La mujer vista desde la identidad - EntornoInteligente
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La masculinidad y la feminidad son producto cultural, lo que quiere decir que los roles asignados, lo que se espera de uno y de otro es aprendido; pero lentamente modificable y hasta resistente en poder desmontar el sistema de creencia, de la percepción y aceptación de la mujer en el nuevo orden socioeconómico, político, de derecho y de libertad para optar por las nuevas conquistas. La identidad masculina sigue siendo dominante, egocéntrica, de un “yo varonil reforzado como superioridad”. Esa identidad posicionó por siglos unos roles desde el modelo de la patrifocalidad que legitimaba al hombre desde la posición económica con los medios de producción, con los bienes, la fuerza, el poder y la participación social de que el hombre era determinante, necesario y validado para las actividades sociales, políticas, empresariales, agrícolas, intelectual, negocios etc. Es decir, la masculinidad se posicionó como una identidad hegemónica, dominante, de superioridad, de diferenciación, de exclusión y de inequidad desde la afectividad, la emotividad y la racionalidad. Desde siglo XIX y XX los roles de la identidad femenina fueron reducidos al servicio de la familia, la pareja, labores domésticas, pasividad, resignación, de anulación al reconocimiento de derechos, de libertades y de participación e independencia. Esa identidad masculina hegemónica se construyó de forma vertical, de control, de dominación, de pertenencia hacia la familia y hacia la mujer. Desde esa identidad masculina se le dio vigencia y se construyó el paternalismo, el autoritarismo, la dominación y la obediencia como expresión de conformidad social de la mujer. Por ejemplo, por varias décadas las mujeres necesitaban del permiso de su pareja para viajar, para tener una cuenta bancaria, para pertenecer a un club social, etc. Fue a través de las luchas, el empoderamiento, la confrontación o de las decisiones político-social que las propias mujeres lograrían derecho al trabajo, a la educación, al voto, a derechos institucionales, intelectuales y socio-cultural. Aun en pleno siglo XXI, con el transmodernismo, y los derechos reconocidos, existen sociedades, tribus, empresas, partidos políticos, hombres y mujeres que se niegan a aceptar o respetar una identidad horizontal, basada en la equidad, la libertad y la reciprocidad de la mujer a participación en igualdad de condiciones. La identidad no es estática, ni la cultura, la economía, la ideología y los cambios en el sistema de creencia de las personas se desconstruyen, para reproducir un nuevo sistema de creencias que no sea distorsionado ni limitante. El comportamiento social ha sufrido modificaciones importantes, desde la globalización, la tecnología, la lingüística, la transculturación, el mercado y la búsqueda del pensamiento libre y el derecho auto aceptado. Es cierto que nos encontramos en una crisis de identidad, en una desglobalización, en la posverdad y el relativismo ético de sociedades que sobreviven entre lo viejo y lo nuevo, entre el ser y el parecer, entre el racismo, la xenofobia y la crisis del yo, que es lo mismo del otro. Esa identidad que limita a la mujer y que le niega su referencia, sus valores, sus nuevos roles, su memoria histórica, su trabajo y su libertad; sigue siendo la identidad opresora, limitante, castrante y autoritaria, sostenida y socializada desde la masculinidad hegemónica que no logra integrarse, definirse, conocerse o reconocerse o crecer y actualizarse hacia una visión horizontal, de equidad entre mujeres y hombres, y entre hombres y mujeres. Nos encontramos y socializamos las crisis de identidad, el sincretismo cultural, la diversidad, la intolerancia, la paz, la asertividad, la cultura de los buenos tratos y de la nueva convivencia pacífica, postergadas en muchas familias e instituciones empresariales y políticas. En el mes de marzo, hay que discutir, analizar y confrontar a la identidad de género vista desde la vieja y nueva identidad, para socializar la equidad, el reconocimiento, el respeto y la inclusión social de las mujeres

La masculinidad y la feminidad son producto cultural, lo que quiere decir que los roles asignados, lo que se espera de uno y de otro es aprendido; pero lentamente modificable y hasta resistente en poder desmontar el sistema de creencia, de la percepción y aceptación de la mujer en el nuevo orden socioeconómico, político, de derecho y de libertad para optar por las nuevas conquistas. La identidad masculina sigue siendo dominante, egocéntrica, de un “yo varonil reforzado como superioridad”. Esa identidad posicionó por siglos unos roles desde el modelo de la patrifocalidad que legitimaba al hombre desde la posición económica con los medios de producción, con los bienes, la fuerza, el poder y la participación social de que el hombre era determinante, necesario y validado para las actividades sociales, políticas, empresariales, agrícolas, intelectual, negocios etc. Es decir, la masculinidad se posicionó como una identidad hegemónica, dominante, de superioridad, de diferenciación, de exclusión y de inequidad desde la afectividad, la emotividad y la racionalidad. Desde siglo XIX y XX los roles de la identidad femenina fueron reducidos al servicio de la familia, la pareja, labores domésticas, pasividad, resignación, de anulación al reconocimiento de derechos, de libertades y de participación e independencia. Esa identidad masculina hegemónica se construyó de forma vertical, de control, de dominación, de pertenencia hacia la familia y hacia la mujer. Desde esa identidad masculina se le dio vigencia y se construyó el paternalismo, el autoritarismo, la dominación y la obediencia como expresión de conformidad social de la mujer. Por ejemplo, por varias décadas las mujeres necesitaban del permiso de su pareja para viajar, para tener una cuenta bancaria, para pertenecer a un club social, etc. Fue a través de las luchas, el empoderamiento, la confrontación o de las decisiones político-social que las propias mujeres lograrían derecho al trabajo, a la educación, al voto, a derechos institucionales, intelectuales y socio-cultural. Aun en pleno siglo XXI, con el transmodernismo, y los derechos reconocidos, existen sociedades, tribus, empresas, partidos políticos, hombres y mujeres que se niegan a aceptar o respetar una identidad horizontal, basada en la equidad, la libertad y la reciprocidad de la mujer a participación en igualdad de condiciones. La identidad no es estática, ni la cultura, la economía, la ideología y los cambios en el sistema de creencia de las personas se desconstruyen, para reproducir un nuevo sistema de creencias que no sea distorsionado ni limitante. El comportamiento social ha sufrido modificaciones importantes, desde la globalización, la tecnología, la lingüística, la transculturación, el mercado y la búsqueda del pensamiento libre y el derecho auto aceptado. Es cierto que nos encontramos en una crisis de identidad, en una desglobalización, en la posverdad y el relativismo ético de sociedades que sobreviven entre lo viejo y lo nuevo, entre el ser y el parecer, entre el racismo, la xenofobia y la crisis del yo, que es lo mismo del otro. Esa identidad que limita a la mujer y que le niega su referencia, sus valores, sus nuevos roles, su memoria histórica, su trabajo y su libertad; sigue siendo la identidad opresora, limitante, castrante y autoritaria, sostenida y socializada desde la masculinidad hegemónica que no logra integrarse, definirse, conocerse o reconocerse o crecer y actualizarse hacia una visión horizontal, de equidad entre mujeres y hombres, y entre hombres y mujeres. Nos encontramos y socializamos las crisis de identidad, el sincretismo cultural, la diversidad, la intolerancia, la paz, la asertividad, la cultura de los buenos tratos y de la nueva convivencia pacífica, postergadas en muchas familias e instituciones empresariales y políticas. En el mes de marzo, hay que discutir, analizar y confrontar a la identidad de género vista desde la vieja y nueva identidad, para socializar la equidad, el reconocimiento, el respeto y la inclusión social de las mujeres.

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