El día que Delcy se quedó sin excusas, por José Luis Farías 

El día que Delcy se quedó sin excusas, por José Luis Farías 

Lapatilla julio 06 2026, 7:12 amPosteado en:  OpiniónCompártelo: Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn Crónica de un desmoronamiento Los geofísicos, geólogos, edafólogos y demás especialistas en sismología siempre han sido hombres de ciencia, de números exactos, probabilidades y escalas que pretenden domesticar el caos. Saben dónde se puede producir un sismo, pero no cuándo. Por eso, esa tarde del día de San Juan, cuando el sol declinaba hacia el poniente y la tierra comenzó a girar sobre sí misma como un trompo ebrio, comprendí que los sismógrafos solo miden lo que ya ocurrió, nunca lo que está por venir. El primer golpe llegó a las 18:04:32. El segundo, a las 18:05. Ambos antes de que la noche engullera la luz del día. Pero el verdadero temblor no se registró en ningún aparato. URGENTE: Dos terremotos azotaron La Guaira y hemos preparado un reporte de información actualizada AQUÍ Llevábamos veintisiete años temblando. Veintisiete años de réplicas sísmicas que no se inscriben en los papelitos de los científicos, sino en la memoria de los huesos, en el tejido cicatrizal de los que supimos que aquel primer terremoto —el verdadero, el fundacional, el que ningún manual de geología menciona— no fue un movimiento telúrico sino el colapso de todos los andamios morales que sostenían este país. Ese día, cuando los pilares sociales se vinieron abajo como castillos de naipes bajo el viento de la codicia, el Estado se redujo a su esencia más primitiva: REPRIMIR Y ROBAR, una letanía que se grabó a fuego en el alma de los venezolanos y que aún hoy resuena en el eco de los pasillos vacíos. Por eso, cuando el 7.2 y el 7.5 sacudieron el suelo con la furia de un gigante que despierta de un sueño milenario, nadie acudió. No hubo sirenas, no hubo helicópteros, no hubo manos oficiales tendidas desde el poder. Solo el silencio cómplice de un régimen que había aprendido a mirar hacia otro lado mientras sus ciudadanos se convertían en polvo entre los escombros. El polvo, ese polvo fino y gris que se mete en los pulmones y en la memoria, fue la única constancia de que algo había ocurrido. Vi entonces lo peor y lo mejor de nosotros mismos, como en una parábola cruel que ningún libro sagrado se atrevería a contar. Los saqueos llegaron primero, oleadas de desesperación que arrasaban lo poco que quedaba en pie. Hombres y mujeres cargando televisores sobre sus espaldas mientras otros, a pocas cuadras, intentaban sacar a una niña atrapada bajo una losa de concreto. La miseria humana mostrando su rostro más crudo, el instinto de supervivencia que nos iguala a las bestias cuando el suelo deja de ser firme. Y sin embargo, en ese mismo instante, en la misma esquina donde el saqueador corría con su botín, un anciano ofrecía agua a un desconocido. La paradoja de la especie: lo peor y lo mejor habitando el mismo cuerpo, la misma ciudad, el mismo segundo. Pero luego, como un milagro que brota de la tierra misma, como una fuente que emerge en el desierto después de la tormenta, vi la otra cara. La red de rescates que creció sin planos ni permisos, tejida por manos anónimas que se ofrecían sin preguntar. Voluntarios que llegaban con agua, con vendas, con la única medicina que aún no se había agotado: la solidaridad. Y comprendí que el pueblo no es un concepto, no es una cifra en los discursos de la señora Delcy, interpelada por periodistas internacionales mientras intenta sostener el relato oficial con su habitual desparpajo, sino esta masa de hombres y mujeres que se arrodillan en el polvo para limpiar la frente sudorosa de un desconocido. El pueblo es el gesto, la acción decidida, corajuda, no la estadística. Es

Fuente: La Patilla — Ver nota original

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