En mayo de 2026, The New York Times reveló que Estados Unidos e Israel habrían considerado al expresidente iraní Mahmoud Ahmadinejad como figura potencial para asumir el poder en caso de un colapso del régimen. Esta información sorprendente sugería un plan ambicioso de cambio de régimen que buscaba aprovechar el deterioro de las relaciones entre Ahmadinejad y el establishment iraní. El expresidente había enfrentado años de conflictividad con la cúpula del régimen, siendo acusado públicamente de corrupción contra figuras influyentes, posteriormente prohibido para postularse nuevamente a la presidencia, viendo arrestados a sus colaboradores y terminando finalmente bajo arresto domiciliario.
La administración Trump aparentemente imaginaba replicar un modelo similar al implementado en Venezuela: colocar a un miembro o exmiembro del régimen como figura central en un proceso de transición política que sirviera como primer paso hacia un cambio de gobierno. Según el periodista israelí Ronen Bergman, Ahmadinejad estaba plenamente consciente del plan para posicionarlo en el poder tras un eventual colapso del sistema iraní. Incluso se reportó que fuerzas israelíes habrían bombardeado su residencia en un aparente intento de liberarlo del arresto domiciliario, causando la muerte de sus guardias y resultando en heridas para el expresidente, quien desapareció de la vida pública posterior al incidente.
Sin embargo, diversos analistas expresaron escepticismo respecto a estos reportes. Behnam Ben Taleblu, de la Foundation for Defense of Democracies, argumentó que Ahmadinejad fue uno de los presidentes más radicales de la historia iraní moderna: un declarado antisemita que llamaba abiertamente a la destrucción de Israel, apoyaba el terrorismo internacional, negaba el Holocausto y promovía activamente el programa nuclear iraní. La pregunta evidente surge entonces: ¿por qué alguien con un historial tan claramente opuesto a los intereses occidentales sería considerado como aliado viable? El hecho de que ni Estados Unidos ni Israel desmentieran el informe del New York Times sugiere que podría existir al menos algún grado de veracidad, pero también plantea interrogantes fundamentales sobre la viabilidad de tales planes.
La realidad es que Ahmadinejad terminó retirándose del supuesto acuerdo, lo que revela una verdad incómoda sobre las suposiciones políticas de occidente. Un hombre que construyó su carrera política dentro de la República Islámica, que representó el ala más radical del régimen con mayor agresividad que cualquier otro presidente iraní en las últimas tres décadas, y que incluso aspiraba a alcanzar posiciones aún más altas dentro del sistema, difícilmente podría colaborar plenamente con las mismas potencias a las que dedicó gran parte de su vida política a combatir. Ahmadinejad era producto del entorno revolucionario que moldeó la República Islámica desde 1979, vinculado profundamente a movimientos estudiantiles y revolucionarios que definieron su identidad política, lo que hace inverosímil cualquier transformación radical en sus convicciones fundamentales.
Fuente: Infobae America — Ver nota original