Correo: [email protected] La distancia de Venezuela respecto al gran teatro del fútbol contemporáneo no debe leerse como un vacío o un castigo del destino, sino como una severa lección de madurez intelectual que obliga a desarmar los mitos sobre los cuales hemos edificado nuestra identidad deportiva. Mientras el planeta asiste a la inauguración de un nuevo Mundial –un ecosistema expandido donde el juego se ha transformado en una ciencia de la precisión milimétrica, la aceleración física y la gestión corporativa–, la Vinotinto y Venezuela observan desde la pantalla de nuevo. Esta condición de testigos distantes no constituye un espacio para el lamento estéril ni para la autoflagelación; al contrario, representa un valioso repliegue reflexivo, un instante de sobriedad conceptual indispensable para entender que la legítima esperanza de ver a nuestra selección en la máxima cita no se sostiene sobre el voluntarismo emocional, sino sobre el rigor de la estructura. Durante el pasado ciclo clasificatorio, la sociedad venezolana articuló una narrativa de resistencia anímica sintetizada en el lema de la fe. Aquel inicio luminoso, caracterizado por destellos de rebeldía táctica y un fervor popular que convirtió a las plazas locales en epicentros de una comunión casi mística, instaló la ilusión de que el pasaporte ecuménico era un derecho de entusiasmo. Sin embargo, la eliminatoria sudamericana, acaso el filtro más implacable del planeta por su exigencia geográfica y su densidad competitiva, terminó por imponer la cruda realidad del balance numérico. La anemia de resultados fuera de las fronteras y la fatiga material en el tramo de cierre demostraron que el fútbol de élite castiga el cortoplacismo. La fe, herramienta formidable para la cohesión social en tiempos de fragmentación, se revela inocua cuando pretende sustituir la profundidad de una plantilla, la solidez institucional de una federación o la intensidad física que demanda el concierto internacional. El despertar de ese
Fuente: Tal Cual — Ver nota original