Existe un Martí accesible a todas las generaciones

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En 1960 el Guerrillero Heroico apuntó: «Martí fue el mentor directo de nuestra Revolución, el hombre a cuya palabra había que recurrir siempre para dar la interpretación justa de los fenómenos históricos que estábamos viviendo y el hombre cuya palabra y cuyo ejemplo había que recordar cada vez que se quisiera decir o hacer algo trascendente en esta Patria». En esta referencia el Che resume la vigencia del ideario martiano, un pensamiento que no es abstracto, sino que adquiere cuerpo y alma en sí mismo cuando somos capaces de redescubrir al héroe y aplicarlo a nuestra cotidianidad, cuando entendemos que la martianidad es osamenta sobre la cual debemos proyectarnos y sostenernos. Por eso somos martianos, porque críticamente lo hemos asimilado, porque creemos en la palabra del Maestro, y no lo hacemos como seres conducidos, sino desde una lealtad reflexiva a su palabra y ejecutoria.

En este tiempo, tan diferente al del Che y al de Martí, pero a la vez tan similar por las causas que motivan nuestra lucha, es imprescindible asirnos al Apóstol. Martí no representa solo al ferviente revolucionario, sino también al guía espiritual, que nos ayuda a comprender la felicidad como la condición humana más noble. Martí no representa a un intelectual aislado del acto de crear desde la perspectiva de la transformación; Martí crea y funda bajo el sueño de ver una sociedad que hace de lo hermoso lo cotidiano, que no discrimina, que hace felices a los hombres. Martí representa al verdadero intelectual: orgánico, coherente, que no solo divisa el bien, sino que lo hace parte de su praxis.

El Che nos pide que nos acerquemos a Martí, «sin pena, sin pensar que se acercan a un dios, sino a un hombre más grande que los demás hombres, más sabio y más sacrificado que los demás hombres, y pensar que lo reviven un poco cada vez que piensan en él y lo reviven mucho cada vez que actúan como él quería que actuaran».

Esta misión amerita ser concebida desde los códigos del presente; para lograr que los jóvenes lean a Martí y lo descubran a través de sus obras, yendo a sus rasgos más íntimos sin llegar a violentar su privacidad. Siendo consecuentes con sus ideas, sin hacer de lo que dijo sentencias lapidarias asimiladas acríticamente. Sin hacer el ridículo ni ridiculizarlo, debemos entender al Apóstol como el hombre que sintió y padeció. Hay que desacralizar a su persona desde la base del respeto infinito, para demostrar que existe un Martí accesible a todas las generaciones.

Sentirse martiano y conocer al Maestro en sí mismo es un reto, porque él no admite un acercamiento superficial. No se trata de memorizar sus frases, de repetir su discurso –a veces de forma descontextualizada–, o de conocer datos acerca de su biografía. Hay que escarbar en la esencia de su pensamiento, asumir críticamente sus valores, y tomar como punto de referencia sus juicios acerca de los temas más diversos.

Nos enseñó el Apóstol que: «Decir es hacer cuando se dice a tiempo»; por eso decimos, porque hay mucho que decir, porque no tenemos derecho a cansarnos cuando hay tanto que pelear por ese bien que tanto él apreciara: el culto a la dignidad plena del hombre. Es la hora de construir juntos un mejor porvenir, hagamos Patria con la fuerza de la verdad y las ideas.

Son las ideas armas invencibles, rectoras en la batalla, máxime si es cultural, como la que libramos contra el sistema colonizador del capitalismo. Tenemos que seguir siendo antimperialistas, ello significa base y principio en la consecución de los más elevados fines y objetivos de lucha por la vida y la felicidad humanas.

Es cultural la guerra, y salvando nuestra cultura de resistencia, con profunda sensibilidad, juntos andaremos el camino del bien, pensando y trabajando como actos sublimes para la creación, para elevarnos sobre lo común de la naturaleza humana.

Los postulados éticos martianos sustentan la cultura que defendemos en Cuba. José Martí nos sigue dotando de las herramientas éticas para construir el socialismo.

«Patria es humanidad, es aquella porción de humanidad que vemos más de cerca, y en que nos tocó nacer; y ni se ha de permitir que con el engaño del santo nombre se defienda a monarquías inútiles, religiones ventrudas o políticas descaradas y hambronas».

¡Cuánta verdad en las palabras de Martí! Conocerlo es ganar conciencia de cuánto tenemos que hacer por la patria, trabajar para ella y vivir por ella.

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