El nuevo orden mundial, en 6 páginas - EntornoInteligente

04/05/2018 – Globedia Venezuela / EL NUEVO ORDEN MUNDIAL, EN POCAS PÁGINAS

Hace 50 años:

Había ricos y pobres. También había gente de clase media: el dueño de la tabacalera, el carnicero, el dueño de la tienda de ultramarinos, etc. Eran personas que tenían un pequeño negocio, que les permitía tener unos ahorros y tomarse vacaciones una vez al año y vestir a sus hijos con ropa más o menos decente. Los pobres tenían que “sacar conejos de la chistera” para poder comprar zapatos nuevos para sus hijos pequeños Los ricos tenían un sentido distinguido y distanciado del “honor”, de la “decencia” y de la “humanidad”. Trataban de ayudar a su personal de servicio con “regalos de ropa usada pero de calidad”, con algo de dinero, con facilidades para encontrar un trabajo. Eso es lo que yo recuerdo de lo que me contaba mi madre, y eso es lo que yo recuerdo de experiencias propias. Los pobres no tenían televisión en casa ni coche para desplazarse. Cuando lo hacían, tenían que usar el autobús o el tren. La gente de clase media se podía permitir tener un coche y usarlo en vacaciones para irse son la familia. En aquella época, generalmente iban a la Costa del Sol para disfrutar del sol y la playa, si vivían en el interior. Si vivían en la costa, generalmente iban hacia el interior o quizá se podían permitir un viaje al “extranjero”, donde las cosas eran diferentes y se respiraba más libertad. La gente pobre ni siquiera podía tomarse vacaciones todos los años. Generalmente, iban a su pueblo natal a visitar a sus padres o abuelos una vez cada cierto número de años. Cuando lo hacían, iban en autobús o en tren. La gente rica viajaba a donde le apetecía, o bien en un coche lujoso o en avión, a Nueva York, a Singapur, a Tokio, al Cañón del Colorado o donde les apeteciera, a cualquier lugar y en cualquier momento. La actividad productiva se dividía en unas pocas parcelas: la gran industria (empresas metalúrgicas y siderúrgicas, petrolíferas, de exportación alimenticia, etc.) y los pequeños y medianos comerciantes (talleres de automóviles, tiendas de ultramarinos, etc.). El grueso de la masa laboral estaba concentrado en la gran industria. Aunque los grandes empresarios o propietarios de las grandes empresas (magnates industriales) hubieran preferido pagar salarios más bajos y tener a la gente trabajando durante más horas (como ocurría a principios del siglo XX, durante el auge de la revolución industrial), no les quedaba otra que aceptar las condiciones que se negociaban entre la patronal y los trabajadores gracias a la mediación de los sindicatos. Los pequeños y medianos comerciantes podía vivir cómodamente de su inversión, del producto de su trabajo y de los pocos empleados que tenían. El carnicero podía vivir bien porque apenas tenía competencia en su pueblo o en su barrio; toda la gente del lugar iba a comprar la carne a su carnicería. Lo mismo ocurría con el zapatero, los dueños de la mercería o de la ferretería. Abastecían a todo un pueblo o a todo un barrio y eso les daba para vivir cómodamente. Asimismo, los clientes solo tenían que caminar un poco para obtener lo que necesitaban; y si ese mes andaban escasos de dinero, solo tenían que decírselo al dueño de la tienda, que en general les fiaba sabiendo que eran vecinos del pueblo y que tarde o temprano le pagarían. Las cosas no estaban tan mal, teniendo en cuenta que en menos de 100 años el mundo había pasado de ser un mundo agrícola, regido por reyes y aristócratas, en el que el plebeyo no tenía ni voz ni voto ni importancia alguna, a ser un mundo en el que las personas podían abrirse camino en la vida y desarrollar ciertas habilidades y vivir de ellas.  

En 2018:

Hay ricos y pobres. Prácticamente no hay otra distinción. Lo que hoy podría considerarse clase media, no es tal. Viven como los ricos: tienen coches lujosos, se desplazan a donde quieren en coche o en avión y pasan sus vacaciones en lugares exóticos. Son los que ocupan cargos directivos en grandes empresas, gente cuyos sueldos varían 60.000 y 200.000 euros o más. No hay clase media. Prácticamente han desaparecido los carniceros, los zapateros y los dueños de pequeñas tiendas, que han sido sustituidos por grandes superficies y grandes supermercados donde hay de todo: productos de carnicería, artículos de zapatería y cualquier otra cosa que antes se compraban en tiendas especializadas (droguerías, ferreterías, charcuterías, zapaterías, etc.). Los pocos que quedan viven como cualquier pobre de hace 50 años. Tienen una casa y un coche, que tratan de mantener durante años, pero apenas pueden usarlos o disfrutar de ellos, y raramente se pueden tomar unas vacaciones porque hay que mantener el negocio abierto y obtener algunos ingresos diarios, por pequeños que sean. Los dueños de esas grandes superficies (supermercados, centros comerciales, etc.) han pasado a ser lo equivalente a los dueños de las empresas industriales de antaño. ¿Y qué fue de los grandes magnates de la industria? Los que antes fueran grandes magnates de la industria (o sus herederos) ahora ocupan posiciones invisibles y fuera del control de los gobiernos, tienen sus tentáculos en multitud de empresas o actividades de gran rentabilidad (por ejemplo, industrias de armamento, de energía, de “servicios globales”, de especulación financiera, etc.) y son los que realmente rigen el mundo. Y lo rigen con una actitud “tan férrea como sea necesaria”. Por ejemplo, si hay que boicotear a un gobierno incipiente que trata de conseguir mejoras sociales en un determinado país, pero esas mejoras sociales suponen una “cierta incomodidad” para sus intereses en ese país, lograrán hacerse con el control de los principales medios de comunicación (generalmente son sus propios dueños) y con el control de los servicios energéticos del país: el petróleo, la electricidad, la seguridad; en otras palabras, el abastecimiento de la gasolina que necesitas para moverte, ya sea por trabajo o por placer; el suministro y los precios de la luz que necesitas para iluminar tu casa, para calentarla en invierno, para tener tu pequeño taller funcionando; los sistemas de seguridad de las empresas privadas y públicas (léase, policía, centros de inteligencia, seguridad privada, etc.), de modo que todas las actividades básicas o fundamentales que nos permiten vivir con una cierta comodidad y dignidad en esta época, están controladas por ellos. Si ellos deciden cortar el suministro eléctrico o de gasolina y ponerlo por encima de las nubes, de modo que solo sean accesibles para la gente que se lo pueda permitir, así será. El gobierno poco podrá hacer o decir al respecto; están sujetos a las “leyes de los mercados”… ¡qué desfachatez!  

Hace 50 años:

El mundo había cambiado durante las décadas posteriores a la revolución industrial y se había transformado en una sociedad más participativa, en la que cada pieza era importante. La revolución industrial, a diferencia de la sociedad agrícola y aristócrata de épocas anteriores, se basaba en la participación de cada persona, cuyo esfuerzo y habilidad se reflejaba en los productos finales y, por ende, en la rentabilidad de la empresa. El peón que arrojaba paladas de carbón a las calderas del Titanic era una pieza importante en todo el entramado que suponía enviar un barco de ese tamaño a través del océano Atlántico. Si esa persona no realizaba su tarea la operación se podría poner en riesgo, y eso era algo que los magnates de la industria marítima no estaban dispuestos a permitir. Pero los trabajadores tuvieron ahí un arma de presión, al ser sus actividades individuales tan importantes para el funcionamiento de toda la operación. Como he mencionado antes, en aquella época los sindicatos empezaron a jugar su papel, y eso fue clave para que los derechos de los trabajadores y las condiciones de trabajo cambiaran. No solo se reconocía su importancia sino que también se valoraba económicamente. De ese modo, la “clase trabajadora” comenzó a experimentar mejoras en su nivel de vida.

En 2018:

La clase trabajadora está completamente disgregada y difuminada. Las grandes industrias del pasado, que dependían tanto del rendimiento y la responsabilidad individual, han desaparecido o se han transformado en industrias en las que pocas personas son necesarias porque la mayor parte de las acciones son realizadas por máquinas, robots o sistemas informáticos, y las pocas personas necesarias están bien adoctrinadas para funcionar tal y como la empresa lo desea. Si se trata de una persona vital para el funcionamiento de la empresa, se le pagan sueldos sustanciales y se le hace creer que es alguien muy especial y que no debería mezclarse con el resto de la plantilla. El resto de la plantilla se convierte simplemente en números, piezas o movimientos de un puzle con el cual juegan los magnates utilizando a los directivos como árbitros, jueces y tomadores de decisiones que pueden ser “no siempre agradables”. ¿Alguna vez habéis oído hablar a algún gran directivo o portavoz de una gran corporación sobre un despido masivo y mencionar las palabras “lamentablemente” o “muy a nuestro pesar”?

Esto es la especie humana, lo más destructivo y perjudicial para sí misma. Nada semejante a lo que ocurre en el mundo que nosotros llamamos “animal”; nada se le parece, ni siquiera de cerca. Es curioso que el mundo animal tiene comportamientos y actitudes que a nosotros nos gustan (por eso existe ese deseo de protegerlo) porque nos recuerdan lo mejor de nosotros mismos como especie. ¿No es eso algo de lo que deberíamos preocuparnos? Si para encontrar un punto de dignidad y sentido en lo que representamos en la vida, como seres humanos, tengo que recurrir a los animales y fijarme en la actitud que tienen hacia sus congéneres (y lo hago muy a menudo, ya que convivo con dos perros) algo está definitivamente mal en nuestra existencia como especie.

