La Madrid: desde el intendente hasta los policías quieren cultivar marihuana - EntornoInteligente

El Clarín / Los fondos de la casa de Ñato dan a un campo abierto, a un horizonte infinito. La helada de la madrugada se ha disipado y las vacas pastan cerca de la huella que dejó un río angosto que ya no corre. Es lo que se ve por la ventana de su casa en esta tarde de julio. Ñato es Carlos Raúl Aisaguer, tiene 60 años y está sentado en una silla junto al hogar. Aquí huele a leña recién cortada. Ñato reparaba el alumbrado público del pueblo en el que vive, La Madrid, hasta que en 2008 le diagnosticaron cáncer de riñón, con metástasis en el esternón y la décima costilla: lo operaron de inmediato. Meses después, una neumonía lo arrojó a la cama. Entonces descubrieron varios tumores en su pulmón: se sometió a cuarenta y siete sesiones de rayos.

El tratamiento daba resultados –los nódulos y las lesiones óseas se reducían– al tiempo que alteraba su vida. La boca era una llaga, la piel de las manos se desprendía. No había sueño, no había hambre. Caminar lo agitaba y estornudar era un suplicio. Ahora, Ñato cruza las piernas, apoya las manos sobre la mesa, luego una palma sobre la otra, y dice: “Siempre fui un tipo muy alegre, pero el dolor… Ese dolor no dejaba ni que me ría. Lloraba mucho, pensaba pavadas… Mi nuera estaba embarazada, yo no iba a conocer a mi nieto”. Pero eso fue antes, hace más de dos años. Antes de que le contaran que había un aceite hecho con las flores de la planta de marihuana que podía mejorar su calidad de vida. Una tintura de cannabis para aliviar su dolor, despertarle el apetito o ayudarlo a conciliar el sueño.

El sol está dentro de su casa y Ñato se mira las manos –no hay pellejos, sino dos guantes de piel blanca– y sigue: “Yo la palabra cannabis no la había sentido nunca… Sabía, sí, que era algo que se podía fumar, algo recreativo. Pero cuando me contaron cómo funciona el aceite, no lo dudé. Lo conseguimos, empecé a tomar cuatro gotitas antes de acostarme y al tiempito salí de la cama, quise comer, charlaba… Volví a tener ganas, ánimo. ¿Vos sabés lo que es no poder planear unas vacaciones porque no sabés si vas a estar vivo?”

Esa es la historia de Ñato.

Lo que sigue es la historia del pueblo donde vive, General La Madrid, una localidad bonaerense a 460 kilómetros de Capital, que quiere cultivar cannabis con fines medicinales.

En el partido de General La Madrid viven poco más de once mil personas, distribuidas en la ciudad y parajes aledaños: La Colina, Las Martinetas, Pontaut y Líbano. El edificio más antiguo fue inaugurado en 1883 y es un galpón de máquinas en el que abastecían de agua a las locomotoras. Está en la estación de ferrocarril donde ahora el tren llega los viernes y parte los domingos hacia Plaza Constitución. A una cuadra de las vías está la plaza San Martín y su arboleda de plátanos. La rodean la municipalidad, el correo, la parroquia, la comisaría y la escuela N°1. A media cuadra de la plaza está el cine, que cerró con el auge del video club y se vino abajo con el DVD y la venta pirata. Tiene 450 butacas y una de las mejores acústicas de la Provincia.

En el pueblo hay cuarenta y una escuelas, todas públicas y laicas. El único boliche se llama Robinson y los sábados revienta de adolescentes y de divorciados. En el Club Deportivo Barracas muestran con orgullo una camiseta del Barça autografiada por Messi. En La Madrid no hay clínicas privadas: todos acuden al hospital municipal. Allí nacen, en promedio, ciento sesenta bebés por año. En las estadísticas policiales hay pocos allanamientos por comercialización de drogas (en general, marihuana fraccionada para la venta), algún robo y ningún crimen. En la comisaría hay quince motos secuestradas por circular con escape libre. Los vecinos con consumo problemático de sustancias son casos sueltos. Les preocupa que los chicos tomen tanto alcohol. Dos de cada diez vecinos trabajan para la municipalidad. El resto, en los comercios o en el campo. El cultivo de soja, maíz y girasol, junto con la cría de ganado es la principal actividad económica.

Aquí vivía Emilia Morante, “La Coqui”. Era la costurera del pueblo, terminó el secundario siendo adulta y cuando ya había criado a tres hijos: Carlos, Mariela y Marcelo. En 2004, a Coqui le descubrieron un tumor en el cerebro, inoperable. Un día de julio del año siguiente, cuando el dolor la doblegaba, dijo que se iba con la tarea cumplida, que dejaba a tres profesionales, un contador y dos médicos. Y murió. Tenía 56 años y la lloró todo La Madrid.

