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La humanidad necesita las humanidades

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Entornointeligente.com / El tema que planteo aquí ha venido discutiéndose en el ámbito nacional, principalmente en la Universidad de Costa Rica. En este momento me parece oportuno traerlo de nuevo, dado los intereses políticos, económicos y empresariales por orientar y hasta limitar la educación superior hacia disciplinas y profesiones de índole científica y tecnológica, obviando otras interesadas en los estudios humanísticos, las artes, las letras, las ciencias sociales.

Lo primero parece justificable dada la cuarta revolución tecnológica, que requiere especialistas en las disciplinas que la industria, las empresas, el comercio, la misma burocracia, el Estado, en fin, como un todo, necesitan.

El beneficio, a la vez, como se comprende, sería de doble vía: los graduados tendrían mejores oportunidades laborales y, en consecuencia, salariales y de reconocimiento pecuniario. Pero aquí es cuando conviene plantearse, quizá con más vehemencia que en otros momentos, el peligro de esta orientación unidimensional e, indiscutiblemente, utilitarista, que arriesga a convertir al profesional en un «empleado» doblemente limitado: por las necesidades y exigencias del empleador, público o privado, y por las exigencias de su disciplina que, como se sabe, tiende a ser cada vez más impersonal, podría decirse así, «más robótica».

Es, guardando las lógicas distancias, como volver, ahora, con cuello blanco y gabacha, a otra versión de «los tiempos modernos» de Chaplin.

Resulta oportuno, al respecto, traer aquí la opinión de Einstein: «No es suficiente enseñar a un hombre una especialización, por este medio se puede convertir en una especie de máquina útil, pero no en una personalidad desarrollada armoniosamente». Y agrega fuertemente: «De otra manera él… se parece más a un perro amaestrado que a una persona desarrollada armoniosamente».

De forma parecida Ortega y Gasset, en su Misión de la Universidad, afirma que «la facultad de cultura debería ser el núcleo de la universidad y de toda enseñanza superior… es preciso que el hombre de ciencias deje de ser un bárbaro que sabe mucho de una cosa».

El estudio de las humanidades no debe verse como una simple extensión cultural y, menos, como un diletantismo idealista.

El momento es ahora. Nunca como ahora en esta frenética carrera de robotización y de distanciamiento despersonalizado, deshumanizado, es cuando más necesario se hace «comprender los motivos de los seres humanos, sus ilusiones y sentimientos, para así adquirir su debida relación hacia los individuos y la comunidad» (Einstein). «Que el estudiante adquiera entendimiento y un sentimiento vivo de los valores, un sentido vivo de lo bello y de lo moralmente bueno», y añade: «Esto es lo que tengo en mente cuando recomiendo las humanidades».

Aquí podríamos replantear con Terencio, soy humano, en consecuencia, nada de lo que sea humano debería resultarme ajeno; el conocimiento de lo otro me obliga no solo profesionalmente, sino existencialmente para la propia realización. Recordando a Ortega: no soy un ente aislado, yo soy con mi circunstancia.

La necesidad de hacer ciencia es consustancial en el ser humano como una fuerza proyectiva, siempre hacia adelante, e irreversible, que lo aleja, cada vez más aceleradamente, de sus orígenes primigenios; así, tanto es parte de su esencia y de la necesidad de saciar su intrínseca incompletitud, como el aliento retrospectivo de crear música, poesía, arte, en fin, y hasta religión, en su afán incansable de recuperar los frutos perdidos del árbol de la vida.

Y, a la vez, reflexionar sobre su existencia y su destino. La historia, la filosofía y otras ciencias y disciplinas humanas recogen el acervo de una y otra dimensión y las hermana.

No comprenderlo, o minimizar esta última, empobrece la visión integral del ser humano; y, desde luego, la enseñanza y formación de ello.

Debilitarlos, o peor, prescindir de estos estudios en la universidad, es quitarle la esencia misma de universalidad (de universo) con el espíritu del que se formó desde sus orígenes.

La historia enseña que muchos grandes científicos, también quizás por ello, fueron filósofos o hicieron o se asomaron maravillados en el arte, la música o la literatura.

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El autor es catedrático de la UCR.

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