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EntornoInteligente | El loco año de Diego en Sevilla con Bilardo

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Sevilla Fútbol Club (@SevillaFC)  November 25, 2020  

Después de un amistoso desengrasante contra el Bayern de su amigo  Matthaus , el azar quiso que  el debut oficial de Maradona fuese contra el Athletic,  el último rival en su anterior paso por la Liga española, con el Barça (la aciaga final de Copa de 1984 de la gran pelea barriobajera, con derrota azulgrana). Contaba  Julián García  en una inspirada crónica en este diario el viaje a Bilbao de la expedición andaluza, con Maradona mirando  revistas porno  en el avión y acudiendo a felicitar a unos recién casados que celebraban el banquete en el mismo hotel donde se alojaba el equipo

Maradona, en un partido con la camiseta del Sevilla, en marzo de 1993. / EFE / J. MUÑOZ

Sevilla  fue testigo durante una temporada de la voluptuosa personalidad de  Diego Armando Maradona . A la capital andaluza fue a parar el malogrado astro argentino en 1992 en plena redención, si es que esa palabra le cabía, después de una sanción que lo tuvo  15 meses fuera del fútbol .

El 17 de marzo de 1991 es un día funestamente señalado en la vida del ’10’. Después de jugar el partido Nápoles-Bari de la Liga italiana,  un control antidopaje lo pilló por primera vez . Dio positivo por cocaína y le cayó el mencionado castigo. Pasó ese tiempo en Argentina, sin más quehaceres que entregarse a los placeres y entrenar poco, y tras una redada en su casa fue condenado a 14 meses de cárcel por  posesión de estupefacientes . No entró en prisión y cuando hubo cumplido la pena por dopaje recibió la llamada de  Carlos Bilardo , el técnico con el que había sido campeón del mundo en  México-86 , la cima absoluta de su impresionante carrera, y que por entonces dirigía al Sevilla.

�� REPORTAJE | Diego Armando Maradona: el año que vivimos bajo la luz del Astro.  #WeareSevilla

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Comenzó ahí un farragoso pulso entre el  Nápoles , que aún tenía bajo contrato a Maradona, y el club andaluz, que se decidió a ficharlo. Mientras se ponían de acuerdo, el Diego viajó a una Sevilla en plena efervescencia de la  Exposición Universal de 1992.  Si la ciudad ya bullía con el influjo de  Curro , la llegada del mejor jugador del mundo cebó el fuego de la agitación.

Fueron días tensos, de enjambres de reporteros, españoles y argentinos, tratando de seguir los imprevisibles pasos de aquel hombre que, pese a su evidente baja forma después de más de un año sin jugar,  nunca dijo no a otra ronda.  Se alojaba en el hotel Andalusí Park, por supuesto en una suite. Se iba a dormir al alba y bajaba a comer pasadas las cuatro de la tarde, con los ojos abotargados y dejando la estela perfumada de los recién duchados. Un Diego más alto y aún más melenudo,  Diego Rodríguez,  aquel felino defensa central que también salía en las revistas del corazón porque había estado casado con  la eurovisiva cantante Lucía , fue su cicerone y uno de los responsables de que Maradona pasara entrentenido las noches, después de haber entrenado un poco por las tardes, cuando el terrible sol sevillano de aquel septiembre aflojaba el termostato. A veces iban a Alfonso, la terraza que estaba de moda en una ciudad entonces cosmopolita como nunca.

Y todo el pueblo cantó

Marado, Marado

Nació la mano de Dios

Marado, Marado

Sembró alegría en el pueblo

Llenó de gloria este suelo…

Eterno Diego.  pic.twitter.com/nYgELaYY2S

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En Buenos Aires estaban la esposa, Claudia, y las niñas, Dalma y Gianna, que le mandaban faxes con corazones dibujados y expresiones cariñosas (“te queremos, papi”) que un empleado del hotel le deslizaba por debajo de la puerta. Diego, ansioso de día pero relajado de noche, se dejaba querer porque era como otro gran mito argentino, Carlos Gardel, que se preguntaba “por qué hacer desgraciada a una sola mujer pudiendo hacer felices a tantas”.  No era un hombre hecho para el matrimonio,  y no será que no insistió.

El calendario corría y al final tuvo que intervenir la FIFA porque el nudo entre el Nápoles y el Sevilla costaba de deshacer. El traspaso se cerró en siete millones y medio de dólares que en su mayoría puso la Mediaset de  Silvio Berlusconi  en alianza con el presidente sevillista, Luis Cuervas, y su vicepresidente,  José María del Nido  (el que después fue condenado a siete años por corrupción en Marbella).

Así en el cielo como en la tierra… Diego Armando Maradona.

Sevilla Fútbol Club (@SevillaFC)  November 25, 2020  

Después de un amistoso desengrasante contra el Bayern de su amigo  Matthaus , el azar quiso que  el debut oficial de Maradona fuese contra el Athletic,  el último rival en su anterior paso por la Liga española, con el Barça (la aciaga final de Copa de 1984 de la gran pelea barriobajera, con derrota azulgrana). Contaba  Julián García  en una inspirada crónica en este diario el viaje a Bilbao de la expedición andaluza, con Maradona mirando  revistas porno  en el avión y acudiendo a felicitar a unos recién casados que celebraban el banquete en el mismo hotel donde se alojaba el equipo.

El Sevilla perdió en el viejo San Mamés (2-1), Maradona apenas dejó unos trazos de su clase y fue la diana del feroz rencor de los vascos: Urrutia y Lakabeg le lanzaron sendas entradas,  clónicas de la nefasta desgracia que le procuró Goikoetxea,  que le dejaron el olor a azufre en los tobillos. Hoy habrían sido de tarjeta roja sin paliativos, y de hecho el argentino tuvo que ser sustituido, cojo. No fue menor la hostilidad que le aplicó la grada.

Con aquel Sevilla 1992-93 de Unzué, Monchi, Suker, Simeone y otros buenos futbolistas, Maradona, con el brazalete de capitán ceñido, jugó en total 29 partidos y marcó 6 goles.  Acabó mal con Bilardo , el entrenador que lo sacó del pozo pero con el que al fin chocó. Demasiado intenso uno, demasiado hedonista el otro. Y tras un año en el Pizjuán, sin pena ni gloria en la Liga (séptimo) y en la Copa del Rey (eliminado en octavos), un Maradona de 31 años regresó a Argentina, al  Newell’s Old Boys  de Rosario, el mismo club al que estaba a punto de llegar un nene de 6 años llamado  Leo Messi  que habría de hacer con el balón diabluras aún mayores.

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