Desde su extracción de Venezuela el 3 de enero de 2026 por fuerzas militares estadounidenses, Nicolás Maduro ha pasado del control absoluto del aparato mediático a una celda en Brooklyn. Lo que fue una estrategia de poder durante dos décadas —dominar la narrativa a través de Televisión Venezolana (VTV) como vitrina personal del régimen— se ha desmoronado en apenas cuatro meses. Hoy, Maduro intenta mantener su relevancia política desde la cárcel, mientras su sucesor interino toma distancia de manera evidente.
Delcy Eloína Rodríguez, quien asumió la presidencia interina tras la caída del chavismo, ha ejecutado un distanciamiento estratégico del exmandatario. Según análisis del diario TalCual, las menciones a Maduro en los discursos públicos de Rodríguez cayeron dramáticamente un 91% en solo cuatro meses: de 86 referencias en enero se redujo a apenas 8 en abril. Este dato refleja no solo una transición de poder, sino una deliberada marginalización mediática del figura que dominó Venezuela durante años. La nueva presidenta encargada está consolidando su autoridad propia, sin necesidad de validarse a través de su predecesor.
Desde su encarcelamiento, Maduro ha intentado mantener comunicación con el exterior a través de seis mensajes publicados en redes sociales, supuestamente escritos desde Nueva York. Sin embargo, su voz ha perdido resonancia: VTV, el medio que alguna vez fue su megáfono personal, ha ignorado la mayoría de estos escritos. Incluso su mensaje del Día del Trabajador, fecha simbólica para alguien que se autoproclama "Presidente obrero", no fue replicado por la administración Rodríguez ni amplificado por los dirigentes oficialistas. El silencio institucional es ensordecedor y expresa claramente quién controla ahora el relato político.
Los mensajes que Maduro logra enviar desde la prisión revelan un cambio radical en su discurso: están saturados de referencias religiosas y fragmentos bíblicos, un giro espiritual que sorprende incluso a su propio hijo, el diputado Nicolás Maduro Guerra, quien reconoció que "mi papá nunca había sido así". Aunque cuenta con 510 minutos mensuales para comunicaciones con el exterior, el impacto de estas intervenciones es mínimo comparado con su anterior dominio mediático. La transformación es completa: del Maduro omnipresente en la pantalla estatal al Maduro casi invisible, cuyas voces espirituales encuentran poco eco en una Venezuela que ha comenzado a mirar hacia adelante bajo el liderazgo de Rodríguez.
Fuente: Infobae — Ver nota original