Inicios de la era de la inflación y del empleo público - EntornoInteligente

Entornointeligente.com / El Observador / César Charlone, ministro de Hacienda del presidente Gabriel Terra, realizó dos “revalúos” de las reservas de oro y plata del Banco de la República, en 1935 y 1938, que implicaron una fuerte devaluación del peso uruguayo. En los hechos, la moneda nacional pasó a valer respecto al oro el 34,4% de la paridad fijada cuando se creó, por ley de 1862, y que se mantuvo hasta la década de 1920. Entonces se consolidaron las bases de la volatilidad de los precios que duraría hasta finalizar el siglo.

Entre fines de la década de 1920 y 1939 el peso uruguayo se devaluó más de 160% ante el dólar. Luego, con el inicio de la Segunda Guerra Mundial y la afluencia de capitales, recuperó una parte de su antiguo vigor. Pero fue sólo un rebote antes de precipitarse en el abismo.

El extraordinario aumento de la cantidad de dinero a partir de 1935-1938 no provocó un fenómeno inflacionario inmediato, debido en parte a la inexperiencia del público, aunque sentó las bases de la volatilidad que se volvería crónica durante medio siglo a partir de 1942-1943. Es probable que en parte la ola de emisión, asociada al control de cambios impuesto ya en 1931, se haya volcado hacia el mercado negro de divisas (no hay estadísticas). Otra parte de la emisión bajo Terra y Charlone sirvió para aumentar enormemente el crédito y los ahorros en el circuito bancario, que crecieron más de 50% entre 1935 y 1939.

Monopolios y empleo público Entre fines de la Primera Guerra Mundial y 1936 los precios de los bienes de consumo en el Uruguay bajaron a una tasa acumulativa anual del 0,7%; o sea que en 19 años los precios promedio descienden un 13%. En el mismo período numerosos Estados habían experimentado graves inflaciones; no solo países menos desarrollados de América y Asia, sino potencias industriales como Alemania , derrotada en el conflicto bélico, y Francia, en el bando vencedor.

Copia de Inflacion Arregui 1938 – 1964.jpg

Entre 1918 y 1936 el nivel de precios en Uruguay bajó 13% en promedio. Pero sólo en 1939, después de los “revalúos” de las reservas de oro y el gran aumento de la cantidad de dinero, la inflación fue de casi 10% Pero después de los dos “revalúos” las cosas empezaron a cambiar. En 1939 la inflación llegó a casi 10%. Sin embargo el inicio ese año de la Segunda Guerra Mundial, con sus enormes distorsiones económicas, disimuló la burbuja crediticia que estaba gestando una nueva crisis financiera. La economía se deprimió, y también los precios. Incluso en 1941 hubo deflación: caída de precios en promedio (-0,28). El crecimiento económico recién se retomó en 1943-1944, cuando los aliados anglo-norteamericanos derrotaron a la fuerza submarina alemana, aumentaron la producción de barcos e incrementaron sus abastecimientos en el Río de la Plata.

“El Parlamento uruguayo de 1935 funcionó deplorablemente en la defensa de un valor —la estabilidad monetaria— que se había consustanciado con la personalidad del país”, escribió Ramón Díaz al narrar esos sucesos en Búsqueda de mayo de 1979. “Y ese mal funcionamiento reclama una explicación. En lo que me es personal, me rehúso a aceptar la hipótesis que imputaría el fenómeno a una debilidad intelectual generalizada entre los parlamentarios compatriotas. Pienso, en cambio —Dios me perdone el mal pensamiento, pero los malos pensamientos en materia política suelen alcanzar un alto porcentaje de aciertos—, que en su gran mayoría los parlamentarios compatriotas habrían sido sobornados por el gobierno mediante un acuerdo para repartir los empleos públicos que el revalúo traería consigo”.

Copia de Inflacion Arregui 1965 – 1990.jpg En las primeras décadas del siglo XX, y especialmente desde 1931, se inició el Uruguay del empleo público y el “clientelismo” De hecho, por esos tiempos comenzaron a proliferar los monopolios en manos del Estado uruguayo: el Frigorífico Nacional (1928), abastecedor exclusivo del mercado de Montevideo; Ancap (1931); los servicios telefónicos (1931); o Conaprole (1935), con el monopolio del abastecimiento lácteo a la capital del país. Todas esas empresas fueron desde entonces trincheras claves para el empleo público o corporativo, desde directores y gerentes a operarios sin especialización, y el “clientelismo”. Entre 1930 y 1955, tan solo un cuarto de siglo, la cantidad de empleados públicos aumentó 455%, una cifra enorme.

La falta de debate en el Parlamento uruguayo cuando el presidente Gabriel Terra y su ministro César Charlone devaluaron la moneda también sugiere que buena parte de los legisladores aceptaba pacíficamente que la economía podía empujarse de manera permanente emitiendo más dinero —o al menos que la emisión podría generar rédito político de corto plazo—. Parecían seguir el activismo experimental de Herbert Hoover, presidente de Estados Unidos entre 1929 y 1933, cuando los inicios de la Gran Depresión, basado en más impuestos, proteccionismo y obras públicas; o un seguidismo simplista del economista inglés John Maynard Keynes, entonces en boga en buena parte del mundo (y mucho más aún después de 1936, cuando publicó su “Teoría general…”), cuando se probaba casi cualquier receta contra el desempleo.

Pero la búsqueda de la reactivación económica mediante el crédito y la emisión no fue un invento de Keynes. Él no apareció como un rayo en un cielo despejado, sino que recogió aportes teóricos y prácticas políticas anglosajonas iniciadas a fines del siglo XIX, señaló el historiador británico conservador Paul Johnson.

