Lapatilla julio 14 2026, 7:23 pmPosteado en: OpiniónCompártelo: Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn Mientras miles de familias venezolanas todavía remueven escombros tras el doblete sísmico que ha enlutado al país, dos comunicados publicados hoy anuncian, casi al unísono, el inicio de una “hoja de trabajo conjunta” a partir del 1° de agosto. Uno lleva la firma de Jorge Rodríguez Gómez, presidente de la Asamblea Nacional del régimen. El otro proviene de voceros vinculados a la Asamblea Nacional electa en 2015. Ambos hablan de unidad, de reconstrucción, de estabilidad democrática. Como analista y como venezolano, tengo la obligación de decirlo con claridad: esto no es una hoja de ruta hacia la libertad. Es la reedición de un guion que ya conocemos de memoria, y que ya ha fracasado una docena de veces. Dos décadas de mesas que no llevaron a ninguna parte Venezuela no carece de experiencia en diálogos. Carece de resultados. Desde la Conferencia Nacional por la Paz de 2014 hasta las negociaciones en República Dominicana de 2017-2018, pasando por el proceso auspiciado por Noruega que derivó en el Acuerdo de Barbados de 2019 —cuyas garantías electorales el régimen incumplió sistemáticamente— y las rondas de México entre 2021 y 2023, el patrón se repite sin variación: promesas solemnes, fotografías de ocasión y un régimen fortalecido mientras el país sigue desangrándose. El propio gobierno de Noruega reconoció en 2025 que su modelo de “diplomacia discreta” fracasó frente a un poder que negocia sin intención real de ceder nada. Si el facilitador lo admite, no hay razón para que los venezolanos sigamos fingiendo lo contrario. URGENTE: Dos terremotos azotaron La Guaira y hemos preparado un reporte de información actualizada AQUÍ Tampoco puede omitirse el precedente más significativo de todos. Durante el primer mandato de Donald Trump, Estados Unidos respaldó a la Asamblea Nacional de 2015 y reconoció, junto a más de sesenta países, a Juan Guaidó como presidente interino de la República. Fue un momento de esperanza genuina y de unidad internacional sin precedentes. Aun así, con ese respaldo diplomático, político y económico sin igual, el esfuerzo no logró desplazar al régimen ni producir una transición ordenada. Quedó registrado como un intento valiente, pero fallido. Si esa coalición no bastó, es difícil sostener que una hoja de trabajo administrativa, negociada en medio de una emergencia sísmica, tenga hoy mejores probabilidades. Lo que realmente dicen los comunicados de hoy Leídos con atención, ambos textos cumplen la misma función: comprar tiempo. El régimen instrumentaliza la tragedia sísmica para presentarse como garante de la “unidad nacional” ante la comunidad internacional, particularmente ante Estados Unidos, cuyo respaldo humanitario ambos documentos se apresuran a agradecer. La contraparte ofrece de nuevo su nombre para sostener la ficción de una negociación en curso hacia la democracia. El resultado, si la historia sirve de guía, no será la libertad de Venezuela: será oxígeno para quienes hoy gobiernan sin mandato legítimo. Una mesa sin legitimidad en ninguno de los dos extremos La señora Dinorah Figuera, presentada como representante de la Asamblea Nacional de 2015, no cuenta con legitimidad de origen renovada por el voto popular para negociar en nombre de Venezuela una salida definitiva. El período constitucional de esa Asamblea concluyó hace años; su continuidad simbólica, comprensible como resistencia moral, no equivale a un mandato fresco y verificable en las urnas. Del otro lado, la situación es aún más grave: es inaceptable seguir otorgando poder de decisión sobre
Fuente: La Patilla — Ver nota original