Años después, su hija fue diagnosticada con una enfermedad rara, llamada neurolupus. Los hermanos, Carlos y Marcelo, se turnaban en guardias nocturnas porque Mariela convulsionaba cada hora. La medicación que le habían indicado no hacía efecto. Fueron noches largas para Marcelo, el médico. En esas horas buscó algo para controlar los espasmos de Mariela y supo dos cosas: que el cannabis medicinal podría haber ayudado a su madre a transitar aquel cáncer y que, en ese momento, servía para frenar las convulsiones de su hermana. Entonces se fue a Canadá a ver cómo era eso de la marihuana como remedio.

Volvió unos meses después, convertido en un experto en el tema. Le había llamado la atención que en ese país regularan el uso terapéutico del cannabis, pero no el recreativo o el industrial. Lo inquietó, también, que el Estado controlaba que fuera un fármaco de calidad, que el médico prescribía la dosis y que las farmacias habían quedado fuera del circuito. Entonces pensó en dar una charla en La Madrid, su pueblo natal.

La tarde del 5 de junio del año pasado, en el Salón Blanco de la municipalidad, Morante dio el taller “Cannabis Medicinal, un remedio para el dolor”. Todas las sillas estaban ocupadas. Los vecinos que querían escucharlo, permanecieron de pie, al fondo. Morante ya era docente e investigador de la de la Facultad de Medicina de la Universidad de La Plata y estaba a cargo del Area de Investigación Médica del Dolor. Pero seguía siendo ese chico criado en el campo.

En la charla, vestía un ambo blanco e iba y venía delante de una pantalla que reproducía imágenes en powerpoint . Morante explicó varias cuestiones, apoyado en el modelo canadiense que acababa de conocer: que está comprobado que el cannabis actúa en ciertas estructuras del cerebro, que hay evidencia científica que respalda su efectividad y las formas de administración (en comprimidos, en vapor, en aerosol). Y dijo, también, que en la Argentina ya hay pacientes que, desesperados, fabrican su propio aceite, que eso habla de un Estado que no reglamenta y pone en peligro a los ciudadanos. Y cerró la conferencia con un mensaje al Concejo Deliberante: “Si no hay una pata política, no se podrá legalizar el uso medicinal de cannabis”.

Veinticinco días después, los seis concejales de La Madrid –tres del Frente para la Victoria y el resto de Cambiemos– por unanimidad, resolvieron pedir al Congreso que modifique la legislación vigente y despenalice la siembra y el cultivo de la planta. Así estarían habilitados para realizar ensayos clínicos, es decir, para establecer evidencias de seguridad y determinar su uso adecuado. Eso los convirtió en la primera localidad del país en tener un plan para investigar el cannabis. Cuentan con el apoyo de la facultad de Medicina y de Ciencias Exactas de La Plata, y del CONICET. Pero, sobre todo, con la venia de la policía, los maestros, el cura, los médicos, los comerciantes, el club y los usuarios de cannabis, que aquí son muchos.

Ana María Leibold, por ejemplo. Tiene 51 años, es asistente de odontólogo y ama de casa. Hace 14 años dieron con su diagnóstico: fibromialgia. “Me dolían los huesos, las manos. No podía levantar la pava para cebar mate”, dice. Ella y su marido, un hombre alto que se llama Mario, vivieron la procesión y el calvario. Visitaron a un psiquiatra que determinó ataques de pánico y crisis de angustia, un reumatólogo que avaló lo dicho por el psiquiatra y un traumatólogo que concluyó que lo suyo se trataba de un codo hinchado. “Vinimos a una charla que dio el doctor Morante hace unos meses y pensé: ‘Acá está mi solución’.” Consiguió el aceite, tomó una cucharadita de café y esa noche durmió como nunca. “Ani pasaba el trapo y lloraba. Hoy es otra persona. Fue un alivio para toda la familia”, agrega Mario.

Blanca Galván es otro caso. Una de sus nietas, Claudia, también escuchó la charla de Morante y supuso que tenía a mano la solución para su abuela. Blanca, de 85 años, padece una enfermedad autoinmune que afecta el tejido muscular. El dolor la paralizaba y solo podía caminar si le inyectaban corticoides. Pero ese fármaco implicaba un riesgo cardíaco. Probaron con el aceite —una gota en una miga de pan, por las noches— y dio resultados. “La enfermedad rebrotaba, con crisis cada vez más fuertes. Con el cannabis pasaron a ser esporádicas y, gracias a eso, bajamos la cantidad de medicamentos que tomaba para aliviar el dolor”, cuenta su hija, Edith.

“El cannabis es una excusa para rediseñarnos como pueblo –argumenta Martín Randazzo, cirujano e intendente de La Madrid–. Este proyecto tiene que ver con la identidad de los lamadritenses, una identidad que tiene que ver con la solidaridad, con estar unidos para mejorar la vida del vecino que sufre”. Randazzo asegura que esto generará, además, un centenar de puestos de trabajo y que alentará a los jóvenes a no irse de la ciudad para estudiar en otro lado. Habla, también, del cambio de paradigma en la relación médico-paciente, una teoría que comparte con Morante: es el paciente, más informado, quien le dice al médico que está probando con cannabis. Eso significa que el ciudadano le está sacando ventaja al Estado.

