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La tarea democrática: el papel de las universidades

Entornointeligente.com / Fernando López Milán

Quito, Ecuador

No hay democracia sin libre circulación de ideas. Y la principal generadora de ideas en las sociedades modernas es, por el momento, la universidad.

En la universidad se reflexiona, se investiga, se publica, se discute libremente. Ese es el ideal. En la práctica, las cosas suceden de otro modo: en la universidad pública ecuatoriana, en el campo de los estudios sociales y humanísticos, la libertad para debatir es bastante limitada.

Estas limitaciones no obedecen, sin embargo, a una política institucional establecida ex profeso. De hecho, el respeto a la libertad de expresión se encuentra claramente señalado en la normativa interna de las instituciones de educación superior del país como uno de los principios fundamentales del quehacer académico.

Hay, sin embargo, una serie de mecanismos no oficiales que, conspirando contra la libertad de expresión, han convertido a la universidad pública en un centro de circulación de ortodoxias. Es decir, de corrientes de pensamiento asumidas por sus seguidores como explicaciones totales y definitivas de la realidad social.

Donde las ortodoxias dominan, la discusión y la crítica se vuelven imposibles. Más aún, cuando el pensamiento de izquierda se ha apropiado de esta noción, y la ha presentado como una característica exclusiva de esta corriente.

En la universidad ecuatoriana han dominado, y dominan en la actualidad, diversas ortodoxias, con sus variantes respectivas: la ortodoxia marxista –la más antigua y persistente-, la ortodoxia posestructuralista, la ortodoxia feminista. Todas ellas actúan teniendo como telón de fondo la corrección política.

¿Por qué las ortodoxias prosperan y dominan? La hipótesis es muy simple: porque los ortodoxos son mayoría. Y, apoyados en el número, ejercen la dominación moral sobre los heterodoxos o, dicho de otro modo, la dictadura de la opinión mayoritaria.

Cuando esto ocurre, se impide el avance del conocimiento y la reafirmación de la verdad. Nunca se puede estar seguro, afirma John Stuart Mill, de la verdad o falsedad de una opinión. Más aún, los seres humanos, dice el autor, tienen la posibilidad de pasar del error a la verdad únicamente gracias a la discusión y la experiencia. Solo que para que esto ocurra hay que permitir que se expongan todas las opiniones.

La mayoría sancionadora en la universidad está compuesta tanto por docentes como por estudiantes. Y tiende a mantenerse gracias al control oficioso de los procesos de ingreso de profesores. Hay reglas, claro está. Hay “rúbricas” de calificación y procedimientos administrativos establecidos. Pero, sobre todo, hay ortodoxos participando como jurados de los concursos de oposición y merecimientos.

Para dominar hay que hacer presencia. De ahí que los ortodoxos copen la gran mayoría de espacios donde se forjan la presencia y el prestigio académicos. ¿La universidad tiene una radio? Pues bien, el entrevistador y el entrevistado son ortodoxos. ¿Hay un seminario nacional o internacional? Los ortodoxos son los organizadores y ponentes.

Rodeado de ortodoxos, el heterodoxo se va secando o, más bien, congelando gracias a la sabia aplicación de la ley del hielo, de la estrategia de los oídos sordos, de la táctica del silencio. En los eventos “académicos” que se realizan entre los ortodoxos- los críticos por naturaleza-, la crítica se neutraliza y la ortodoxia se afirma y extiende. Oprimidos por la “censura blanda”, esa que se ejerce sin que se la reconozca como tal, las personas dotadas para el pensamiento terminan anuladas. Así, como es fácil advertir, no vamos a ningún lado y nos quedamos, vestidos de uniforme, marchando en el mismo terreno.

El predominio de la ortodoxia ha hecho de la universidad pública una entidad militante. Y en una organización de militantes la discusión no cabe. Caben, eso sí, el dogma y la consigna. En las elecciones pasadas, los ecuatorianos votaron en contra del autoritarismo y en favor de la democracia. Frente a lo sucedido, la universidad pública tiene que decidir si asume el desafío de robustecer la democracia o si contribuye al regreso del autoritarismo.

Una de las columnas de la democracia es la libertad de expresión y discusión. Y la universidad tiene un papel principal en su fortalecimiento. Sin embargo, no hay muchas esperanzas de que la universidad pública trabaje para alcanzar este propósito. Demasiado tiempo ha pasado mirándose el ombligo y autojustificándose. Y se ha sentido cómoda alineándose a las ortodoxias dominantes. De paso, ha ido construyendo un discurso antidemocrático y se ha desentendido de sus efectos en la sociedad ecuatoriana. La tarea democrática requiere del concurso de la universidad pública. Ojalá asuma el desafío.

LINK ORIGINAL: La Republica

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