La mansión encantada de la Revolución Cultural china

La mansión encantada de la Revolución Cultural china

La Mirada del CorresponsalLa mansión encantada de la Revolución Cultural chinaLa Wukang Mansion de Shanghai atrae hoy a miles de turistas e influencers. Hace seis décadas, durante la Revolución Cultural de Mao Zedong, este edificio se convirtió en símbolo de persecuciones a artistas y suicidios de intelectuales ComentarTuristas se hacen fotos frente a Wukang Mansion, en Shanghai.LUCAS DE LA CALLucas de la CalCorresponsal ShanghaiCorresponsal ShanghaiSEGUIR AUTORActualizado Miércoles, 10 junio 2026 – 00:14En la esquina donde confluyen seis arterias de la antigua Concesión Francesa, la silueta de la Wukang Mansion emerge como la proa de un barco que hubiera quedado encallado en mitad de Shanghai. A diario, desde bien temprano, miles de turistas chinos aparecen por los esquinazos para fotografiarse frente a la fachada de ladrillo. También asoman muchas influencers con sus móviles colocados sobre pequeños trípodes.Todos los visitantes buscan el mejor ángulo de un edificio con balcones curvos y grandes ventanales que se ha convertido en icono vintage de la capital financiera. Pero lo que desconoce la gran mayoría es que, detrás de esta postal elegante de la moderna Shanghai, se esconde una historia muy oscura.Una pareja de novios frente a la Wukang Mansion.L. DE LA CALAlgunos vecinos ancianos de la antigua Concesión Francesa todavía recuerdan cuando la Wukang Mansion tenía otro apodo: "el trampolín". Pero no es fácil encontrar a quien quiera hablar de ello. "Hubo varios suicidios. Gente que se arrojaba desde los balcones", cuenta el señor Zhang, un jubilado que lleva más de 70 años viviendo en una urbanización cercana. Otro residente veterano, de apellido Hui, añade más contexto: "Allí vivían muchos actores, escritores y artistas famosos. Pero durante la Revolución Cultural muchos fueron perseguidos y lo perdieron todo. Algunos no pudieron soportarlo".El edificio fue levantado en 1924 por el arquitecto húngaro-eslovaco László Hudec, el gran diseñador de la Shanghai cosmopolita de entreguerras. Inspirado en el acorazado francés Normandie, Hudec aprovechó la forma triangular del solar para crear una construcción afilada, como si el inmueble estuviera abriéndose paso entre avenidas.En aquella época, Shanghai era una anomalía colonial donde convivían banqueros británicos, mafiosos chinos, diplomáticos franceses, refugiados rusos y magnates judíos. La Wukang Mansion -entonces conocida como Normandie Apartments- fue concebida para expatriados ricos: apartamentos con calefacción, dos ascensores, baños privados y balcones, en una época en la que la mayoría de los chinos seguían viviendo en casas comunales sin agua corriente.Tras la guerra civil y la victoria comunista de 1949, el edificio cambió de manos y de nombre. Varias estrellas del cine local se mudaron allí, atraídas por el prestigio del inmueble y por el aura cultural que todavía conservaba la antigua Concesión Francesa. Aquel glamour duró hasta 1966, cuando Mao Zedong lanzó la Revolución Cultural y Shanghai dejó de ser la ciudad sofisticada que había fascinado a extranjeros y escritores, para convertirse en uno de los epicentros de la furia revolucionaria.Las paredes de la Wukang, hoy restauradas y convertidas en objeto de deseo inmobiliario, fueron testigos de las purgas y los suicidios. Las autoridades bautizaron el edificio como "Torre Antirrevisionista" por sus conexiones occidentales y porque en él vivían artistas, intelectuales y profesionales sospechosos de simpatizar con valores burgueses.Los Guardias Rojos de Mao irrumpían en apartamentos para humillar públicamente a actores, escritores y músicos. "Después de las primeras muertes, hubo un tiempo en el que se pensaba que el edificio estaba encantado", asegura una anciana vecina del barrio. "La gente contaba historias sobre fantasmas, sobre los espíritus que se habían quedado allí atrapados".Turistas se hacen fotos frente a la Wukang Mansion.Lucas de la CalAlgunos escritos del siglo pasado, hoy censurados en las librerías c

Fuente: El Mundo — Ver nota original

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