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“Clint Eastwood” de Gorillaz

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El show fue soberbio musical y visualmente. Tuvo por momentos 13 músicos en escena, más los invitados, las imágenes increíbles en pantalla gigante y por supuesto: su voz, de nuevo como un canal directo a la emoción, al mejor paisaje interior. Las palabras de Damon distorsionadas con un altavoz y su vitalidad animaban todo. Gorillaz fue mutando, de los temas bailables y juguetones pasó a otros melancólicos, las animaciones mostraban un mundo posindustrial arrasado, catástrofes nucleares, climáticas, mares de plástico, demonios, felicidad impostada hasta la idiotez, zombies y ritmo. “Demon Days” , temazo con el que cerró el recital, nos dejó bailando con un coro gospel femenino que se elevaba como un rezo frente a un Apocalipsis inminente. Los relámpagos que ya iluminaban el cielo presagiaban lo peor. Terminó el recital y encaramos para la salida. En el interminable estacionamiento de Tecnópolis nos alcanzaron las primeras gotas que se volvieron torrenciales, literalmente no podía ver por donde caminaba. Atravesamos diez cuadras abajo del diluvio en el descampado hasta llegar a un techo. Quedé empapada como si me hubiera tirado al mar. El techo en el que nos resguardamos era la estación de servicio donde decenas de personas, que iban aumentando minuto a minuto, esperaban improbables taxis o colectivos. Pensé que íbamos a pasar toda la noche ahí. Se había levantado un viento helado. Empecé a tener frío. Era imposible caminar o subirse a algún transporte porque no paraban. Pensé en la canción “Last Living Souls” : somos los últimos sobrevivientes del fin del mundo, y temblé. En eso vimos un colectivo que se acercaba por una calle lateral y paraba, no estaba tan atestado y nos subimos, sin saber cuál era ni en qué dirección nos llevaba. Ya arriba recuperé el calor, preguntamos adonde se dirigía y no estaba mal como para salir del atolladero. En el recorrido reconocí una estación de subte y nos bajamos. Era el B, que nos dejó a dos cuadras de casa. De camino compramos comida, nos dimos un baño caliente y apenas un rato después de la maravilla de Gorillaz nos estábamos tomando un vino. El fin del mundo podía esperar

Siempre estuve enamorada de Damon Albarn. Fui adolescente en los 90 y me acuerdo de volver a los 16 años en colectivo de madrugada con el walkman en un volumen bien alto para no dormirme y pasarme de la parada. Uno de los discos que escuchaba en continuado era Leisure (1991 ) de Blur que podríamos decir me acunó durante la adolescencia. En ese tiempo, miraba videos en MTV y quería ser como la cantante de Elastica, Justine Frischmann, que tenía una voz y una actitud espectaculares y encima era la novia de Damon. “Tender” , hitazo de Blur, se inspiró en su separación. ¿Qué tenía la voz de Damon que la volvía tan pregnante? Las voces de las canciones con las que crecimos tienen esa fuerza inexplicable, predisponen a la puntada emotiva en el pecho. Tuve otras bandas favoritas aunque el britpop siempre tuvo su lugar como fuente iniciática. ¿Qué era lo que volvía únicos esos sonidos para mí? ¿cómo se compone la antología personal que de algún modo define nuestra identidad subjetiva a partir del oído?

Una década después escuché “Clint Eastwood” de Gorillaz y se activó de nuevo la alarma sensible. No sabía bien quiénes eran, veía las animaciones, escuchaba los temas y entendía que había algo especial. La voz puede ser una marca identitaria tan fuerte como los rasgos de la cara pero es mucho más difícil de reconocer y de describir. Lo que se escucha es más difícil de verificar que lo que se ve. Cuando finalmente supe que Albarn estaba atrás de esa maravilla me pareció lo más lógico del mundo. Después de su separación de Justine, se había ido a vivir con el dibujante Jamie Hewlett y un día mirando MTV se les ocurrió Gorillaz, una banda de músicos digitales, el simulacro del rock encarnado en la virtualidad, un modelo para la creación transmedia.

Gorillaz me hacía acordar a otra gran banda de mi antología, Massive Attack, en las dos estaba presente la idea de la comunidad artística, la búsqueda en la imagen (en el caso de Gorillaz la animación, en Massive Attack el grafitti), las dos tenían una formación multiracial, elementos tomados del jazz, rap, soul, reggae sobre una base de música electrónica que no daba necesariamente una marca festiva sino incluso de cierta oscuridad. Protection sigue siendo uno de mis discos de cabecera. Damon y Massive Attack son amigos. De hecho lo invitaron a cantar “Saturday Come Slow” .

