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La tierra purpúrea

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William H. Hudson se consideraba inglés pese a ser hijo de padres norteamericanos y haber nacido en Argentina. Terminó viviendo en Inglaterra donde escribió “La Tierra Purpúrea”, como llamó a nuestro Uruguay.

Jorge Luis Borges lo elogió diciendo que era “uno de los pocos libros felices que hay en la tierra”. Lo admiraron Joseph Conrad, Miguel de Unamuno y Theodore Roosevelt.

El personaje principal del libro es Richard Lamb. Este se casa en secreto, en Argentina, con su novia Paquita y huyen a Montevideo donde se quedan sin dinero. Por ello se traslada al interior en busca de trabajo en alguna estancia. En el Uruguay de revoluciones de aquel entonces, el inglés entra en contacto con caudillos como Santa Coloma, termina preso, se escapa y finalmente vuelve a Montevideo.

Además de la trama, es atractiva la descripción que Hudson hace del país. Llega a un rancho en Durazno de techo de paja y paredes de piedras de los cerros. Ahí todos saben tocar la guitarra y alcanza con “pedir permiso para desensillar” para que lo alojen e inviten a cenar. Pasa un tiempo en un establecimiento de Paysandú, Nuestra Señora de los Desamparados, donde se ve mezclado en riñas y duelos. Recorre los caminos llegando hasta Maldonado por las sierras.

Hudson fue defensor y conocedor de la fauna, en especial de las aves. En este y otros libros los batitúes, garzas, horneros y muchos otros son parte de la descripción del campo que surca Lamb a caballo.

Casi al comienzo del libro, el personaje principal sube a la cima del Cerro de Montevideo (“la vieja fortaleza ruinosa que corona su cima”) y se pone a filosofar. Lamenta que Inglaterra perdiera estas tierras “una de las más hermosas moradas que Dios haya preparado para los hombres”. Recuerda las invasiones inglesas y todo lo que el país pudo ser bajo la égida británica.

También critica la forma de ser de nosotros, los orientales, que “nunca conocieron ni conocerán terremotos” sino tan solo esperan el próximo acontecimiento político “sentados, abatidos en sus casas, o de pie en sus puertas, con los brazos cruzados”.

Esa primera impresión cambia radicalmente al final. Antes de volver con Paquita a Buenos Aires a enfrentar a la familia de esta, Lamb (¿o Hudson?) vuelve a subir al Cerro de Montevideo.

Entierra sus lentes ingleses (esos que le habían llevado a ver otra realidad) y cambia su visión del Uruguay y de los uruguayos. Un país, según él, que tiene -además de la escrita- una Constitución no escrita que está en el corazón de cada oriental. Esa que lo hace un hombre republicano y libre difícil de igualar en cualquier otra parte del mundo.

Resume el concepto tan arraigado en nuestro ser que en Uruguay todos somos iguales cuando expresa que “ninguna conciencia de posiciones diferentes enfría la cálida corriente de simpatía entre dos corazones humanos”.

Cuando comenzó la pandemia ese espíritu que describe Hudson se hizo presente en la sociedad uruguaya. Aparecieron iniciativas como la entrega de miles de canastas o almuerzos y cenas a los que lo necesitaban. El “Quédate en casa” y “Usa mascarilla” o “No te aglomeres” fue un santo y seña que la enorme mayoría de los uruguayos cumplimos. Así fue que transitamos esas primeras etapas de la crisis del Covid-19 de una forma que fue ejemplo para el mundo.

Si en ese momento Lamb subía al Cerro de Montevideo volvería a alabar a ese ser oriental tan particular que con solidaridad y cálida corriente de simpatía invadió nuestros corazones.

Sin embargo, algo empezó a resquebrajarse a finales del año pasado y se profundizó a principios de este. Aquella unión inicial de todos los uruguayos comenzó a mostrar algunas caras duras. Marchas y aglomeraciones sustituyeron a las canastas y ayuda solidaria. El grito, la descalificación y hasta el puño cerrado ocuparon el lugar de la mano extendida.

La discusión por leyes saltó las vallas del Palacio Legislativo y el ámbito político y se extendió por todos lados. Hasta alcanzó la lucha contra el enemigo común, el Covid-19. A lo que se sumó que muchos se cansaron de los cuidados o el encierro.

De pronto, para algunos, nada estaba bien. Si se suspendían las clases era malo. Si se retomaban también. Si se limitaban actividades no era bueno. Si se ampliaban tampoco. Si el Presidente se vacunaba primero era un privilegiado. Si esperaba a vacunarse más tarde no daba el ejemplo. Si volvía el fútbol era un error. Si no volvía una discriminación. Las canastas, los almuerzos o cenas para los afectados por la pandemia fueron sustituidos por ollas en las que se hace proselitismo político contra leyes o el gobierno.

¿No será momento de cambiar esto? ¿De volver a unirnos contra la pandemia? ¿De tender la mano en lugar de cerrar el puño? De recuperar el espíritu inicial con que encaramos esta tremenda crisis sanitaria mundial.

Ser de nuevo la Tierra Purpúrea. Esa que William Hudson definió como la de la cálida corriente entre los seres humanos que las posiciones diferentes no logran enfriar.

LINK ORIGINAL: El País

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