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Entornointeligente.com / Tal Cual / Quien está necesitado de un acuerdo económico soy yo, porque no tengo dinero para mantener contentos a los que me sostienen Para qué es el diálogo, la negociación, como quieras llamar tú a eso que empezó hace unos días en República Dominicana. Tú exiges la apertura de un canal humanitario para alimentos y medicinas, elecciones presidenciales libres, libertad para los presos políticos y el restablecimiento de la autoridad de la Asamblea Nacional. Eso es lo que algunas veces dices. Otras, hablas únicamente del canal humanitario y de las elecciones libres. Yo lo que quiero es que le levanten las sanciones internacionales a Venezuela y, ah sí, que reconozcas a la Asamblea Nacional Constituyente. Pero, por si acaso queda alguna duda, te ratifico que no habrá ningún acuerdo ni ningún evento electoral si no me quitan las sanciones. Eso que te digo lo he hecho público, está reseñado en toda la prensa.

Te explico por qué puedo decir eso último. Tú no haces sino hablar de que la gente se muere por falta de alimentos y medicinas. Te quejas de que la economía está destruida. Y hablas de que tenemos que llegar a un acuerdo para que el pueblo no siga muriéndose de hambre y de mengua. La culpa de todo —dices— es mía. Y agregas que, también por mi culpa, ni siquiera puede llegar a Venezuela ayuda humanitaria que contribuya a paliar la tragedia que viven los venezolanos. Lo principal de tu discurso es que hay que resolver la dramática situación que está matando de hambre y de mengua a nuestra población. Eso es lo primero, lo único, lo que justifica que te sientes a hablar con alguien tan repulsivo como yo. Ese discurso —lo sabes— es lo mismo que decir: hay que resolver la situación económica. Hasta tienes la receta para lograrlo: eliminar el control de cambios, abolir el control de precios y sincerar la economía, permitiendo que el sector productivo haga su trabajo. La receta la repites ad nauseam .

Ahora, fíjate bien en lo que estás diciendo. No debería confesarlo, pero me estás ayudando. Te puedo decir que sí, que abramos el famoso canal humanitario, que flexibilicemos los controles y que no me voy a meter más con el sector productivo, para que haga lo que tiene que hacer. Desde luego que nunca te diré que la postración económica del pueblo es culpa mía. Seguiré diciendo que es la guerra económica y que esa guerra la hacen tú y el imperialismo internacional, invocado por ti y convertido en Leviatán a través de las sanciones contra Venezuela que tú pediste. Pero el caso es que podría, en efecto, abrir un poco la economía en los términos que tú pides. Posiblemente el canal humanitario se transformaría en “cooperación” internacional, reservándome un papel en la distribución de alimentos y medicinas que me permitan algún nivel de indulgencias con escapulario ajeno; los controles de cambios y precios se desactivarían en términos prácticos, sin renunciar yo a persecuciones selectivas contra supuestos especuladores que me sirvan de propaganda. También —y lo sabes bien—, habría que reestructurar la deuda y, quién sabe, negociar con el FMI o algún otro ente multilateral el ingreso de dinero no sólo fresco sino que refresque. Y tú tendrías que decir que sí. ¿Cómo vas a decir que no? El pueblo es lo primero, ¿no? Parar la hambruna, las epidemias y el desastre sanitario es lo primordial. ¿No lo dijiste tú?

Si eres consecuente, tendrás que decir que sí, que hagamos todo eso: venga la cooperación internacional, fuera los controles, que dejen al sector privado en paz y que lleguen los acreedores internacionales para reestructurar la deuda. Acuérdate de que la salvación del pueblo es lo fundamental. Es por los niños muertos de hambre, por los trasplantados, por los dializados, por las víctimas del paludismo, la difteria y hasta la tuberculosis, que hay que acordarse conmigo. Pero, ¿podemos hacer todo esto mientras subsistan las sanciones económicas internacionales? ¿No y que esas sanciones les impiden a los entes financieros de Estados Unidos y de algunas otras partes siquiera sentarse con las autoridades venezolanas? ¿Podemos renegociar la deuda sin la aprobación de la Asamblea Nacional? ¿No sería nulo —como tú mismo te cansaste de amenazar— cualquier nuevo endeudamiento o negociación que no cuente con el visto bueno de la Asamblea Nacional? ¿No es por eso que nadie ha podido sentarse seriamente a negociar un proceso de reestructuración o refinanciamiento? Entonces, si lo primero es acabar con el drama humanitario y vamos a hacerlo con tu receta, ¿me vas a decir que no? ¿Me vas a decir que no vas a permitir que haya reestructuración hasta que no te conceda lo de los presos políticos, o lo de las elecciones libérrimas, o cierre yo la Asamblea Nacional Constituyente? ¿De qué estás hablando? Ya no puedes decir que no. Por lo menos no con el mismo discurso. Es más, tienes a todos los empresarios que te apoyan —quienes están en “modo supervivencia”, viendo a ver cómo pagan la nómina mes a mes y en trance de desaparecer— presionándote para que se solucione el problema económico. Entonces, de verdad, ¿vas a decir que no, que no vas a aprobar nada en la Asamblea Nacional para reestructurar la deuda y levantar los controles, con el objeto de que los niños no sigan muriéndose de hambre y tus patrocinantes no terminen de quebrar? Bájate de esa mata: vas a decir que sí.

