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Fernando Henrique Cardoso, uno de los mayores ideólogos de la izquierda latinoamericana de los 60, cuando llegó a presidente condujo una reforma económica liberal que todos reconocen que fue fundamental para Brasil. Siguió los pasos de Felipe González que, habiendo militado en un PSOE marxista, había conseguido en los años inmediatamente anteriores el tránsito de la sociedad corporativista española hacia el capitalismo.

Después de las reformas que realizó en su primer mandato, Cardoso consiguió una reelección ajustada, marcada por la recesión, el desempleo y el ajuste en marcha. Las reformas demorarían unos años en demostrar su eficiencia. La falta de calor popular contrastó con la algarabía que se había desatado el 1º de enero de 1995 con su primera jura como mandatario. Estrenó su segundo período con actos discretos cuyo costo ascendió a 45 mil dólares. Para evitar la pompa, Cardoso prescindió hasta del Rolls Royce convertible donado por la reina de Inglaterra en 1953.

El mandatario reelecto dijo en su discurso de posesión que no había sido elegido para gerenciar la crisis del país sino para construir una economía moderna, abierta y competitiva. Se disculpó por las amarguras que atravesaba la gente por las reformas: “Gastamos más de lo que recaudamos. Si no equilibramos nuestras cuentas, pagaremos un precio cada vez más alto para cada turbulencia internacional que ocurra”. Ratificó que cumpliría con el ajuste que negoció con el FMI para socorrerlo con 41.500 millones de dólares para evitar que quiebre el país.

Dos mundos en uno. En 2004, Cardoso dijo en Madrid que el planeta está dividido en dos: por un lado los ciudadanos con demandas locales y por el otro una red internacional integrada por más del 80% del PBI del globo que modela el intercambio económico según sus propias reglas.

“Esta duplicidad hace cada vez más débiles a los sistemas políticos nacionales y genera frustración entre los votantes”, porque sienten que quien llega al poder los traiciona presionado por la sociedad global. Pero si los gobiernos se encierran en sí mismos, advirtió, la economía globalizada los penaliza y provoca graves consecuencias económicas que impactan en la población.

Refiriéndose a su pasado ideológico, el ex mandatario recordó que “durante mucho tiempo fui favorable al desorden porque el orden implicaba que alguien impone las normas sobre los demás”, pero en la sociedad globalizada la falta de orden tiene peores consecuencias. La popularidad de Cardoso cayó al final de su mandato, pero nadie duda de que las reformas que hizo fueron vitales para el progreso del Brasil.

La democracia. La democracia occidental permite que los que quieran discutan sobre lo que quieran, cuando quieran, sin que se los persiga. No suprime el enfrentamiento social, sino que lo canaliza para que exista una disputa ordenada por el poder. En toda sociedad se enfrentan grupos con intereses contrapuestos, con distintas visiones del mundo. Esa diversidad se ha multiplicado y la democracia contemporánea tiene el desafío de garantizar a muchos la libertad para debatir, organizarse, buscar el poder, con la condición de no instaurar una sociedad totalitaria.

La democracia busca la unidad en la diversidad, manteniendo un sistema político en el que gobierna una mayoría que respeta a la oposición, que a su vez puede convertirse en gobierno cuando se forma una nueva mayoría. Por eso la alternancia es indispensable para que exista democracia: nadie puede perennizarse en el poder invocando ninguna causa. Muchos políticos tienen una visión apocalíptica de la vida y creen que la vida empieza y termina con ellos. Eso no es democrático.

La democracia más antigua de América Latina es la mexicana, en la que durante un siglo los presidentes cumplieron su mandato y se sucedieron de forma ordenada. Esto sucedió con mandatarios de todos los signos políticos, incluidos los de extrema derecha y extrema izquierda. Pasa lo mismo en Costa Rica desde 1949, y en países como Colombia, Chile y Brasil, con la excepción de un golpe militar en cada uno de ellos. Los demás han tenido una historia más irregular, pero en todos hubo mandatarios que terminaron su período y entregaron el poder a líderes de otro signo político.

Argentina. Argentina ha sido la excepción. El 10 de diciembre Mauricio Macri será el primer presidente no peronista que termine su mandato constitucional en un siglo. Si pierde las elecciones que todavía no se han resuelto, será el primero en entregar de manera ordenada los atributos del mando a un sucesor de otro signo político.

En todos los países, cuando terminan las elecciones existen personajes marginales que alegan que hubo fraude, mientras los políticos republicanos aceptan que han perdido y que deben trabajar para tratar de volver al poder en el futuro. Saber aceptar el resultado favorable o contrario de las urnas es parte de la democracia. Tampoco existe en otros países alguien que diga que se debe derribar al electo, que hay que armarle “un helicóptero”. Los más egoístas guardan silencio, mientras los que ponen al país sobre sus intereses desean el éxito del nuevo mandatario.

