El infierno tan temido de Juan Carlos Onetti - EntornoInteligente
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A 110 años de su nacimiento, el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, Premio Cervantes en 1980, sobrevivió a la marea del boom latinoamericano y no se dejó embriagar por la estilística de la época. En sus novelas y cuentos retrató esas vidas decadentes y resignadas de pueblo y, por sobre todo, creó un mundo propio, la ciudad ficticia de Santa María, donde las mujeres y hombres existían en una especie de limbo donde la esperanza, la ilusión y el futuro no tenían cabida. Compartir Twittear Compartir Imprimir Enviar por mail Rectificar

Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1 de julio de 1909 – Madrid, 30 de mayo de 1994) resistió a una de las pruebas más difíciles que pueda tener un artista: no caer en las modas o en las tendencias. En una época dominada por el realismo mágico encarnado en la figura de García Márquez, o la de otros referentes como Julio Cortázar, Vargas Llosa o Borges, Onetti buscó otras vías para expresar la miseria espiritual del mundo moderno. Existencialista casi al mismo tiempo que Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Albert Camus en Francia, inauguró su vasta obra con la novela corta “El pozo” (1939), un año después de “La náusea” (1938) y tres antes que “El extranjero” (1942). Este sería el punto de partida de un estilo denso y hermético, y de la creación de la ciudad imaginaria de Santa María (mezcla de Montevideo y Buenos Aires), donde desplegaría gran parte de su universo narrativo, repleto de incomunicación, individualismo y soledad.

Volvamos a la vida real por un momento. Onetti nació en Montevideo en una familia acomodada y letrada, pero jamás terminó la secundaria. Tomó el camino de la autoformación y trabajó como periodista en diarios y revistas de Argentina y Uruguay. Ahí fue crítico de cine y literatura, y se formó como escritor y lector empedernido. Muchos años después vino un golpe fuerte. La dictadura uruguaya lo encarceló durante tres meses meses por ser parte de un jurado que premió a un relato calificado de obsceno y pornográfico. Era momento de irse. Y lo hizo. En el año 1975 se exilió en Madrid, el cual sería su hogar definitivo y la ciudad que lo acogería hasta su muerte. 

Los libros de Onetti no son placenteros de la manera en que disfrutamos una tarde en la playa o una noche en el bar con los amigos. No son una ventisca agradable. Son un viento que no te deja caminar. Uno sale de sus libros con la dicha de haber encontrado algo nuevo, pero ese descubrimiento tiene un costo. Su escritura nos hace enfrentarnos a verdades que es mejor ignorar para ser felices en la vida real. Y he ahí un dilema. Los libros de Onetti nos generan un placer especial por su profundidad y sus verdades, pero por otro lado nos acerca al peligroso sin sentido de la vida. Nos enfrentamos a una guerra interior de la cual es difícil salir airoso.

Si hablamos de su vida privada el asunto se vuelve aún más caótico. En los años 30 se casó con dos primas que, a su vez, eran hermanas, y años más tarde, ya casado con Dorotea Muhr —la violinista que estuvo a su lado durante cuatro décadas— mantuvo una relación tortuosa, repleta de rupturas y regresos, con la poetisa uruguaya Idea Vilariño. Con ella se amaron y se odiaron en igual proporción. También se dedicaron libros. Ella lo hizo con el poemario “Poemas de amor” (1957), donde deja de manifiesto la pasión y el dolor del cambiante idilio entre ambos. Onetti, por su parte, le dedicó “Los adioses” (1954), una novela de brumoso significado donde deja de manifiesto el sin sentido de las relaciones humanas. Confusa dedicatoria, quizás una broma entre ambos, quién sabe. Hay tantas historias ocultas y cartas entre ambos que daría para una película.

Regresemos a su obra. Mientras otros autores contemporáneos hablaban y explicaban la realidad a través de situaciones irreales y fantásticas dentro de la rutina —léase, realismo mágico—, Onetti dibujó la ciudad casi onírica de Santa María donde nada mágico sucedía y donde los personajes eran apáticos, carentes de motivaciones y en plena desintegración física y espiritual. Sus héroes eran antihéroes, seres marginales que se resignaban a una existencia sin sentido y a un destino lleno de fatalidad. En una imagen: una persona que ya no busca la salida del laberinto.

Cada uno de los libros que hablan de Santa María pueden leerse de manera independiente, pero se complementan entre sí. Gran parte de sus novelas, de sus nouvelles y de sus relatos, conforman el espacio donde vemos la existencia fantasmal y las historias grises de Larsen, Díaz Grey, Brausen, Angélica Inés, Petrus, Moncha Insurralde, y tantos otros personajes que pasan de ser actores principales en una novela a tener una presencia secundaria en un cuento. No hay desperdicio. Todos los elementos se complementan para dar una visión multifocal de cada personaje y para mostrarnos los distintos escenarios de Santa María.