Copia de Inflacion Arregui 1990 – 2017.jpg El sortilegio del Estado totalitario Durante la Gran Guerra (1914-1918) muchos Estados europeos militarizaron su vida industrial, en especial Alemania, que experimentó formas de ordenamiento social y productivo propias del totalitarismo.

Muchos líderes de opinión también miraban atentamente lo que hacía Benito Mussolini en Italia a partir de 1922, o Adolf Hitler en Alemania desde 1933. Ambos líderes no habían adquirido todavía el completo sentido siniestro que tendrían después. “En los años ’30 (el fascismo) parecía la fuerza del futuro”, escribió el historiador marxista Eric Hobsbawm.

“En los años ’30 el fascismo parecía la fuerza del futuro”

Tantos los fascistas como los nazis (y los comunistas en la Unión Soviética con un líder no menos siniestro: Stalin) se embarcaron en grandes obras públicas, desde autopistas y canales hasta un rearme a gran escala y programas de industrialización forzosa. Esas políticas consumían enormes recursos y muchas veces eran ineficientes además de crueles. Alimentaban circuitos económicos cerrados, más aptos para la guerra que para el desarrollo sostenido y el bienestar. Producían más escasez y cañones que mantequilla. Pero daban modestos empleos a millones de desamparados y provocaban una ola de esperanza, unidad y entusiasmo nacionalista. Esos sentimientos, unidos al terror, son el combustible de los estados totalitarios. El voluntarismo y el dogmatismo, si no se repara en el precio, pueden dar algunos buenos resultados parciales.

En particular la colonia de descendientes de italianos en Uruguay, muy numerosa, veneraba al Duce : los trenes partían en hora y la patria se unía para el rescate del antiguo esplendor romano.

Por entonces Francia y Gran Bretaña, dueños de imperios tan extensos como decadentes, dudaban de sí mismos y cedían la vanguardia política e ideológica. Estados Unidos, sumido en la depresión, miraba su propio ombligo. Fascistas y comunistas anunciaban el inevitable fin del liberalismo y el capitalismo, que serían sustituidos por la ingeniería social de los regímenes totalitarios más formidables de la historia: unos movidos por la clase, otros por la raza, y aún otros por la nación y la voluntad de predominio, y todos, sin excepción, dependientes de un solo líder que detentaba la summa del poder.

El comunismo y el fascismo tenían un sentido religioso nada desdeñable, que atraía a millones de personas en todo el mundo. A su regreso de la URSS en 1924, Keynes predijo: “Confío en la creencia de que, si el comunismo llega a alcanzar cierto éxito, no lo alcanzará como teoría económica perfeccionada, sino como religión”.

El novelista Arthur Koestler, quien fue un calificado miembro del Partido Comunista alemán, lo explicó en sus memorias: “Considerábamos que el capitalismo era un sistema anticuado y estábamos dispuestos a cambiarlo por una forma totalmente nueva de esclavitud”.

“Considerábamos que el capitalismo era un sistema anticuado y estábamos dispuestos a cambiarlo por una forma totalmente nueva de esclavitud”

Pese a los grandes avances en la industria pesada y militar, la economía de la URSS siempre fue pequeña comparada con la de su rival, Estados Unidos. Una mezcla de voluntarismo y propaganda llevó al Partido Comunista de la URSS a plantearse como objetivo en su 21º Congreso, en 1959, “mejorar los niveles de vida para alcanzar y superar a América”. La misma lógica empleó Ernesto “Che” Guevara cuando, el 8 de agosto de 1961, en una reunión de la OEA en Punta del Este, anunció con el optimismo que caracterizaba entonces a los regímenes socialistas, que en 10 años la renta per capita de Cuba superaría a la de Estados Unidos.

Ese planeamiento económico, presentado al mundo como modelo, “en todos los aspectos centrales era un ejercicio burocrático”, según señaló Paul Johnson en su notable ensayo “Tiempos modernos”. “Ninguna de las cifras (de los planes quinquenales soviéticos) fue comprobada de manera independiente. Los controles no oficiales de auditoría, que constituyen un elemento esencial de todos los Estados sometidos al imperio del derecho”, no existían en la Unión Soviética.

“El culto al poder es la nueva religión de Europa”

Los liberales sostenían —y sostienen— que las decisiones individuales y complementarias de millones de individuos no pueden ser superadas por los planificadores centrales, que suelen correr detrás de los hechos. La magia del mercado combina los planes de infinidad de personas y familias en un mundo complejo y de conocimiento disperso. Los burócratas sólo pueden hacerlo peor: esa es la razón del fracaso de las economías centralmente planificadas. La historia no entra en sus moldes: los desborda. El mercado, no la burocracia, estaba en la base de una Revolución Industrial que cambió el mundo de un plumazo, y que hizo a las personas más libres y opulentas que nunca. Pero lo cierto es que a partir de la década de 1930 muchos intelectuales comenzaron a examinar la opción del planeamiento central, mezclado con estatismo y proteccionismo, del que hacían gala los soviéticos y luego los fascistas.

La pirámide se había puesto al revés: ya no eran los individuos los que se daban un Estado, para delegar en él ciertas funciones, restringidas y revocables, sino que los grandes Estados, cual Leviatán, disponían por los individuos, convertidos en masa, para servir a los fines de un partido y un líder.

“El culto al poder es la nueva religión de Europa”, advirtió el escritor y periodista británico George Orwell.

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Con Información de El Observador

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