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La chica del eclipse

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Entornointeligente.com / El transcurrir es el ADN de cualquier gota de agua.

La patota de los falsos gauchos nos perseguía, estaban calientes porque habíamos rescatado a 20 nubes bebés del cautiverio en las enormes burbujas de plástico. Entonces desconocíamos la magnitud de los intereses escondidos en el proyecto “Nubes de corral”.

¿Cómo será la sociedad de la multitud de gotas que hacen pogo en una nube?

La ruta seguía desierta y el paisaje se repetía. Sojales, alambrados, banquinas, postes de luz. A veces, un montecito de pocos árboles señalaba los restos de una chacra anterior al latifundio/desolación del agronegocio transgénico. El sol se iba alzando con fiaca. A nuestras espaldas los faros de la Amarok perseguidora penetraban la oscuridad. La nube y sus amigues nos cuidaban la retaguardia; desprendían rayos, truenos y centellas, pareciendo repetir algún episodio de Salgari. O un video de YouTube. Para ir más rápido, la había pasado a nafta; pero la compañera Fiorino y yo sabíamos que la patota que nos perseguía tenía a su favor 30 años de avances tecnológicos, GPS, caja de quinta automática y todos los versos de los vendedores de las concesionarias. La Fiorino respondía, aceptaba el desafío. Modelo ’92 del clásico utilitario, pasaba todas las revisiones técnicas sin problemas. Los reflectores de la Amarok se acercaban, nuestras voluntades no calmaban la sed de las circunstancias.

Resistir es crear. Y hay que tener a la Pachamama de amiga.

La chata atravesaba la nube, se acercaba; por el retrovisor pude ver que algunos disfrazados se habían subido a la caja y alzaban sus brazos sobre la barra de los reflectores. Fue entonces cuando la ruta hizo unas pequeñas curvas y a sus costados aparecieron chacras y galpones. Una estación de servicio, un pueblo. La Amarok negra estaba a menos de 30 metros, no tenía patente; las nubes habían quedado atrás. Nos jugamos y nos cruzamos a la estación de servicio. No habíamos alcanzado a estacionar junto al surtidor cuando la Amarok se detuvo casi tocando las puertas traseras de la Fiorino. Los supuestos gauchos me rodearon apenas bajé. Una voz de mando los detuvo. Era el patrón o el capataz, se acercó acariciando un rebenque con sus manos.

– ¿Así que usted fue quién soltó mis nubes?

Era un tipo alto, sus maneras parecían salidas de otro tiempo. O de una historia despreciada por los historiadores endémicos que curran postgrados. Ft. Mecha Carmi.

-¿Sus nubes? Las nubes no tienen dueños. – le contesté.

Entonces, apareció una mujer. Se interpuso entre nosotros dos, una mulata de caderas/labios imposibles y rastas , descolgó la manguera y me preguntó bailando en su cadencia dominicana:

– ¿Cuánto le cargo, señor? ¿Tarjeta o efectivo? ¿Necesita ticket?

– Mil de super. Efectivo. No, no necesito ticket – le respondí encandilado por la profundidad de sus ojos negros. Tanta mujer de una sola vez.

Abrí el tanque y la dejé trabajar. Los supuestos gauchos empezaron a insultarme, me rodeaban, tenían acento porteño y usaban ropa de marca. El patrón me fulminaba con su mirada, el fin (el mío) parecía inevitable.

Entonces, como si todas las hipocresías de la pretendida civilización se pudieran desarticular con la sonrisa de una caribeña emigrante, como si toda luz del sol pudiera languidecer detrás de los pechos de una muchacha exiliada, todo se oscureció.Y no había nubes. Eclipse. La penumbra desorientó a los odiadores grietales, los ecocidas a sueldo se distrajeron mirando al sol tapado por la luna.

– ¡Aprovechemos! – me dijo la chica al terminar de cargar, haciendo señas para que sacaramos empujando a la Fiorino hasta un galponcito de herramientas, mientras los demás estaban distraidos con el eclipse.

Aprovechamos. Al abrir el portón, vi que allí tambien se escondían tres nubes bebé, que al vernos, empezaron a temblar.

– Hay varios corrales de nubes, muchas veces las burbujas se revientan solas y las nubecitas escapan. Las escondí acá porque las cazan con drones. – dijo la chica.

Era una realidad que no terminaba de entender ni aceptar. Estaba paralizado. La chica del eclipse me pellizcó para que reaccionara.

– Ponete esta campera y esta boina. Tomá esta bolsa y andá a refugiarte al maizal. Ellos ya saben quien sos, dame tu celular. En la bolsa hay un prepago para que nos comuniquemos. Ya te iré a buscar.

La vida te da sorpresas lejos de la pantallita del celu.

 

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