Parece que fue hace un siglo pero solo pasaron un par de años desde que fui al épico recital de Gorillaz en Tecnópolis. Era la primera vez de la banda en la Argentina. En un acto de optimismo absoluto había comprado las entradas con seis meses de anticipación con un hombre con el que apenas estábamos empezando a salir; todo era pura promesa. Él me dijo “nunca planifico nada con tanto tiempo”. Llegada la fecha seguíamos juntos pero el recital estuvo a punto de no suceder porque se proyectaba una lluvia torrencial para esa noche. Empezaron a anunciar cambios de horario, de las 23 Gorillaz pasó a las 20 y después a las 19:45. Llevamos una funda de plástico para los teléfonos, fuimos en colectivo y livianos, hacía mucho calor.

El show fue soberbio musical y visualmente. Tuvo por momentos 13 músicos en escena, más los invitados, las imágenes increíbles en pantalla gigante y por supuesto: su voz, de nuevo como un canal directo a la emoción, al mejor paisaje interior. Las palabras de Damon distorsionadas con un altavoz y su vitalidad animaban todo. Gorillaz fue mutando, de los temas bailables y juguetones pasó a otros melancólicos, las animaciones mostraban un mundo posindustrial arrasado, catástrofes nucleares, climáticas, mares de plástico, demonios, felicidad impostada hasta la idiotez, zombies y ritmo. “Demon Days” , temazo con el que cerró el recital, nos dejó bailando con un coro gospel femenino que se elevaba como un rezo frente a un Apocalipsis inminente. Los relámpagos que ya iluminaban el cielo presagiaban lo peor. Terminó el recital y encaramos para la salida. En el interminable estacionamiento de Tecnópolis nos alcanzaron las primeras gotas que se volvieron torrenciales, literalmente no podía ver por donde caminaba. Atravesamos diez cuadras abajo del diluvio en el descampado hasta llegar a un techo. Quedé empapada como si me hubiera tirado al mar. El techo en el que nos resguardamos era la estación de servicio donde decenas de personas, que iban aumentando minuto a minuto, esperaban improbables taxis o colectivos. Pensé que íbamos a pasar toda la noche ahí. Se había levantado un viento helado. Empecé a tener frío. Era imposible caminar o subirse a algún transporte porque no paraban. Pensé en la canción “Last Living Souls” : somos los últimos sobrevivientes del fin del mundo, y temblé. En eso vimos un colectivo que se acercaba por una calle lateral y paraba, no estaba tan atestado y nos subimos, sin saber cuál era ni en qué dirección nos llevaba. Ya arriba recuperé el calor, preguntamos adonde se dirigía y no estaba mal como para salir del atolladero. En el recorrido reconocí una estación de subte y nos bajamos. Era el B, que nos dejó a dos cuadras de casa. De camino compramos comida, nos dimos un baño caliente y apenas un rato después de la maravilla de Gorillaz nos estábamos tomando un vino. El fin del mundo podía esperar.

Ahora que estamos todos manteniendo las distancias por la pandemia que nos tuvo sin recitales ni reuniones multitudinarias durante todo el año, me acuerdo de ese diciembre saltando en un cuerpo colectivo como uno de los mejores momentos. Siempre le voy a agradecer a Damon su capacidad para hacerme bailar en cualquier contexto, lo escucho y arranco como si estuviera en una pista. Y sí, parafreaseando a la feminista Emma Goldman, si se baila es mi revolución.

Joaquin Leal

https://www.youtube.com/watch?v=1V_xRb0x9aw Vanina Colagiovanni nació en Buenos Aires en 1976. Es Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA) y editora de Gog & Magog y Cúmulus nimbus (narrativa), también trabaja en el Ministerio de Cultura de la Nación como coordinadora del sector Editorial. Publicó cuatro libros de poesía Una no elige cuándo caerse (Caleta Olivia, 2020), Lo último que se esfuma (Gog & Magog, 2011), Sala de espera (Gog & Magog, 2007) Travelling (Gog & Magog, 2004) y una novela, Laguna (Bajo la Luna, 2016). Su primer libro de cuentos Seamos felices acá será publicado en 2021 por Rosa Iceberg.

Joaquin Leal Jimenez

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