Un perro, un oso o un lobo pueden llegar a pelearse por un pedazo de alimento. Pero, una vez saciado el apetito, ese perro, oso o lobo no tendrá ningún problema en compartir o dejar que otro perro, oso o lobo coma lo que él ha dejado y no ha podido consumir. ESO NO OCURRE CON LA ESPECIE HUMANA, y es una de las grandes decepciones que tengo con los seres de mi propia especie. Esto me ha llegado tan profundamente al alma que hoy día tengo grandes reservas a la hora de establecer comunicación o relaciones con personas que no conozco. Es algo que no me ocurre con ningún perro, pero me ocurre con personas en general. Tengo que pensármelo dos veces, o más, antes de realmente mostrarme tal y como soy. Eso no me ocurre con muchas especies de animales. ¿Será eso debido a que sé lo que puedo esperar de un perro pero nunca sé lo que puedo esperar de un ser humano? Para algunos, eso es lo que nos hace ser especiales (sin duda) y eso es lo que les alienta en su deseo de descubrir qué hay detrás de cada ser humano. Algunos lo hacen por dinero, otros por morbo propio, otros por prestigio social (psiquiatras, psicólogos, asistentes sociales, colaboradores o cooperantes de ONG, etc.) ¿Realmente somos tan interesantes? No lo creo. Estamos acercándonos a un punto irreversible en el que quizá tengamos que abandonar la Tierra, si aún tenemos tiempo. Yo no llamaría a esa especie (civilización, o como queramos llamarlo) una entidad social interesante. Si existiera un libro de historia de las civilizaciones intergalácticas, nosotros seríamos un ejemplo de lo que nunca se debería ser. Cuando leemos libros o vemos vídeos documentales que tratan de civilizaciones que desaparecieron (por ejemplo, los mayas, el Imperio Romano, el Antiguo Egipto) no me queda otra que pensar: eran humanos y ahí está nuestra maldición. ¿Realmente estamos malditos?

En el mundo animal, raramente el ejemplar dominante extermina al ejemplar dominado. Suele ser suficiente con que el dominante demuestre su fuerza para que el dominado se resigne y busque otro lugar o entorno en el que prosperar. Así ocurrió, más o menos, durante siglos con la especie humana: un grupo de gente llegaba a un nuevo lugar que ya estaba más o menos ocupado (como si no hubiera espacio suficiente, ¡qué estupidez!) y al encontrarse cara a cara y no reconocerse, no hablar la misma lengua y sentirse amenazados, se liaban a golpes hasta matarse. El que “ganaba” se quedaba con el botín. El que perdía tenía que abandonar el lugar, so pena de ser aniquilado.

¿Y cuándo quedaban en tablas?

Supongo que los supervivientes de aquella batalla, doloridos y con el ego un tanto tocado, se quedarían estupefactos al ver que sus enemigos se sentían igual que ellos. Es posible que después de unos minutos u horas de observarse el uno al otro y sin fuerzas para reanudar ningún combate, iniciaran algún tipo de comunicación mediantes gestos, miradas y actitudes no combativas. Probablemente, ese fue el comienzo de la alianza de civilizaciones. Y eso es lo que nos ha llevado hasta nuestros días, de lo contrario nos hubiéramos extinguido hace muchos siglos.

En 2018

Es curioso que los perros siguen ahí, miles y miles de años después y siempre cerca del ser humano. Los lobos han estado a punto de extinguirse en muchos lugares de la tierra y se habrían extinguido por causa de los humanos, pero también fue gracias a la conciencia y voluntad de seres humanos, que eran capaces de ver más allá de lo que la chusma podía ver, que sobrevivieron y no se extinguieron. Por tanto, hay algo en nosotros, seres humanos, que parece diferenciarnos del resto del mundo animal, o eso parece. Y tengo la impresión de que lo único que nos diferencia es eso llamado “inteligencia”, “coeficiente intelectual” o como quiera uno llamarlo. ¿Tiene eso algo que ver con la “bondad”, la “comprensión” del mundo de otros o la voluntad de ejercer influencias positivas en el mundo que nos rodea? Es posible, y así quiero creerlo.  Entonces, ¿hay personas que son santas según los cánones religiosos, y personas que son malvadas, según los mismos cánones?

Bueno… bueno… bueno… con la iglesia hemos topado, ¿o no?

No sé por qué (o quizá sí lo sepa) pero siempre que se toca el tema “religioso”, lo relacionado con nuestra esencia y nuestro futuro transcendental, aparece siempre el tema de la religión asociado a una iglesia.

