La Circasiana a vuelo de ‘Pájaro’ - EntornoInteligente
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El palacio abre de lunes a viernes, de 09:00 a 16:00. Entrada libre.

Un enigma de Quito se abre de par en par. Un secreto construido en mármol, alabastro y cedro ahora invita a un viaje hacia el poderío y el atardecer de un familia ícono de la aristocracia ecuatoriana, en la transición entre los siglos XIX y XX.

La Circasiana, hogar de Jacinto Jijón y Caamaño y su esposa María Luisa Flores Caamaño, abre sus puertas gratuitamente para quien quiera conocer el entorno íntimo del historiador, el arqueólogo, el alcalde… El sabio ignorado, como anota Francisco, el ‘Pájaro’, Febres Cordero en uno de sus libros recientes.

La Hora recorrió la casona que ilumina de rosa pastel la esquina de 10 de Agosto y Colón, cuya construcción se inició en 1890 y tuvo una lujosa ampliación en 1930. Los guías de privilegio en esta visita fueron Francisco y su hermana Ana Leticia Febres Cordero Jijón. Los dos dibujaron un emotivo recorrido por la casa en que disfrutaron varias tardes en la niñez, en correrías con los nietos de Jijón y Caamaño. Más que un viaje por estilos decorativos, los hermanos Febres Cordero se reencontraron con los rincones que sellaron la amistad entrañable de dos familias.

El ‘Pájaro’ vuelve a los 40 años. La última vez fue para participar a doña María Luisa de su matrimonio con Catalina Pallares Carrión. El semblante de Francisco evoca un acantilado donde nostalgia y asombro golpean con fuerza y desmoronan recuerdos en los cuales una pierna de pollo compite de igual a igual con esqueletos, vasijas y libros incunables, del museo y la biblioteca de Jijón. Los ojos de Ana Leticia, en cambio, se abren como girasoles mientras recorren los tapices, los cielos rasos de metal repujado, los artesonados octogonales de cedro del salón de banquetes.

Los dos coinciden, sin embargo, en la memoria de la delicadeza de los recibimientos en La Circasiana. Los coches se parqueaban en el ingreso norte –recuerda Ana Leticia Febres Cordero– y allí todavía se podía ver un carruaje de la familia. Una breve escalinata conducía al espacio principal: la piscina en que Jijón y Caamaño, a las 06:00, nadaba antes de ir a misa en Santa Clara. Allí la mirada de María Luisa, penetrante y dulce –según el ‘Pájaro’–, recibía a contadísimos visitantes.

A un costado de la piscina había una mesita para el té, dice Ana Leticia. Y de este punto al interior estaba el comedor de diario. Allí, Francisco se abstuvo de un lujo por aquellos años: pollo. “Solo me comí el arroz por miedo a manipular la presa y que una porción saltara hacia María Luisa”, declama Francisco con sus brazos abiertos y elevados, mientras inconscientemente quienes siguen su guía han formado un hemiciclo para escuchar sus vivencias.

Ana Leticia ya está en el espacio que ocupó el comedor oficial y recuerda que en una esquina había una mesita de lapislázuli con figurines que recreaban a la familia de Napoleón. “María Luisa nos decía que en el mundo solo habían tres mesas de aquellas y una estaba aquí, en La Circasiana”.

Lejos de los ecos de los materiales traídos de EE.UU., Francia e Italia, en este palacio hay otro tesoro. ¿Cuál? La memoria. El recuerdo de un académico que, entre libros, picos y escobillas, trató de responder una atávica pregunta: cuántas historias alimentan la identidad del país. (IFP)

LINK ORIGINAL: La Hora

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