La idea es cultivar unas veinte plantas de cannabis en un predio ubicado en el parque industrial del pueblo. Luego de cosecharlas, investigarían su uso en un laboratorio para probarlas en pacientes con epilepsia refractaria. Para eso necesitan el permiso del Ministerio de Salud y de Seguridad de la Nación. Pero ellos quieren que lo discuta el Congreso. Hace más de un año que esperan que debatan la reglamentación. “Nosotros esperamos. Lo que no espera es el dolor”, apunta el intendente.

El viernes 29 de julio, la periodista mexicana Cecilia González entrevistó a Mauricio Macri. El presidente fue consultado sobre varios temas: aborto, derechos humanos, su situación patrimonial. Respecto de si hay posibilidades de legalizar el cultivo de cannabis como paliativo, respondió: “Siempre las hay, pero primero vamos a estudiar con mucha atención cuáles son los resultados que tiene Uruguay o cualquier otro país que avance en esa dirección”.

Mientras tanto, en La Madrid se organizaron. En el hospital funciona el equipo de cuidados paliativos que monitorea a los pacientes que han decidido usar aceite de cannabis. Una de sus integrantes es la psicoanalista Verónica Gorgensen y dice: “La hija de una paciente con cáncer nos dijo que el aceite le había devuelto a su mamá. Esta mujer estaba deteriorada, con limitaciones y no podía conectar con su entorno. Con el tratamiento oncológico y el acompañamiento del cannabis, ella y su familia están disfrutando el día a día”, señala.

Mario Conlon es el secretario de Seguridad del Partido. Dice que cuentan con el presupuesto para rodear de cámaras de seguridad al predio donde quieren cultivar marihuana. El monitoreo, prometen, será permanente. Además, en el parque industrial, harán un playón para los vehículos secuestrados en inspecciones de tránsito, por lo que contarán con custodia policial las veinticuatro horas. En el pueblo hay pacientes que cultivan marihuana para fabricar su aceite. Conlon asegura que si la fiscalía de Olavarría (de la que dependen) ordena un allanamiento, ellos deben decomisar las plantas. “Somos auxiliares de la Justicia. No hay tolerancia aunque conozcamos cada caso porque son nuestros vecinos”, explica.

Y porque creen que los chicos son replicadores, dan charlas en las escuelas. “Nos llamó la atención el silencio que había en el gimnasio cuando los profesionales hablaban. Los alumnos hicieron muchas preguntas, como si el cannabis sirve para cualquier enfermedad. No hubo risas ni chistes, sino mucho interés”, cuenta Alejandra Claverie, directora del colegio N°1. Cuando la inspectora de la jurisdicción supo que habían dado esa charla, la llamó por teléfono y, enojada, le preguntó por qué hablaban de un tema sin regulación. “Le expliqué que tenemos autonomía, que hay muchos temas sobre los que no hay legislación y los tocamos en la materia Política y Ciudadanía, y que consideramos que los alumnos están en condiciones de recibir la información”, dice Claverie. Unos 400 estudiantes de entre 14 y 18 años participaron de las charlas.

Para fabricar el aceite de cannabis se necesitan las flores de la planta de marihuana. Sólo dan flores las plantas hembra. En ellas se depositan los principios activos de la sustancia: los cannabinoides. Los más conocidos son el THC, el CBD y el CBN, y tienen varias propiedades medicinales. En países como Chile o Israel, la ciencia demostró que el cannabis es capaz de acompañar el tratamiento que le indican los médicos a los pacientes que sufren enfermedades crónicas o raras.

Juan Carlos y el Ruso Gómez atienden el almacén de ramos generales Gómez y Cortázar. Entre los dos suman muchos años, pero no tantos como el local que mantienen en pie: no se ponen de acuerdo, pero la apertura podría haber sido en 1896 ó 1898. Los hermanos no saben cómo se produce el aceite de cannabis pero vieron cómo su vecino Ñato se sacudió la depresión con la gotitas. “Estoy completamente de acuerdo con el proyecto de cultivar cannabis, siempre que sea con fines terapéuticos, ¿no? Acá confiamos mucho en quienes están detrás, porque nos conocemos todos. Ellos nos explicaron que hay que ponerse en el lugar del otro, del que sufre. La Madrid está dando un paso importante en este asunto”, dice el Ruso. Aquí es todo herrumbe. El Ruso está de pie junto a la salamandra, rodeado de aluminio, tornillos, llaves; muy cerca del dispensario donde hace añares guardaban la yerba, el arroz y el azúcar para venderla al peso. El Ruso está a un paso de la bandeja donde ponían las masitas de yapa y a unos metros de las bobinas en las que enrollaba las sogas de yute y de cáñamo. El hombre está lejos de esa piecita donde arrumbó los sifones de copetín, esos que se terminaban en tres chispazos.

La Madrid: desde el intendente hasta los policías quieren cultivar marihuana

Con Información de El Clarín

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