Educar y no estorbar

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Recientemente he escuchado de casos en distinguidos colegios de nuestra ciudad, en donde las acciones de algunos docentes han provocado llanto y angustia en los pequeños que se forman en esos espacios. Pareciera que se olvida el poder manifiesto del lenguaje y cómo, una palabra o un gesto por parte del maestro, puede marcar de por vida a los jovencitos. Si la persona que imparte la clase motiva, trata con cariño y respeto, seguramente irá formando a un grupo entusiasta. Si por el contrario señala, maltrata y expone al infante de manera desconsiderada, el resultado podría ser la mutilación de sueños, de esperanza.

La descripción obviamente provoca alarma e incertidumbre y debe llamarnos a la reflexión, en especial, entre quienes ejercemos la docencia. El filósofo español Fernando Savater, en su libro El valor de educar , nos recuerda que quien se dedica a la noble tarea de educar, se convierte en responsable del mundo ante el joven que se forma. Luego, parafraseando a Hannah Arendt, asevera que, si le repugna esta responsabilidad, tiene que dedicarse a otra cosa y dejar de estorbar.

Y debe ser así. Quien no es capaz de comprender los procesos que se abren en el aula de clase; la responsabilidad que implica formar ciudadanos; entender la creatividad y sana irreverencia de los estudiantes, que evalúe la posibilidad de cambiar de oficio, pues está causando un gran daño a la humanidad. Un maestro no está para imponer soberbiamente criterios cuando un niño propone otras visiones posibles, mucho menos para dudar de sus habilidades y exponerlo públicamente frente a sus compañeritos.

Escribiendo sobre el tema recordé una historia que leí hace algún tiempo y discutí en su momento con mis estudiantes de Sociología de la Educación, cuando dicté clases en la Universidad José Antonio Páez. La maestra distribuyó entre los estudiantes la imagen de un gato persiguiendo a un ratón sin patas. La tarea consistía en agregar lo que necesitaba el roedor para salvarse del gato. Casi todos los niños agregaron al dibujo patas, pero un pequeñín escogió otra opción: alas.  Justificó su decisión alegando que de esa manera el ratón volaría y jamás sería atrapado, mientras que, con patas, probablemente terminaría en la panza del felino. En este relato, el estudiante visionario reprobó la asignación.

Relatos como este seguramente se escenifican a diario, lo que me obliga volver a Savater. El autor expone que, como docentes, hacerse responsable del mundo no es aprobarlo tal como es, sino asumirlo conscientemente porque es y porque solo a partir de lo que es, puede ser enmendado, transformado. En este sentido, educar no es excluir la duda crítica de los estudiantes sobre determinados contenidos o sancionar opiniones o propuestas que se oponen con argumentos -como el ratoncito con alas- a la forma de pensar mayoritaria.

El docente no está para pretender ser dueño de la verdad. Tiene la obligación, sin humillar a nadie, de generar espacios en los que el sano debate permita conocer otras perspectivas de mundo. El maestro, bajo ningún concepto debe desterrar la rebeldía y la inquietud. El mismo Savater lo sentencia en su obra: «no hay peor desgracia para los alumnos que el educador empeñado en compensar con sus mítines ante ellos, las frustraciones que no sabe o no puede razonar frente a otro público mejor preparado». En este sentido, si no es capaz de aplaudir la perspectiva crítica de los estudiantes, duda de sus habilidades y lo expone constantemente, retírese y no siga estorbando. No nació para entender la consigna de Montaigne: «el niño no es una botella que hay que llenar, sino un fuego que es preciso encender».

LINK ORIGINAL: El Carabobeno

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