Hartazgo - EntornoInteligente
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Se iniciaron los “encuentros” del presidente Duque para escuchar a las fuentes del inconformismo que encendieron al país.

Una agenda extensa y compleja, difícil de configurar y, sobre todo, definir por dónde comenzar.

Lo cierto es que luego de las marchas y saqueos, Colombia se apresta a iniciar el diciembre navideño con una herida abierta, ante la cual abundan, tanto los médicos, como las recetas.

Disipándose un poco el humo de los incendios y las papas bombas, es claro que hay dos enormes vertientes: la izquierda extrema, utilizando delincuentes pagados y reforzados por mercenarios llegados de Venezuela, que luego de perder las elecciones presidenciales y quedar muy mal en los comicios de octubre pasado, ha concluido que la única manera de llegar al poder es tumbando a Duque.

Y, en segundo lugar, la gente del común, harta de temas que se salen de la incipiente agenda.

Estudiantes, trabajadores, jóvenes, amas de casa sonando sus cacerolas, ¿acaso están marchando contra el gobierno de Duque?

No, el Paro del 21 ha servido para pinchar el furúnculo del hartazgo colectivo, que no tolera más 3 temas que le asfixian desde hace lustros: la corrupción, la impunidad y el deterioro de su vida diaria.

Jóvenes y gentes del común, no toleran más el espectáculo de criminales de cuello blanco que se vienen robando miles de millones de pesos y no les pasa nada. Solo hace poco se supo que en Santa Marta los propietarios de la empresa Aguas de la Roca se habían conectado fraudulentamente al tubo madre de la Planta El Roble para robarse diariamente 3.500 metros cúbicos de agua que debía llegar a 44 mil habitantes -2.500 millones de pesos anuales- la procesaban y luego se la vendían embotellada a la misma gente que no la recibe en sus grifos. No les pasará nada, igual que a quienes recibieron coimas de Odebrecht, a los ladrones del Cartel de la Hemofilia, a quienes venden pechugas de pollo con destino a niños escolares por el triple de su precio, un ejército de rateros que destruyen nuestra confianza en el porvenir de Colombia.

Y esto se enlaza con el segundo problema: jueces venales que les dan casa por cárcel, para que a los pocos meses salgan a disfrutar del robo al pueblo. Hemos llegado al extremo espeluznante, en el que delinquir en Colombia no tiene castigo.

Y si algo crispa más el humor de los habitantes de nuestras capitales, es el colapso en movilidad, por los huecos y tráfico sin planificación, haciendo del diario vivir un ejercicio asfixiante. Vivir en Bogotá es un calvario y no en balde las marchas más numerosas se originan allí.

Salarios, pensiones, salud y mil cosas más son entuertos por corregir, más los ríos de gentes que marchan sin más armas que sus cacerolas, están diciendo… nos mamamos de la corrupción, la impunidad y el mal vivir.

LINK ORIGINAL: El Universal

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