El año nuevo, entre el amor y el miedo - EntornoInteligente

Entornointeligente.com / Caras y Caretas / El año nuevo debe ser, de todos los rituales humanos vinculados con el tiempo, el más fecundo en imaginación y en reflexiones. También, en cierto modo, en amarguras e incluso en desesperación más o menos secreta. Es que todo lo relacionado con la rueda imparable del tiempo nos sobrecoge ante la constatación de la velocidad con la que se escurre la vida. El año nuevo desacomoda porque obliga a enfrentarnos a esos demonios que todos llevamos dentro, y en la danza de las esperanzas y de los votos por felicidad, prosperidad y bienaventuranza, ellos no dejan de asomar una y otra vez la cabeza.

Creo haber descubierto, desde hace ya algún tiempo (valga la redundancia, ya que de tiempo hablo) que dos grandes cosas, entre otras muchas, son capaces de conmover el espíritu humano hasta sus cimientos: el miedo y el amor. Ni siquiera me refiero al odio, a pesar de que este también sacude sin cesar al planeta. Vale la aclaración de que el odio es hijo del miedo y produce, a la vez, miedo; de modo que son el miedo y el amor los grandes y absolutos reguladores de todos los demás sentimientos, emociones, creencias.

El calendario es, como todas las otras construcciones culturales, una fórmula nacida del cruce entre la observación científica de los ciclos naturales, la arbitrariedad de los símbolos y la convención, devenida casi en ley inapelable. A nadie se le ocurre ignorar el calendario, o hacer de cuenta que el tiempo es una dimensión infinita, lineal y llana. Por el contrario; la existencia entera se mueve en torno a las pautas marcadas por los días, las semanas, los meses y los años. El calendario viene a ser el gran ordenador de vida y muerte, de esperanza y de resignación, de trabajo y de ocio, de nacimiento y de término. Cada pueblo ha tenido el suyo.

En los albores de la humanidad, a partir de esa otra gran convención que ha querido dividir el pasado en prehistoria y en historia propiamente dicha, apareció el período Neolítico y, con él, esa formidable construcción arquitectónica llamada Stonehenge, situada en Inglaterra, a unos 100 kilómetros al oeste de Londres. Tiene unos 5.000 años, y bien puede decirse que fue el primer antecesor de cualquier intento de medir el tiempo y de acompasar a él la vida.

Entre las muchas hipótesis sobre su función, se le considera un observatorio astronómico que servía para estudiar y predecir las estaciones y los ciclos agrícolas; y además, en el solsticio del verano, el sol atravesaba, al salir, el eje del monumento. No sólo con esa finalidad han surgido todos los calendarios de la historia, pero, indudablemente, la intención de pautar las estaciones forma parte esencial de su creación. Lo más importante del calendario es su comienzo y su final. Y en todo su derrotero la maraña de símbolos crece y crece como un monstruo sin nombre conocido; se mete en nuestras vidas, extiende sus tentáculos y nos recuerda que la rueda fatal no se detiene nunca, no olvida y no perdona, no cede ni un milímetro, no atiende a súplicas ni a oraciones, a enojos ni a buenas intenciones, a actitudes angelicales o malvadas. Avanza y punto. El sol lleva 5.000 años saliendo por el eje central de Stonehenge, y los sacrificios de ayer – incluidos aquellos en que se inmolaba una que otra víctima humana- son los votos de hoy.

En 2015 me tocó celebrar un fin de año en un balneario de Maldonado, en una cabaña de madera que no tenía agua ni luz, no porque estuviera hecha al estilo de aquellos pretéritos ranchos rochenses, sino porque, sencillamente, aún no estaba terminada. Cuando cayeron las primeras sombras nos apresuramos a hacer el consabido fogón, un poco por costumbre y otro poco por la obligación de cumplir con el ritual de la fiesta, pero más que nada por el ansia atávica de conjurar la oscuridad. A la luz de las llamas, que apagaban y encendían los rostros, según se asomaran o se apartaran del círculo anaranjado, todos los allí presentes volvimos en cierto modo a nuestra alma primitiva, esa que siempre está por ahí aguardándonos. Así fue aquella noche. Con la oscuridad, la fiesta y los preparativos del cordero ritual, también descendió a nosotros una vaga melancolía, de la mano del recuerdo, de la magia de la hora y por qué no de la superstición.

