En busca de un líder // ECCIO LEÓN R. - EntornoInteligente

Entornointeligente.com / ENTORNOINTELIGENTE.COM / Si la peor miseria del hombre no es no tener sino no querer, el líder fortalece su corazón en la voluntad permanente de hacer el bien y de buscar el bien común, para ser y para dar, para servir y para comunicar, para participar y ser solidario.

Hoy más que nunca hay que hacer frente al individualismo egoísta que invade todas las capas de la sociedad, y desplazar el relativismo moral dominante por una ética basada en principios naturales y en valores encarnados en virtudes personales.

El líder debe conjugar el nosotros de la participación, y poner corazón en lo que hace, pasión y entusiasmo. Y comprender que el paso de los años lo deben alejar cada vez más de sí mismo y acercarlo más a los demás.

Y así podrá remover su fondo íntimo y profundo para hallar la emoción sentida, la ventaja de dar sin esperar calculadoramente la respuesta en términos de bienestar.

Será tarea del futuro el dilucidar si los liderazgos podrán conservar el gran logro de seguir siendo democráticos.

En la actualidad, los líderes políticos modernos enfrentan, sin duda, numerosos y mayores desafíos. Por un lado, las sociedades modernas han avanzado en su nivel de complejidad, como consecuencia de la globalización.

En virtud de ello, los líderes encuentran más que difícil la concreción de sus objetivos y suelen aparecer como condenados a defraudar y a no cumplir con las expectativas que en ellos han sido depositadas. Es aquí donde comienza a producirse el divorcio entre la política y la sociedad. A esto se suman, por otra parte, las demandas diversas y fragmentadas con que los líderes políticos se encuentran a diario, todo lo cual les dificulta aún más la tarea de construir un atractivo político basado en una cultura común y en una serie de valores compartidos.

Por último, no puede dejarse de lado el complicado panorama actual, en cuyo seno muchas viejas certezas ideológicas se hallan en zozobra, en tanto otras están siendo derribadas, lo cual complejiza todavía en mayor grado la elaboración de discursos que gocen de una amplia aceptación social.

En consecuencia, parece constatarse hoy una considerable brecha cultural entre el mundo político y el no político. Los estilos de vida, las sensibilidades e incluso los lenguajes de los líderes políticos actuales resultan ajenos a los intereses de los ciudadanos y, a raíz de ello, lejos de ser considerados como proveedores de inspiración y articuladores de deseos populares e inspiraciones, los líderes modernos tienden a ser caracterizados sólo como preocupados por sus propios intereses y asuntos (el bien particular y no el bien común).

Del amplio recorrido histórico que escuetamente hemos presentado, se desprende que el liderazgo ha acarreado, a lo largo de los siglos, virtudes y peligros. Ha inspirado personas que de otro modo habrían quedado inertes y sin dirección; ha fomentando unidad y ha servido, asimismo, para incitar a los miembros de un grupo a orientarse en una misma dirección. Ha fortalecido las organizaciones, alentando el establecimiento de una jerarquía de responsabilidades y roles. Pero, a la vez, y en otro sentido, el mismo fenómeno ha contribuido a la concentración del poder, favoreciendo los episodios de corrupción; ha dado cabida a la tiranía, desanimando así a los individuos en la esperanza de ser responsables de sus propias vidas, y restringiendo los espacios del debate y la discusión, mediante la instauración de regímenes verticalistas.

En los actuales regímenes democráticos puede que continúe habiendo una necesidad de líderes, pero se han creado fuertes límites para que los líderes políticos operen efectivamente a modo de responsables frente a sus seguidores, gracias al establecimiento de mecanismos institucionales que posibilitan y legislan su remoción. La misma aparición de los gobiernos constitucionales (gobiernos que suponen un poder impersonal basado en reglas formales), ha conferido al liderazgo político un fuerte carácter burocrático en tanto obliga a que el poder resida más en una agencia gubernamental (vale decir, en un cargo) que en la persona específica del funcionario que lo ocupa.

La sociedad no da espera. No podemos pensar que “después” se podrán arreglar los problemas. Como dice algún autor “El que se mete en el camino del después acaba en el nunca”. Hay que correr riesgos. Y “para los individuos y las colectividades, los mayores éxitos siempre los obtienen quienes saben correr los mayores riesgos”.

No olvidemos que el alma del hombre, que es como un disparo hacia el infinito, da sentido a todo lo que le rodea De ella surge la fuerza para preferir lo mejor a lo bueno. Para un líder lo que hay que hacer es lo que parece imposible, pues lo posible ya está hecho.

Los líderes saben que el cambio de la sociedad exige, ante todo, un cambio profundo personal y un tener los pies en el contexto social para poder construir una sociedad donde la participación, la solidaridad y los valores éticos sean la columna vertebral del bien común.

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