Lapatilla julio 26 2026, 7:02 amPosteado en: OpiniónCompártelo: Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn No quisiera dejar que pase bajo la mesa la euforia por el mundial de futbol sin comentar y cruzar información sobre esta fiesta global y lo que para mi ha sido un gran deseo en mi tierra natal. En este torneo del año 2026 sucedieron situaciones que refuerzan que la historia del deporte está llena de genios que perdieron ante equipos más modestos pero mejor organizados, y esa paradoja siempre enseña lo mismo: la grandeza colectiva supera casi siempre a la brillantez individual cuando llega la hora de la verdad. Por esto, después de investigar, escuchar, ver y analizar el recién concluido y fabuloso banquete de partidos, una avalancha de recuerdos me invadió, todos ellos girando en torno a mi amada patria, Venezuela. Rememoro con nitidez aquella épica travesía cuando, junto a ese gran equipo de mujeres y hombres formidables, nos propusimos hacer realidad el proyecto y construir el estadio de fútbol más grande de Venezuela, buscando un terreno que fuera estratégico para el desarrollo deportivo de la región. Recuerdo, también, el momento en que me plantearon la idea de que el estadio fuera multiusos, añadiéndole una pista de atletismo, inmediatamente me opuse con firmeza, defendiendo que fuese única y exclusivamente un templo para el fútbol, una decisión que el tiempo ha terminado por validar. El pasado mes se cumplieron 19 años de su inauguración y pese a que me sabotearon con saña y bastante crueldad para impedir su construcción, hoy es la sede indiscutible de la selección nacional, La Vinotinto y se ha erigido como uno de los íconos más importantes del estado Monagas y de la ciudad de Maturín. En lo personal, este torneo mundialista ha resonado con la fuerza de un eco emocional. Hoy, después de casi 14 años de persecución política, solo me queda agradecer profundamente a la República de Costa Rica y de manera especial, al Reino de España por haberme acogido y otorgado la nacionalidad, después de haber estado expatriado sin derecho a una cédula de identidad y mucho menos, a un pasaporte. Gracias a Dios, en esta tierra que me abrazó, viví con una pasión desbordante la alegría de sentir como propio el triunfo del país que ganó la Copa del Mundo. No obstante, esa felicidad se tiñe de una melancolía persistente porque mi corazón sigue dividido entre el agradecimiento por el refugio y la añoranza por aquella tierra que me vio nacer y donde aún anhelo ver algún día la gloria deportiva que tanto merece. Entrando en materia de análisis futbolístico, queda claro que el título de España no fue fruto de la suerte ni de una casualidad. Argentina tenía a Messi, atesoraba la experiencia de campeona y portaba la corona con orgullo pero España tenía algo más determinante: un plan. Mientras el mundo esperaba la magia del 10 ( Messi) el conjunto español orquestó una lección táctica que ningún otro rival logró en todo el torneo: dejar a la Albiceleste sin UN SOLO tiro a puerta en los 90 minutos reglamentarios. Sí, leyó bien: cero remates. Cuando el Dibu Martínez terminó realizando diez atajadas, mientras su equipo no pateaba ni una vez al arco rival, quedó meridiano quién dictaba las reglas del partido. Ese dato no es anecdótico, es la radiografía de una superioridad estructural que desnudó la fragilidad de un sistema construido en torno a un solo hombre. Luis de la Fuente no armó un equipo alrededor de una estrella, apostó por el colectivo como eje de su filosofía. Sin depender de que Lamine Yamal o Pedri tuvieran su mejor noche, España atacó como un bloque, presionó como un bloque y defendió c
Fuente: La Patilla — Ver nota original