El estallido social que aturde a los políticos sordos - EntornoInteligente
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De cal y de arena

Por aquí y por allá, en las lejanas latitudes asiáticas y en las del Oriente Medio, en naciones africanas donde la cultura política es bastante limitada, en Italia, en la efervescente Cataluña, ni qué decir en el Hemisferio Occidental, las sociedades se convulsionan y en más de un caso el silencio y la quietud propios de los cementerios dejan al descubierto las tripas de la descomposición social.

En Hong Kong la intolerancia del sistema es desafiada por una masiva protesta que grita contra el autoritarismo del partido que a empujones trata de achicar los rasgos libertarios que Pekín se comprometió a respetar cuando convino con el Reino Unido el final de la colonia. Es todo un desafío al régimen que parece sofocarse ante la perspectiva del empleo a fondo del aparato de guerra, complicadísima opción que parece quedar como única si persiste la tozudez de quienes se aferran a restringir los espacios de libertad.

En Líbano las protestas ciudadanas por el desamparo social y económico en que los ha sumido el complicado sistema de gobierno, forzaron la dimisión del primer ministro. También en Italia las calles impusieron un viraje en el rumbo de la gestión política. Y Cataluña arde en una conflagración que cada vez se complica más, a medida en que el gobierno central español se aferra a una visión jurídica de los hechos, menospreciando la esencia política del conflicto y la imperiosa necesidad de negociar si no es que quiere reeditar las “soluciones” que impuso el gobierno de Francisco Franco.

Por acá, las convulsiones estremecieron Puerto Rico, Ecuador y Perú, donde hastiadas sociedades obligaron a renunciar al gobernante o a revocar políticas expoliadoras. En Chile, la impensable e impronosticada inconformidad ciudadana con los desequilibrios económicos y sociales, más que del régimen del sistema impuesto, tienen al gobierno de Piñera en la cuerda floja, a riesgo de echar por la borda todas sus inspiraciones ideológicas si no de desplomarse.

Y el legado reformista y ejemplar de un proceso revolucionario que él mismo encabezó en Bolivia, ¿no es que por una borrachera de poder de Evo Morales está en riesgo de sucumbir ante la arremetida de grupos sociales que encontraron razón suficiente para emprender la legítima lucha por el respeto a la pureza del sufragio?

La sanción fue terminantemente expresada en las urnas electorales argentinas y puso puertas afuera de la Casa Rosada al presidente Mauricio Macri, descalificado por la suma de fracasos a la hora de corregir el despelote económico, financiero y social que había recibido cuatro años atrás. Un manejo plagado de errores, el mayor haberle dado la espalda a la necesidad de negociar con los de enfrente. Grave error pretender exterminar a los de enfrente, cuando debió negociar una salida a una realidad compleja e institucionalmente cuarteada para encarar la cual no tenía suficiente fuerza.

Nicaragua y Honduras, ¿qué perspectivas tiene allí la libre expresión de la voluntad popular para definir el contenido y la orientación del régimen por decisión de las urnas?

No hay denominación para la desgracia que vive la nación venezolana., enclaustrada en un laberinto que complica más la rapiña que desprestigió a los clanes políticos –hoy vestidos con ropajes falsos- y que les quita toda autoridad moral para encarar exitosamente a la cleptocracia moral, política y financiera que encabeza Maduro. Más sombrío su futuro en la medida en que tantos intereses políticos fuereros tengan metidas sus manos hasta los hombros, arrebatando el derecho de los venezolanos a decidir su futuro sin intromisiones extranjeras.

En Cuba la democracia no se asoma por ningún lado. El régimen tuvo tiempo, bastante tiempo, para construir un feroz y despiadado sistema de represión que hoy actúa como barrera inexpugnable al libre juego de las ideas.

Los estratos gobernantes terminan sucumbiendo cuando pisotean el sentido de la democracia como gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo, sabiamente

trazado por Abraham Lincoln en Gettysburg. Darle la espalda a los ciudadanos, desatender sus demandas y prestar oídos únicamente a la camarilla aduladora que rodea al gobernante, puede ser el factor desencadenante de la protesta callejera. Los pueblos quieren gozar de libertad, de justicia social, de participación equilibrada en los resultados del crecimiento económico; exigen honestidad y vocación de servicio. Cuando se agotan estos espacios, se enciende la chispa y se convulsionan las calles. Es el grito de las calles que puede tumbar gobiernos.

Y no por obra de Castro, de Maduro o de Ortega. Atribuir la convulsión que vive nuestro continente a ellos es una reducción simplista, peligrosa porque resulta de una venda en los ojos.

La venda que impide a la señora Cecilia Morel, esposa del presidente de Chile, ver la realidad e interpretar el estallido social como una explosión promovida por alienígenas, para enfrentar la cual –dijo ella- habrá que disminuir nuestros privilegios para compartir con los demás.

(*) Álvaro Madrigal es Abogado y Periodista

LINK ORIGINAL: El Pais

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