La ciudad inventada, sin embargo, no es algo nuevo. Pensemos en Macondo de García Márquez o más precisamente en Yoknapatawpha, de William Faulkner, la principal influencia de Onetti, su gran maestro. De hecho, bien lo decía el escritor uruguayo en una entrevista “Todos coinciden en que mi obra no es más que un largo, empecinado, a veces inexplicable plagio de Faulkner. Tal vez el amor se parezca a esto”.

Dejemos hablar al viento Los libros de Onetti no son placenteros de la manera en que disfrutamos una tarde en la playa o una noche en el bar con los amigos. No son una ventisca agradable. Son un viento que no te deja caminar. Uno sale de sus libros con la dicha de haber encontrado algo nuevo, pero ese descubrimiento tiene un costo. Su escritura nos hace enfrentarnos a verdades que es mejor ignorar para ser felices en la vida real. Y he ahí un dilema. Los libros de Onetti nos generan un placer especial por su profundidad y sus verdades, pero por otro lado nos acerca al peligroso sin sentido de la vida. Nos enfrentamos a una guerra interior de la cual es difícil salir airoso. Nota importante: leer a Onetti puede ser perjudicial para la salud mental. Nota importante número dos: leer a Onetti te hace peligrosamente consciente de lo que son las relaciones humanas, tan difíciles, tan llenas de barreras entre dos personas. 

Pero no por ello debemos alejarnos de sus libros. A veces tenemos que acercarnos a aquello que nos duele y nos hiere. Ver nuestras vidas a través de las heridas, habitar en ellas, y comprender que no siempre las llagas se curan, que incluso algunas heridas se mantienen abiertas durante toda la vida, como bien decía Manuel Rojas en ese párrafo brillante de “Hijo de ladrón”. El mundo no está como para plantar banderas de verdades absolutas, pero en algunas ocasiones es posible encontrar una nueva belleza en lo horrible y en lo miserable, en el fondo de un callejón oscuro y maloliente. Valdría el esfuerzo intentarlo.

Para una tumba sin nombre En una literatura actual dominada por una primera persona que se funde con un “yo” narcisista, aburrido y monotemático, Onetti es un antídoto tanto en forma, fondo y estructura. Sus personajes —tan poco queribles a primera lectura— actúan por inercia, evadiéndose del paso del tiempo y encontrando breves instantes de dicha cuando cuando se vuelven animales, cuando dejan a un costado la moral y la ética. Es un mundo sucio, “la gusanera”, como le gustaba decir a Onetti, donde descubrimos los instintos bajos, la vida subterránea de la rutina aplastante, las noches sin treguas y el infierno de lo igual.

Algunas novelas como “La vida breve” (1950), “Juntacadáveres” (1964) o “Dejemos hablar al viento” (1979), se dibujan como un paisaje de ensueño en una Santa María repleta de marginalidad y de una atmósfera de mentira y derrota. La incomunicación en las relaciones humanas se establece como un eje fundamental de su obra. En sus libros, las personas se hablan, se aman, se odian, se desean, pero jamás logran entenderse. Hay un frío témpano entre ellos. No hay comunicación posible y sus personajes parecen almas solitarias que buscan la inútil salvación en un bar, en un prostíbulo, en una venganza que no se lleva a cabo o en la espera de una ola perfecta para pintar un cuadro que jamás es terminado.

Así como en otros autores el pesimismo da paso a la redención, en Onetti es una cárcel sin salida, un laberinto confuso y eterno. Los hombres y mujeres que desfilan por su obra pareciera que viven en un constante presente y que el futuro no es más que una vida lejana e inaccesible. No hay certidumbres ni inquietudes. Solo queda la vida en modo automático. 

La obra de Onetti es compleja de abordar. Es una gran montaña para escalar y una vez arriba no hay premio más que el de haber sido testigos de un pensamiento profundo, original y desolador. Y si lo volvemos a pensar, quizás el único retorno es la gratificación de volver a sus libros cada ciertos años, releerlos y encontrar nuevos significados con el riesgo de que la vida nos parezca cada vez más vacía y aburrida, más inhabitable. Bien lo decía Onetti en “La vida breve”, y serviría como epitafio para una tumba que no tiene nombre: “lo malo no está en que la vida promete cosas que nunca nos dará; lo malo es que siempre las da y deja de darlas”.

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