Este fue el aporte del Valle del Cauca a la gesta libertadora de Colombia - EntornoInteligente
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La historia del Valle del Cauca y el suroccidente del país, muestra, para la época de La Colonia, múltiples escapes y rebeliones de esclavos en diferentes minas del Pacífico y en las haciendas y poblados; agudas luchas y pugnas entre españoles peninsulares y españoles criollos en los cabildos de las ciudades por el poder que, a veces, se convierte en discrepancias abiertas entre los diferentes centros de poder que se van conformando con sus autoridades asentadas principalmente en Pasto, Popayán, Cali, Buga y Cartago.

Fueron notables las sublevaciones de Llanogrande, en 1743, contra las autoridades virreinales que trataban de obtener mano de obra fácil para construir el camino al Chocó; la protesta en el Hato de Lemos y Candelaria, en 1781, contra el estanco del tabaco, y la de Tuluá, en junio de 1778, de gran magnitud, contra los estancos de aguardiente y tabaco.

Otro hecho muy importante ocurre el 26 de julio de 1788, en Llanogrande, cuando se da la Sublevación de los Pardos, encabezada por Casimiro Panesso, Baltazar Ortiz, Eugenio Chávez, Diego de Escobar y Pablo Salazar y cuyos efectos movilizadores se trasladan a Tuluá Cartago y Buga, siendo sofocada rápidamente desde Cali por tropas al mando de Manuel Caicedo.

El fracaso de estos levantamientos se atribuye a factores como la falta de liderazgo efectivo que organizara de manera más conveniente las clases sociales en permanente pugna y las reacciones de fuerza inmediata por parte de los criollos en el poder para reprimirlos uniéndose los cabildos de las ciudades, que no permitieron que prosperaran en similar magnitud de la Revolución Comunera.

Es la suma de un descontento generalizado y el enfrentamiento de las clases sociales que ponía en peligro la tranquilidad en las minas y haciendas de españoles y criollos. Siempre hubo confrontaciones originadas en la Gobernación de Popayán, y sobre las cuales, pese a existir ‘noticias’ en las fuentes primarias, no se hace suficiente referencia en la historiografía del país por una tradición manipulada por las élites regionales y nacionales y por el afán de construir una ‘memoria unitaria y excluyente’, como lo manifestó Raúl Román Guerrero en su libro ‘Celebraciones Centenarias’.

Con la designación de la Junta Autónoma del Gobierno de Quito (10 de agosto de 1809), que será sofocada a sangre y fuego, las miradas de españoles y criollos residentes en la Gobernación de Popayán encuentran un espejo donde mirarse.

Las cartas de Manuel Santiago Vallecilla, Santiago Arroyo, Ignacio de Herrera y Vergara y Joaquín de Cayzedo y Cuero fortalecen el pensamiento y predisponen la acción de los vallecaucanos, líderes protagonistas del enfrentamiento ya no político sino militar, con los realistas comandados por Miguel Tacón y Rosique, quien ve en esos hechos la necesidad de entrar a tutelar a los caleños exigiendo se sometan a la Junta Provisional de Salud y Seguridad Pública, que ha conformado en Popayán con una pretensión muy clara: hacer que Cali y todo el Valle quedaran sujetos de manera directa a esta Junta y a su poder, previendo cualquier inconveniente como lo ocurrido en Quito.

Tacón y Rosique conocía muy bien la oposición y la rebeldía de los líderes de Cali por el ‘Motín de los Caicedo’, en 1742, donde se oye, quizá por primera vez en todo el país, el batiente grito premonitorio: “¡Mueran los chapetones, vivan los criollos!”.

Los líderes caleños también conocían muy bien la situación y eran conscientes de la necesidad de su intervención para romper las ataduras, como lo manifiestan en infinidad de documentos que se cruzan y en las que los análisis no solo son de carácter regional sino que abarcan toda la sociedad sometida a la corona española.

El escrito del vallecaucano Ignacio de Herrera y Vergara (1 de septiembre de 1809) da una idea muy clara del conocimiento que se tenía de la situación y la forma de salir de ese atasco social: “Jamás se había presentado a la América una ocasión que asegurara su futura felicidad” eran las frases iniciales del libelo.