Alguien advirtió, en determinado momento, a un pájaro que había ido a posarse sobre uno de los palos interiores del porche. Era un lugar extraño para que un pájaro lo eligiera; por más oscuridad que hubiera, la gente entraba y salía de la cabaña, se reía, hacía ruido con botellas y vasos, cantaba y aventaba de cualquier modo imaginable el miedo al miedo, o sea, a la remembranza de la muerte, de la vejez, de la mala suerte y del olvido.

El pájaro seguía allí, con la cabeza bajo el ala, como dormido. Entonces una voz infantil dijo lo que ya andaba dando vueltas en la cabeza de muchos: ¿y si es el espíritu de la abuela? ¿Y si es la abuela que ha venido a visitarnos? Era ridículo, por supuesto. Era absurdo, y más que nada doloroso. La escena no duró mucho; enseguida encontramos la manera de aventar esa pequeña o gran avalancha de sobrecogedoras ideas, y el cordero y el vino, el fuego y la compañía hicieron el resto. Y sin embargo… desde aquel fin de año a este, aquí estamos, asomados una vez más al misterioso umbral del tiempo, que tanto nos inquieta.

Si mal de muchos es consuelo de tontos, debo añadir que el problema ya inquietaba a San Agustín, quien se pregunta, en su obra Confesiones , qué es el tiempo, y responde: “Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé”, y agrega que “en ti, alma mía, mido los tiempos. No quieras perturbarme, ni quieras perturbarte a ti con el tropel de tus impresiones. En ti -repito- mido los tiempos. La afección que en ti producen las cosas que pasan -y que, aun cuando hayan pasado, permanece- es la que yo mido de presente, no las cosas que pasaron para producirla: esta es la que mido cuando mido los tiempos”. (XI, XXVII, 36). Sabia es la frase, no sólo por venir de un gran filósofo, sino especialmente porque contiene verdad, y la verdad suele ser revolucionaria.

Cada año nuevo y cada año viejo nos imponen un balance. Cada año viejo viene a morir plagado de acontecimientos desgraciados, y aunque también haya de los buenos, se imponen en nuestra mente los que más dolor, sangre y muerte han causado. Pero, más que imponerse en la mente, se prenden en el alma; de ahí que San Agustín se ponga a interpelar a la suya.

Los tiempos se miden por las impresiones, las huellas o las cicatrices que dejan en el alma, en la mía, en la de cada uno de ustedes, y no hay tu tía, como reza el dicho. Así pasa con todo, tanto si se trata de hechos de guerra, de atentados terroristas, de enfermedades, pestes, dictaduras, juicios políticos y hecatombes de variado calibre. Así también ocurre en el terreno individual; a unos nos habrá ido mejor que a otros este último año, y quién sabe cómo nos irá en el próximo. Imposible saberlo. Por eso se hacen votos de felicidad, prosperidad y demás. Pero en el mismo momento en que la gente brinda, de un extremo al otro del globo (o del hemisferio occidental), otra gente está muriendo, o siendo sometida o brindando su vida por una causa que considera buena (y esa es otra manera de conjugar el verbo de los votos).

Mientras todo eso ocurre, el alma individual sigue midiendo el tiempo, más que nada, por sus propias y personales impresiones. ¿Por qué? Porque no son lo mismo 300 muertos en África que 300 muertos en Estados Unidos, por ejemplo, ni es lo mismo el avance de la derecha en Argentina que en Corea. La diferencia, en lo que hace a la ecuación de daño humano, no existe, y eso lo sabe cualquiera. Pero la catástrofe, la mentira, el fraude o el abuso impactan en el alma de la gente de diferente manera según la lejanía o la cercanía de nuestra alma respecto a tales hechos.

El balance de un año que muere, que acaba de morir, no escapa a esa lógica tan mayúsculamente ilógica. Y después nos reímos del pájaro y de la voz infantil, y de los miedos y de las esperanzas, y del miedo a la oscuridad, y de la melancolía supersticiosa, y de la congoja y de la credulidad de unos cuantos grandes. A propósito: el pájaro no se movió de ahí en toda la bendita noche. Al otro día, cuando amaneció, corrí a ver si estaba. Ya se había ido, tan silenciosamente como llegó.

El año nuevo, entre el amor y el miedo

Con Información de Caras y Caretas

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