EL MUNDO, testigo de las evacuaciones de Kramatorsk, con los rusos a 10 kilómetros de sus puertas

Guerra en EuropaEL MUNDO, testigo de las evacuaciones de Kramatorsk, con los rusos a 10 kilómetros de sus puertasMiles y miles de personas huyen de la ofensiva final rusa de Donbás que ha provocado el traslado físico de factorías, monumentos, colegios, hospitales o animales. Moscú bombardeó el domingo uno de los puntos de evacuaciónCompartir ComentarUna familia se despide con un abrazo en la localidad de Kramatorsk, en Donbás..KOSTYANTYN CHERNICHKIN Javier EspinosaEnviado especial Kramatorsk (Ucrania)Enviado especial Kramatorsk (Ucrania)SEGUIR AUTORActualizado Lunes, 21 septiembre 2026 – 22:51AÑADE EL MUNDO EN GOOGLEHaz que nuestras noticias aparezcan en tus búsquedasEn la pantalla del detector de drones aparece la imagen exacta de la carretera que recorre la furgoneta blindada de Proliska. Estos artilugios son capaces de hackear la cámara de los aviones no tripulados (UAV) y permiten ver lo que observa en tiempo real su piloto.El conductor insta a su compañero, Philip, a confirmar si en el vídeo se aprecia el logotipo azul de la ONG colocado en el techo. "Cuando se vea el emblema será muy tarde (significa que el dron está a segundos de impactar contra su objetivo)", replica el joven.La extrema tensión se mantiene durante una fracción de tiempo hasta que la señal del UAV se disipa conforme el furgón gira entre las estrechas calles del barrio de Bilenko."Nos dirigimos a los suburbios del extrarradio de Kramatorsk. La gente dice que es una zona muerta pero todavía hay gente", había indicado minutos antes el propio Philip.La ruta hasta el arrabal está marcada por las alambradas de espino, los dientes de dragón y los túneles de redes anti drones. Kramatorsk se prepara para el asalto final de los rusos. Las carcasas calcinadas de varios coches confirman que Bilenko está dentro del radio de acción de los UAV rusos. Lo mismo que las múltiples viviendas arrasadas por la metralla."¡Evacuación! ¡Evacuación!". En un entorno que parece totalmente vacío y apremiado por la presencia de los artilugios rusos en el cielo, Sergey, el chófer de la agrupación humanitaria, intenta anunciar la llegada del furgón con un altavoz.La maniobra ha funcionado. De una de las casas surge Liena, haciendo gestos con las manos. El equipo de la ONG debe trasladar a un lugar más seguro a su madre, Senia Luchanska, de 92 años. "Llevamos dos meses sin agua, sin electricidad. Semanas sin internet. Hay explosiones todo el rato", asegura la ucraniana mientras los dos activistas se apresuran a recoger las bolsas de la anciana. Las palabras de su hija quedan rubricadas por un enorme estruendo que retumba en las cercanías. Los canales de Telegram que sirven de referencia a la población local se han vuelto a llenar de alertas: "¡Cabs (bombas de cientos de kilos) en dirección a Kramatorsk. A los refugios!".Los avisos van acompañados de otra ronda de estampidos a pocos kilómetros. Desde hace semanas, los ataques con estos artefactos de efectos devastadores -pueden aplastar un edificio- se han convertido en una rutina."Yo también me marcho dentro de unos días. Esto no es vida", agrega Liena.Este no es el primer desplazamiento de la jornada para el equipo de Proliska. "Estamos evacuando a unas 15 personas por día", comenta Yevhen Tkachev, uno de los responsables de la ONG."Todo el mundo se marcha"Una hora antes, el propio Tkachev había acudido al domicilio de Igor Zagorochnink, para recoger a toda su familia: sus tres hijos, su mujer, Caterina, y un gato. El ucraniano de 39 años nunca había abandonado su villa natal. Ni cuando fue ocupada en 2014 al comenzar la guerra apadrinada por Moscú, ni con la invasión general en 2022, cuando también se registró un movimiento similar de habitantes."Nos vamos porque tenemos tres hijos. Mire a su alrededor. Verá la gran cantidad de edificios quemados o dañados. Esto no es como en 2022 (cuando muchos de los que se fueron volvieron al cabo de algunos meses). Los negocios están cerrando y todo el mundo se marcha", precisa.Su esposa rompe a

Fuente: El Mundo — Ver nota original

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