Con razón, el Santo Oficio de la Inquisición, con sede en Santa Fe, había promulgado un decreto el 24 de diciembre de 1809 excomulgando a quienes tuvieran documentos con relación a los sucesos de Quito y por ello es entendible que a Manuel Santiago Vallecilla, en Popayán, a finales de 1810, lo apresen por tener cartas de amigos y allegados.

Significativo aporte A la historia regional se le niega integrarla a la nacional para valorar el aporte de las regiones a la causa independentista, que no implica desconocer la importancia de la Batalla de Boyacá, sino revalorar las de las regiones para explicar mejor la Guerra de Independencia de Colombia.

La primera gran batalla de la Independencia fue la del Bajo Palacé, el 28 de marzo de 1811, en la que triunfa el primer ejército patriota, conocido como el ‘Ejercito de Cali’, conformado por más de mil hombres reclutados a última hora, sin ningún entrenamiento y faltos de armas, organizado a petición de Joaquín de Cayzedo y Cuero cuando se decide conformar el gran bloque de las Ciudades Confederadas del Valle del Cauca; a ellos se suma, al mando de Antonio Baraya, un centenar de soldados (entre los que se encontraba Atanasio Girardot) enviados desde Santa Fe por el presidente Jorge Tadeo Lozano.

Ese triunfo sobre el experimentado y bien armado ejército realista al mando del gobernador de Popayán, coronel Miguel Tacón y Rosique, marcó la marcha a seguir en la guerra de Independencia en el Suroccidente, mostrando lo difícil y sangriento que sería conseguir el objetivo final.

En la del Bajo Palacé surgen los primeros héroes de la Independencia de la Gran Colombia: Miguel Cabal Barona, Manuel María Larraondo (abanderado de la tropa) y el esclavo de origen afro Juan Cancino. Muchísimos más irán a morir en el recorrido de batallas que suceden con entierros masivos en fosas comunes en el propio campo de pelea. Otros, los hechos prisioneros en Catambuco y que no fueron diezmados para ser fusilados, son enviados a las selvas de Macas, Ecuador, a realizar trabajos forzados de donde nunca saldrán.

En esta vasta región del Gran Cauca la guerra de Independencia ocupó casi un cuarto de siglo, iniciada antes del 3 de julio de 1810, día del grito de Cali, y que suele afirmarse como Guerra de Independencia contra los representantes de la corona española, y culmina para el Valle del Cauca el 28 de septiembre de 1819 en la Batalla de San Juanito, en Buga; en la Batalla de Pitayó, Cauca, el 20 de junio de 1820, y para el hoy departamento de Nariño, en la Batalla de Bomboná, el 7 de abril de 1822, cuando se abre paso a los triunfos de Pichincha, Junín y Ayacucho, arrastrando muchos de los sobrevivientes de las batallas vallecaucanas, que llegaron a sumar 28, incluyendo la del 29 de enero de 1821 en Santa Bárbara de Iscuandé, Nariño.

Como puede verse, las últimas batallas que definen el triunfo para el Suroccidente son posteriores a la Batalla de Boyacá. Cuando Bolívar pasa por el Valle rumbo al sur, ya triunfante, la región había combatido largamente ocho años seguidos y su intervención solo fue la del saludo a la valentía de los vallunos, el recaudo y el reclutamiento de más hombres para acometer la Campaña del Sur.

En Pasto, el 26 de enero de 1813, están los primeros fusilados de la Guerra de Independencia: Joaquín de Cayzedo y Cuero, Alejandro Macaulay serán fusilados por orden del Pacificador Toribio Montes, presidente de la Real Audiencia de Quito.

Con antelación al fusilamiento de Cayzedo y Cuero, cuatro mujeres, que habían formulado un plan de fuga para el líder caleño, son delatadas y caen presas en el momento de ejecutar el plan, siendo asesinadas sin juicio el 12 de diciembre de 1812, convirtiéndose también en las primeras heroínas de la Independencia: Andrea Velasco, Luisa Figueroa, Domitila Sarasti y Dominga Burbano.

La lucha continuará, vendrá Antonio Nariño a sumarse a la Guerra por encontrarla muy positiva para la Independencia absoluta. Más hombres morirán en combates o en el paredón, como José María Cabal, Carlos Montufar, Francisco Antonio de Ulloa, Francisco Antonio de la Illera, Manuel Santiago Vallecilla y tantos otros, sin contar a Francisco José de Caldas ni a Camilo Torres.

LINK ORIGINAL: El Pais

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