La partidocracia contra el poder ciudadano - EntornoInteligente

Entornointeligente.com / El Pais / Columna “Pensamiento Crítico”

El ascenso de la partidocracia

Los partidos políticos nacionales han cambiado de formato desde mediados del siglo pasado a la fecha. Dejaron atrás primero el de partidos personalistas de notables,  proveniente del siglo XIX y la era del liberalismo; y luego en los años de 1980 abandonaron el de partidos con organización centralizada y bien vertebrada de cuadros y masas conectados con corrientes ideológicas como el socialismo marxista y no-marxista, la democracia cristiana o el socialcristianismo, la socialdemocracia o el liberalismo sociopolítico. Desde entonces fueron  transformándose en maquinarias electorales, controladas por férreas cúpulas pero muy abiertas en sus bases a todos los electores, muy flexibles y orientadas a ganar elecciones aplicando técnicas de mercadeo y publicidad muy avanzadas y, sobre todo, dedicadas a controlar el Estado como fuente tanto de puestos públicos bien remunerados y estables para la élite partidaria y sus tecno-burócratas, como de recursos para financiar sus gastos corrientes y de campaña.

Y,  aunque los partidos enmarcan sus estructuras según la normativa del arcaico y muy limitado Código Electoral en uso, internamente funcionan muy informalmente. Lo hacen a modo de una flexible red de grupos de tarea en los que se integran desde estadísticos y mercadólogos hasta expertos en manipulación de la opinión pública y del vídeo-poder mediático. Todos son contratados temporalmente para cada contienda electoral y se especializan en cumplir distintas funciones clave. El candidato los impone de facto y verticalmente por sobre la jerarquía legalmente establecida del partido y su organización de la cual se adueñan y manejan a discreción, como un consorcio privado bajo la dirección de un equipo ad hoc y un tesorero de campaña de la confianza del máximo líder.

La desideologización partidaria en aras del pragmatismo centrista

Ya entrada la década de 1990, presenciamos también cómo las agrupaciones se fueron desmarcando de posiciones tradicionales y bien trazadas comunes entre las izquierdas y derechas ideológicas, sobre todo de las más radicales; y se fueron volteando hacia el centro moderado o “justo medio”. Un punto impreciso desde el cual buscan complacer, entre otros,  los intereses de distintas capas de votantes provenientes de todas las clases sociales, autoproclamándose partidos pluralistas y multiclasistas donde se supone que todos caben. 

Y si se plegaron al mismo tiempo a la doctrina del neoliberalismo o fundamentalismo de mercado emanado del “Consenso de Washington” fue porque,  primeramente, el triunfo de éste a manera de un poderosísimo “partido global”, permitió a los partidos locales de muchos países agruparse bajo ese alero universal y anunciar el “fin de la política” como reguladora de la economía. Se dedicaron entonces a jugar el único juego posible: el de los mercados y el libre comercio. Y segundo, podía hacerse el anterior giro porque el neoliberalismo y la llamada “revolución neo-conservadora” habían decretado asimismo 2el fin de las ideologías” al derrotar a las dos únicas que tuvieron vigor en la segunda mitad del siglo XX: la socialdemocracia reformista y desarrollista (en la cual militaba el PLN, no lo olvidemos), y el socialismo real o comunismo soviético caído junto con el Muro de Berlín en 1989 y luego, supuestamente, enterrado para siempre; aunque de sus restos locales se levantaron dos agrupaciones: Fuerza Democrática,  fundado el 21 de noviembre de 1992 y disuelto el 18 de marzo de 2010; y el Frente Amplio, fundado el 16 de octubre de 2004, muy activo y en franco ascenso como lo demostró en las elecciones de febrero pasado.

Despejada así la cancha por una globalización que (falsamente) se declaraba apolítica  e ideológicamente neutra, el mando de la estructura interna de poder se traslada al mundo del capital y se pone al servicio de la economía globalizada. Ante ello, lo que cabía hacer a la Clase Gobernante era declararse una impotente sub-administradora a cargo de un Estado Nacional también anulado por ese camisa de fuerza neoliberal impuesta desde afuera y desde arriba. De este modo, la economía se volvió la Diosa suprema por sobre la política al tiempo que los votantes eran convertidos en un pasivo “Pueblo de Mercado”, o masa de Siervos Menguados incapaces de ejercer una “Democracia de Ciudadanos”, al quedar regidos por una prepotente “Democracia de Partidos”, o Partidocracia Neo-liberalizada, integrada por partidos tipo “taxi atrápalotodo” donde cualquiera sube y baja en cualquier sin dificultad para pasarse a otro ya que en esa oscura noche que acompaña esa clase de Sub-democracia “todos los gastos son pardos”.