Y ahora te voy a explicar por qué yo no voy a liberar presos políticos, ni a permitir elecciones libres ni a tolerar que la Asamblea Nacional recupere sus funciones. La respuesta es muy sencilla: yo soy una dictadura y las dictaduras no hacen esas cosas. Yo puedo soltarte a uno que otro cabroncito de esos que tengo como rehenes —en parte para eso es que los tengo ahí, e igual los voy reciclando—. También puedo perfeccionar un poco la pantomima electoral y hacerte un par de concesiones cosméticas que, en el mar de manipulaciones fraudulentas que manejo, no hagan ninguna diferencia práctica. Y puedo hasta darle un poquito de bomba a la Asamblea Nacional para que me apruebe alguna fórmula que permita reestructurar la deuda. Pero olvídate de que voy a perder la trata de rehenes que mantengo con mis presos, o permitirte ganar una elección o renunciar al poder legislativo que de hecho ejerzo a través de la Constituyente. Eso no lo voy a hacer, pues —te repito— soy una dictadura. ¿Cómo más quieres que te lo diga? Qué parte no entendiste de aquello que te tan claramente te expresé: aquí no habrá ni siquiera un evento electoral nuevo mientras persistan las sanciones internacionales y no se reconozca a la Asamblea Nacional Constituyente.

Te confieso que me atrae —y mucho— eso de que se componga un poco la economía. No me haría ningún daño un sistema de cierta apertura económica con un cerrojo inviolable en materia política, como el de China, por ejemplo. Eso me sirve. Y también les sirve a tus amigos y patrocinantes del sector privado, que están ahogados y necesitan un mínimo de apertura para sobrevivir. Además, China y Rusia estarían felices de meter dinero bajo estas nuevas condiciones; y, quién sabe, a lo mejor hasta el FMI se anima. Pero olvídate de que yo vaya a conceder algo más que eso. Además, ¿para qué? Vuelvo sobre lo mismo: si lo principal es salvar al pueblo del despeñadero económico y que pare la hambruna y la debacle sanitaria, tú vas a tener que terminar transigiendo en alguna reforma política inocua, a cambio de mejorar la economía, lo cual pasa por la liberación de los controles y la reestructuración de la deuda. Al final, yo y mi Constituyente quedamos en control de todo, incluyendo el manejo de mi aparato de propaganda para echarte a ti la culpa de los costos sociales del ajuste, que —por supuesto— los haré ver como consecuencia de tu receta económica y de mis enemigos políticos, a quienes seguiré persiguiendo.

Gracias a Dios —quizás ya bajo la tutela del Comandante Eterno, en el más allá— te has olvidado de algunas cosas. Te olvidaste de que, con no hacer nada, yo y mi proyecto político vamos directo al caos; de que yo no controlo todas las bisagras y los engranajes de la sociedad, pues todavía no soy Cuba ni Corea del Norte; de que mi incompetencia para gobernar es descomunal; de que ni siquiera yo puedo entrar en ciertas zonas del país; de que soy profundamente impopular; de que la corrupción ha arrasado con todo y de que ella no conoce de lealtades; de que los militarcitos que me sostienen no aguantan ni un petardo vencido y de que con cualquier amenaza seria que comprometa sus prebendas y su seguridad, se cambiarán de lado sin disparar un tiro; de que un sector de la comunidad internacional está dispuesto —si ve decisión en ti— a presionarme en lo que verdaderamente me duele, que es que el caos me lleve por delante y mis propios sostenedores me saquen a patadas; de que —¡maldita sea!— se me está acabando el dinero, y yo sin dinero no soy nada. Pero, además, te olvidaste de lo que es más importante: yo me nutro y existo de tres logros sociales de mi Revolución: el primero, la depauperación del pueblo y de que éste dependa de lo que yo graciosamente le doy; el segundo, de que ese pueblo se adormezca políticamente, y el tercero, de que sepa y entienda que si levanta la cabeza llevará el palo parejo. Para que se mantengan estos éxitos revolucionarios se requiere que yo tenga plata, que me dejen tranquilo desde afuera, que no se metan más conmigo, que me vean como a un estadista que negocia la paz, pero, sobre todo, que me alcance el dinero. Por eso no hago sino llamar al diálogo. Y tú, cuando aceptas, lo haces alegando que sólo estás ahí por el pueblo, para que no se nos siga muriendo la gente.

De acuerdo contigo: que no se muera más la gente. Dame plata, pues; facilítame los medios para que entre plata. Firma aquí. Para eso vinimos a Santo Domingo. Dame el respirito. Te estoy diciendo cómo: con tu propia receta de liberalización económica. Además, piensa en tus amigos del sector privado, que no pueden más. Y no me digas que no vas a firmar nada. Esas cosas las digo yo. Espero que te des cuenta de que se te va a hacer difícil negarte, aunque yo me rehúse a concederte algo relevante en lo político. Y es que, como te vengo explicando, tu propia justificación de hablar conmigo es parar la tragedia humanitaria.

Pero lo que más sinceramente espero es que no te des cuenta del fondo de todo esto: que el restablecimiento de las libertades políticas es lo que verdaderamente va a sacar a ese mismo pueblo del ciclo de depauperación y dependencia en que tiene que estar para que yo me mantenga en el poder. Y eso es más hambre y más miseria para el pueblo. Y —peor— por mucho más tiempo o, como quisiera yo, para siempre. En suma, más muertos por hambre y mengua (lo de ahora no es nada). Por favor, nunca termines de captar que te puedes trancar en Santo Domingo y usar la negociación como tribuna para desenmascararme aún más en el plano internacional y aumentar la presión sobre mí. Porque quien está necesitado de un acuerdo económico soy yo, porque no tengo dinero para mantener contentos a los que me sostienen, porque no quiero que se me vayan de las manos las cosas, porque las sanciones me están doliendo de verdad, porque necesito una taima . Por eso, apúrate. Firma aquí —antes de que termines de apercibirte de todo esto—.

Manuel Acedo Sucre

Diciembre de 2017

 

 

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