Lapatilla junio 26 2026, 5:51 amPosteado en: Destacados, NacionalesCompártelo: Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn Primero fue apenas una vibración. Un movimiento leve bajo mis pies. Después, un rumor sordo que parecía venir desde las profundidades de la tierra. Un temblor. Por Gabriela Mesosnes Rojo / elpais.com Venezuela atraviesa un plan de TRES FASES, déjanos tu correo y te actualizaremos al momento Así comenzó el primero de los terremotos que sacudieron Venezuela aquel 24 de junio. Era el primero, aunque no el único. Tampoco era el primero en la historia de un país acostumbrado a convivir con las discretas sacudidas de una geografía sísmica. El movimiento inicial duró unos 30 segundos. Más tarde se conocería su magnitud: 7,2. Pero cuando parecía que estaba terminando, algo cambió. El sonido se volvió más grave, más cercano. El piso empezó a moverse con una violencia distinta. Ya no era una espera incómoda; era una amenaza. “No puedo quedarme aquí esperando a que termine”, pensé. “Tengo que salir ya”. Tomé las llaves y corrí hacia la puerta. En el pasillo del edificio, fragmentos del techo caían casi en cámara lenta. Se escuchaban gritos detrás de las puertas. Algunas mujeres, como yo, intentaban abrirse paso hacia las escaleras mientras el edificio parecía doblarse sobre sí mismo. Había lágrimas, confusión y ese miedo animal que aparece cuando tu propio hogar se convierte en un arma. Todavía no sabíamos que un segundo terremoto, de magnitud 7,5, había seguido al primero. Solo sabíamos que algo había cambiado entre el inicio y el final de aquellos 45 segundos. Aunque el reloj marcó menos de un minuto, un día después seguíamos recordándolo como una eternidad. Logramos salir. El edificio seguía en pie. A nuestro alrededor, todo parecía extrañamente normal. En Baruta no se reportaban daños importantes y las calles conservaban una calma desconcertante. Después de casi un minuto de terror, costaba creer que algo hubiera ocurrido. La ilusión duró poco. Comenzaron las llamadas. La primera fue a mi padre. Esa mañana había planeado bajar a La Guaira y durante varios minutos imaginé lo peor. Contestó casi de inmediato. —Estamos bien. Estamos en Caracas. Te vamos a buscar. Su tranquilidad me sostuvo unos segundos. Después llamé a mi mejor amigo, Ernesto. Vive en Los Palos Grandes, una zona donde los terremotos nunca son solo una posibilidad geológica, sino también una memoria colectiva. En 1967 varios edificios colapsaron allí, marcando para siempre la relación del sector con cada temblor. Ernesto no respondió. Volví a llamar. Nada. Sentí cómo se me cerraba el estómago. La siguiente llamada fue a mi mejor amiga, Rosaury, quien también vive en Los Palos Grandes. Contestó al primer tono. —Estoy bien. Mi perro y yo estamos bien. La sala se partió en dos. Respiré, por lo menos estaba viva, pero la calma duró apenas un instante. —El edificio de enfrente se cayó completo —continuó—. Está en el piso. Se escuchan los gritos. No se ve nada. Miré alrededor. Mi calle seguía intacta. Su calle parecía una zona de guerra. Intenté mantener la voz firme, pero no pude. Se me salieron las lágrimas y empecé a tartamudear. El edificio que mi amiga veía desde su ventana era El Petunia, uno de los cuatro edificios que colapsaron en Chacao. Dieciséis pisos convertidos en una montaña de concreto. Decenas de familias atrapadas bajo los escombros. En las horas siguientes rescatarían a 23 sobrevivientes. 11 habitantes del edificio no tendrían la misma buena suerte. El Petunia, y los otros caidos, eran las nuevas heridas para un municipio que todavía conserva las cicatrices de terremotos anteriores. —Erne
Fuente: La Patilla — Ver nota original