Permitidme que haga una analogía con el fútbol, algo muy reconocible y querido en nuestra sociedad occidental, en la sociedad de oriente medio y también en la del lejano oriente… porque el fútbol ha llegado a Asia para quedarse. Increíble, ¡quién lo hubiera dicho hace 50 años!

Desde mi punto de vista, ser católico, protestante, musulmán, morón o cristiano ortodoxo (no voy a mencionar todas las religiones existente, esto es solo un ejemplo) no es ni más ni menos que decir que uno es “hincha” del Real Madrid, del Barcelona CF, del Atlético de Madrid, del Manchester United, del Panatinaikos o de cualquier otro equipo de fútbol del mundo. A todos les gusta el fútbol, pero cada uno lo ve desde un prisma diferente. Con las religiones pasa algo parecido: todos creen o hablan de un dios, pero nadie sabe definirlo porque lógicamente, es algo que nosotros hemos creado como asociación a lo “bueno”, “lo positivo” “la compasión”, etc. Los hinchas de fútbol llegan a pegarse por unos colores. Lo mismo ocurre con los fanáticos religiosos; si no, solo hay que repasar la historia un poco y darse de todas las guerras que se iniciaron por motivos religiosos. Curioso, ¿no?

También es interesante saber que el fútbol y las religiones han sobrevivido a todos los dramáticos cambios sociales que se han producido en los últimos 150 años. Tanto en regímenes dictatoriales como en países democráticos, el fútbol y la religión juegan un papel muy importante en el “mantenimiento del orden social”. Les interesa a los grandes poderes que esto sea así, por eso al fútbol se le ha dado tantas facilidades en los últimos 30 años hasta el punto de que es el espectáculo de masas más importante del mundo, con diferencia. A mí me gusta el fútbol, pero reconozco que se parece poco al fútbol de hace 30 o 40 años. La religión sigue teniendo privilegios, especialmente en España, en Estados Unidos y en muchos otros países. En España esos privilegios vienen de hace siglos y no importa cuán importante sea la labor social de la iglesia, si tiene miles o millones de seguidores, si hace vez hay menos sacerdotes y menos gente se bautiza o si es al contrario. Siguen recibiendo subvenciones gubernamentales y donaciones particulares y de colectivos.

El nuevo orden social se ha configurado más o menos así:

Una clase poderosa e invisible (como el concepto de dios en la antigüedad e incluso en la actualidad), que se sabe que existe pero no se sabe a ciencia cierta quiénes son y dónde viven (si uno se molesta un poco sí se puede saber quiénes son, pero no dónde viven ya que pueden vivir en cualquier lugar del planeta y en ninguno en particular). Estos son a quienes se denominan de forma muy generalizada y nada clara “los mercados”. Estos (que probablemente no sean más de 20 o 30 personas) son quienes deciden por qué camino va a discurrir la economía mundial, dónde interesa derrocar a un gobierno, iniciar una guerra o pequeño conflicto militar, en qué países invertir y en cuáles no, etc. etc. Ellos son la causa del empobrecimiento generalizado de la población mundial y del enriquecimiento rápido y desmesurado de ellos mismos y de sus “secuaces” (los directivos de las grandes empresas y algunos mandos intermedios). Una gran masa social formada por personas que trabajan en lo que pueden, cuando pueden y por poco dinero. Si les gusta el fútbol, de vez en cuando hacen un esfuerzo para ir al estadio a ver a su equipo, pero no siempre porque se quedarían sin alimentar a sus hijos. Algunos prefieren gastarse 40 o 50 euros en una subscripción a una televisión de pago (como antes era el Canal Plus) para poder ver los partidos de fútbol y que sus hijos vean los canales preferidos de la televisión; eso sí, comiendo menús mucho más económicos en casa. El resto, también una gran masa social, cada vez más grande, de personas que o bien viven de la caridad, viven debajo de un puente, en la calle o en un barrio de chabolas. Para garantizar ese nuevo “status quo” se han aprobado muchas leyes en países democráticos mediante las cuales se ejerce un férreo control sobre la población y lo que esta puede hacer y decir. Hoy en día cualquier ciudad moderna está rodeada de cámaras de vigilancia por todas partes. Hay más policía que nunca antes y se producen más abusos policiales que antes. Por algo será. Muchos de vosotros casi con toda seguridad habréis visto películas hace 30 o 40 años y más recientemente en las que se presentaba una sociedad futurista de una desigualdad extrema, con personas viviendo en rascacielos acristalados y rodeados de todo tipo de medidas de seguridad, mientras que el resto de la población vivía en los subterráneos de la ciudad. Recuerdo varias películas de ese tipo, pero ahora no sabría mencionar el título de una en concreto porque posiblemente tenga una mezcla de varias de ellas en mi mente.

Hace 50 años

Lo que antes parecía una quimera, una fantasía futurista, es ahora realidad. El nuevo orden mundial ha llegado.

Aris el Vikingo

 

 

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