José Aguilar Lusinchi: Huyendo. El cuarto postgrado - EntornoInteligente
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José Aguilar Lusinchi @jaguilalusinchi
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Corrieron hasta llegar a la cola y se abrieron paso con los codos entre la gente cargada con bolsas y morrales. Empujaban a la muchedumbre mientras recibían groserías junto con algunas amenazas. Avanzaron con mayor rapidez a pesar del calor y la desesperación generalizada. El termostato social tenia nuevos indicadores.

Desplazaban a más y más personas al tiempo que sus manos se aferraban más fuerte entre sí para evitar separarse por los jalones. Las lágrimas salían a cada paso, pero no dejaban de avanzar. El sudor hacía estragos por lo que ella lo tomó de su camisa. Entrecerraron los ojos y colocaron la otra mano delante para evitar que fuesen dañados. Llegaron al punto de control y les pidieron su carnet andino. No tenían. Se habían equivocado de cola.

Volvieron al punto de llegada en San Antonio. Los ojos ya estaban alertas viendo a todas partes a causa de los carretilleros y los vendedores de estampillas que atosigaban con sus ofertas. El taxista que los había llevado hasta allí desde San Cristóbal se encargó de crear las mayores incertidumbres, y el error anterior les aseguró que estaban en problemas.

Viajaron hasta Ureña y dos horas más tarde ya tenían sellado sus pasaportes. Luego del mediodía estaban de vuelta en el puente. Empezaron a cruzar. Empujaban sus cosas mientras sentían un alivio por dentro y desde lejos ya podían ver a migración Colombia. Acertaron al contratar los servicios de un guía de frontera.

En suelo extranjero compraron los pasajes hasta se primera parada, Ecuador. La misma agencia de viajes evitó que hicieran la inmensa cola de venezolanos que habían cruzado aquel día, gestionando el sello de entrada en sus pasaportes.

Esperando la salida comprendieron que los miedos solo fueron excusas. Que no hay barrera. Que si se puede. Que los sacrificios valen la pena. Que el cansancio era momentáneo, y que, además, su relación ha dejado de ser un mero gusto individual, y ha pasado a tener un propósito en común.

Un grupo en Facebook había servido para conectarlos con unos desconocidos que los recibirían en Chile. Llegaron sin mucho a un departamento compartido entre siete personas. Con ropa y comida caliente fueron recibidos. Un agradecimiento infinito. A pesar del frio del nuevo clima, aun se siente el calor entre venezolanos.

Cinco días. Ese fue el tiempo que tardaron para encontrar trabajo en una empresa de Marketing callejero. Debían vender lo que sea y como sea deambulando por las calles. Si, fueron buhoneros ambulantes junto a un grupo de Haitianos. Vendían lámparas de emergencia, bolígrafos que reparan la ralladura de los autos, galletas, alfajores y chocolates. Nunca antes habían caminado tanto, y menos con un clima al que aún no estaban acostumbrados. Padecían de sed. No había baños.
Nervios. Dudas. Pensamientos terribles. Todo eso lo veían en esos espejos donde se reflejaban sus rostros. Incuantificables las veces que lloraron por separado en la intimidad del baño que compartían.

Un sentimiento de culpa hacia el futuro del otro consumía sus mentes. Evidentemente, no bastó un video en YouTube sobre cómo emigrar con poco. Se equivocaron con la vestimenta que empacaron. Se equivocaron al no gestionar la apostilla de sus papeles. Se equivocaron con la cantidad de dinero que llevaron. Se equivocaron con tantas cosas, que incluso se equivocaron de país.
Sus razones para emigrar se convirtieron en el motor para seguir adelante. Un salario de contador y otro de administrador que solo servía para pagar el pasaje. Si enfermaban no podrían ni encontrar las medicinas. Si tenían hambre no tendrían para cubrir las comidas. Utópico sería siquiera pensar en acceder al menos a un alquiler de vivienda. Huir fue la solución. Quizás la única que tenían.

El trabajo duro y las malas decisiones los llevaron a un proceso de transformación. Comprendieron que el fondo fue lo correcto, pero sin duda erraron en la forma. Emigrar es una cosa, y otra muy distinta es huir. Pero qué más da, muy pocos tienen oportunidad para lo primero.

Google fue de gran ayuda. Encontraron un destino con oportunidades para ellos. Un sistema de migración más flexible. Lo analizaron y por primera vez, diseñaron un plan. Adelantaron los papeles desde el extranjero. Ahorraron lo suficiente según gastos y costos promedio. Alquilaron un pequeño lugar desde la distancia. Esta materia del postgrado, se llama planificación.

Cuatro años de noviazgo ya no significan nada en comparación con este tiempo que llevan como inmigrantes. Emigraron comprometidos con lo que iban a emprender juntos. Una relación afianzada desde entonces en el cuidado mutuo, el esfuerzo doble, el reconocimiento del otro e incluso el pago de las cuentas.

Escribir estos párrafos me hace saber que nuestros emigrantes se han convertido en personas muy tiernas y sensibles. Estoy convencido que esta experiencia determina una diferencia importante. Por dentro, incluso detrás de un exterior duro y orgulloso, están los sentimientos y afectos más tiernos del corazón.

Siete fueron los testimonios que conformaron este relato. El que sirvió de trama principal hoy se encuentra en Buenos Aires. Llegó a mí luego de leer mi artículo: Emigrar es un Postgrado. Gracias nuevamente por abrir este cofre de recuerdos para que el mundo pueda evidenciar como crece esta generación. Si puedo seguir siendo un instrumento para contar sus historias, seguiré entregando todas mis letras.

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