Estuvimos en México cuando Fox acabó con el dominio de setenta años del PRI, doce años después cuando volvió el PRI con Peña Nieto, y hace poco cuando ganó las elecciones Andrés Manuel López Obrador. En ningún caso hubo alguien con la fantasía apocalíptica de que lo sacarían muerto del palacio, ni la intención de que el elegido no termine su período.

Cuando se inició el gobierno de Mauricio Macri inmediatamente hubo quienes quisieron derribarlo. Su gobierno obtuvo un récord: todos los días hábiles se organizaron manifestaciones de grupos que pretendían desestabilizarlo. Lo hicieron solo los días hábiles porque son personas que respetan los derechos laborales y descasan los feriados.

Kirchnerismo. En esta columna defendí siempre que el kirchnerismo era una realidad que no se podía destruir con persecuciones de ningún tipo, ni tratando de ampliar la base política del gobierno para quitarle unos pocos diputados. Lo defendí públicamente incluso en 2009, cuando advertí sobre la posibilidad de la reelección de la entonces presidenta, mientras casi todos decían que Cristina Fernández no tenía ningún futuro político.

Nunca he sido partidario de ninguna persecución, tampoco cuando fui funcionario público. He vivido en la política desde que nací en un hogar político y creo que la política es una enorme puerta giratoria en la que corren muchos, sin que se pueda saber bien cuáles de ellos están persiguiendo a cuáles en cada momento. Hay que acabar con ese disparate y llevar adelante una política sin persecuciones.

Mi insistencia sobre la vigencia del kirchnerismo fue interpretada por algunos como un deseo de polarizar con Cristina para que Mauricio Macri ganara las elecciones. Eso nunca fue así. Era obvio que la mejor candidata que aparecía en la oposición era la más temible. Simplemente fue el reconocimiento de una realidad que las urnas confirmaron plenamente, ampliada por Alberto Fernández, un buen candidato al que no supimos interpretar.

Elecciones. No han terminado las elecciones, pero el 80% de los argentinos se pronunció por Macri o Fernández. Ambos representan una posición con millones de seguidores en la sociedad y con imagen en el mundo. Tienen también una historia. No hay que argumentar demasiado para reiterar que el kirchnerismo hunde sus raíces en ochenta años de peronismo. En cualquier país al que viajo hay personas que me hacen preguntas sobre Cristina Fernández.

Con Mauricio Macri pasa algo semejante. Es el presidente argentino más conocido de la historia, el que presidió el G20, el que fue a nuevos países, de los que la mayoría de los argentinos ni siquiera tenía noticia, para abrir nuevas relaciones y mercados. Un presidente con muchos atributos para la era de la globalización.

En lo interno ha sido líder de una fuerza política nueva, la única que, más allá de los partidos históricos, ha durado en el tiempo y se ha convertido en una realidad. En la historia argentina, los nuevos movimientos no tuvieron mucha vida desde hace un siglo, estuvieron encadenados a liderazgos personalistas y se extinguieron con la vida de su jefe. Mauricio condujo una agrupación que mantuvo el invicto con triunfos contundentes durante catorce años, aunque tuvo un grave descalabro en un partido de eliminación de este año. Superando el personalismo, fue capaz de entregar la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires a alguien que no era su pariente.

Recuerdo todavía la campaña de 2005, en la que derrotó a un candidato de gran calidad como Rafael Bielsa, en un momento en el que Néstor Kirchner tenía un 80% de aceptación en la Ciudad y las paredes se llenaban de calumnias en contra de Mauricio y su familia. Estaban ya en esa campaña Horacio Rodríguez Larreta, que había sido binomio de Mauricio en 2003, María Eugenia Vidal, Marcos Peña y decenas de dirigentes que en estos años se formaron y crecieron. Se unieron después dirigentes con un claro pensamiento republicano como Miguel Angel Pichetto y muchos otros a los que respaldaron más de 7 millones de electores.

Ambas fuerzas son una realidad, y si pensamos en una Argentina que se proyecte hacia el futuro, es indispensable que, pasadas las elecciones, ambas colaboren. Gane quien gane, se necesita que Mauricio Macri y Alberto Fernández conversen y trabajen juntos por el futuro del país, tanto en la política interna como en el ámbito internacional. Es irreal negar la existencia del adversario, y peor aun tratar de eliminar a dos fuerzas políticas que representan ideas e intereses reales, y a cuatro quintos del electorado.

*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.

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