La importancia de apropiarse del Estado y sus recursos

Otra característica de los partidos centristas, des-ideologizados y taxi-atrápalotodo (que tanto le sirven al neoliberalismo) es su enorme dependencia del acceso a puestos, prebendas y recursos fiscales del Estado, al que transmutan en “Estado de Partidos”, instrumentalizado de pies a cabeza en su beneficio. Lo han colonizado para usarlo no solo como botín electoral que se reparten después de las elecciones, sino como fuente de financiamiento público para sus campañas, mediante la fórmula llamada “deuda política adelantada”. Este acceso privilegiado es clave también para sufragar los altos costos de la publicidad y el marketing político, incluidas las encuestas de opinión.

Como parte del mismo esquema de toma del aparato estatal, es imperativo asimismo que esa clase de partido ofrezcan recompensas a sus “mecenas económicos” del sector privado; aquellos que les aportan cuantiosos fondos. Asimismo, deben premiar a los “cazadores de votos” encargados de recolectar votos y distribuir prebendas en los cantones bajo un sistema clientelar. Igual se impone hacerlo entre ciertos grupos de presión, sectores y redes sociales influyentes cuyo apoyo se ha vuelto más importante que el de fieles líderes y militantes voluntarios.

Poco a poco, los partidos centristas convergieron hasta conformar una democracia dominada no por los ciudadanos libres y sus organizaciones de base, sino por una “Partidocracia” bastante autosuficiente que llegó a su apogeo en la era del bi-partidismo del PLUSC (binomio PLN+PLUSC) entre 1986 y 1998; un mecanismo funcional para alternarse en el poder, controlar y adueñarse más férreamente del Estado y sus recursos de poder, lo mismo que para poner obstáculos  al ingreso de potenciales competidores al ring político.

Por lo anterior, casi sin excepción, los partidos así reciclados comenzaron a  funcionado como “Cártel” o consorcio monopólico dispuesto a eliminar rivales. Trasladado a la esfera política, el cártel se presenta como una especie de club u oligopolio de entidades políticas privatizadas de hecho por sus altas dirigencias (esto en detrimento de su carácter público), con vida e intereses propios, altamente rentables y alejadas de la ciudadanía y hasta de sus propios electores.

No creen ni les interesa el poder ciudadano

Una vez organizadas las agrupaciones como “Cártel Político”, se separan aún más de la ciudadanía y desconfían de ella debido a que lo que realmente disputan las élites partidarias no es la representación fiel de mayorías ciudadanas y electorales, sino el reparto cuotas de poder e influencia sobre un sistema político solo en apariencia democrático, de cuyos recursos se han apropiado. Lo hacen en función, por una parte, de sus intereses de reproducción y sobrevivencia; y, por otra, para ponerlo en el fondo al servicio de la Plutocracia Neoliberal y de su “Gobierno de los Compinches” (amigotes, padrinos y compadres); el que va surgiendo como modelo conforme la Partidocracia se perpetúa en el poder, se hace menos transparente y más corrupta.

Las argollas partidistas en pleno disfrute de sus “Gobiernos de Compinches”, sienten menos necesidad de aproximarse a la ciudadanía fuera del período de campaña electoral, tanto para representarla como para legitimarse por su medio. Esto explica por qué, pasadas las elecciones, los partidos casi desaparecen de escena y al ganador de la justa le preocupa más el atrapar los puestos y recursos estatales que cumplir programas o promesas de campaña. Es preferible, bajo tales condiciones, cultivar una alianza en las alturas con la corrupta Plutocracia –o, más bien, “Clepto-plutocracia”-  de la era del globalismo y de las aperturas y privatizaciones al tenor del “Consenso de Washington”, para darle orientación y contenido a la gestión de gobierno y hacer funcionar la clepto-plutocracia asociada a la partidocracia en clave neoliberal.

Conclusión: una democracia y un Estado sin demos

Conforme los partidos acentúan su argollismo y autosuficiencia, ellos mismos se van oligarquizando en su interior, al girar casi exclusivamente alrededor de sus cerradas cúpulas. Y una vez afianzados en el poder, capturan el Estado para sus propios fines, haciendo de éste un “Estado de Partidos” impermeable a las demandas de la ciudadanía y sus asociaciones. Esto conlleva que la democracia se haga también, como dijimos, una “Democracia de Partidos”, en contraposición a una “Democracia de Ciudadanos”, o de Pueblo Soberano hecho gobierno.

 A esa democracia sin Demos o Pueblo la hemos llamado aquí abreviadamente una “Partidocracia” al servicio del proyecto globalista neoliberal de liquidación del Estado Nacional de Bienestar. Un sistema de poder  externo-interno del cual seguiremos hablando aquí en el contexto de la llegada al poder de una nueva administración a cargo del PAC y su presidente electo Luis Guillermo Solís. Lo haremos en vista de que es una de las tres tenazas que amenazan con presionarlo, aprisionarlo y anularlo. La otra es la del movimiento social y la dinámica desde la gente de las organizaciones autónomas de la sociedad civil que, por el contrario, podrían apoyarle si el gobierno del PAC se decide a lanzar el proyecto prometido de la acción ciudadana. Y la tercera, es la fuerza política del Imperio Global radicado en Washington y Bruselas.

(*) Sociólogo

Con Información de El Pais

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