentimientos nobles como el honor o la lealtad, demostrando disposición para sacrificar incluso a los suyos cuando es necesario. Aunque su capacidad para infligir daño ha disminuido después del 3 de enero, mantienen control sobre vidas, bienes y libertades de los venezolanos. El autor denomina esto el "efecto pez globo": una apariencia intimidante que resulta totalmente inofensiva ante un depredador real. Si el pueblo decidiera volcarse a las calles en una proporción del 30 por ciento, el régimen estaría acabado, pero mientras mantenga el control narrativo de las percepciones, seguirá teniendo capacidad de supervivencia política.
Fuente: La Patilla — Ver nota original