Editorial: El mes más caliente - EntornoInteligente
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Julio recién pasado fue el mes más caliente en los registros históricos recopilados desde finales del siglo XIX. El dato sería anecdótico si las anómalas temperaturas no fueran parte de un patrón cada vez más prolongado de calentamiento global. El mes estableció la marca por escaso margen, pero el destronado fue julio del 2016, hace apenas tres años.

Diecisiete de los dieciocho años más calientes de la historia ocurrieron a partir del 2001. A juzgar por lo sucedido hasta ahora, el 2019 ampliará la seguidilla. Los cinco años más recientes también batieron récords, incluido el 2016, hasta ahora el más caluroso de la historia.

El problema es real y la discusión sobre sus causas está superada. Los países pequeños no causamos el problema, pero podemos ayudar a enfrentarlo. La temperatura promedio global de julio fue 0,04 grados Celsius superior a la del mismo mes en el 2016, según el Programa Copérnico, organización creada por varios países europeos. Existen otros cálculos y al final puede haber datos contrastantes y necesitados de armonización, pero la nueva marca, si se confirma o descarta, no es lo relevante. Sin duda, el mes estuvo entre los más cálidos y calza en el patrón de las temperaturas crecientes.

Para la comunidad científica, no hay duda del rumbo, y los estudiosos se declaran sorprendidos por la velocidad del fenómeno y sus repercusiones. Los glaciares de Alaska que colindan con el mar se están derritiendo a un ritmo cien veces superior, según estudios llevados a cabo para medir su disminución bajo la superficie del agua. La reciente ola de calor también afectó los glaciares de Suiza. Otro tanto puede decirse de Groenlandia.

En la fría Siberia, hubo incendios forestales y ya los países nórdicos se han visto en la necesidad, en años recientes, de pedir ayuda y consejo a los del sur, más experimentados en el manejo de ese tipo de situaciones. Los mares invaden las costas y en el litoral Atlántico de los Estados Unidos hay “inundaciones de día soleado”, inesperadas por las condiciones perceptibles en el momento.

Las crecientes temperaturas promedio afectan la agricultura y la biodiversidad. Costa Rica puede dar testimonio de ello. Los científicos culpan al calentamiento de crear condiciones propicias para el desarrollo del hongo que extinguió dos especies de anfibios en Monteverde y los caficultores han comenzado a notar la aparición de la roya en meses cuando antes no se presentaba. La producción bananera se vio perjudicada en un 15 % por perturbaciones climáticas el año pasado y, en Limón, las costas retroceden debido a los embates del mar.

El problema es real y la discusión sobre sus causas está superada. La primera trinchera de los defensores del desarrollo contaminante, basado en combustibles fósiles, fue la negación total, pero el calentamiento global se manifiesta con tanta fuerza que esa posición es cada vez más difícil de defender. La segunda trinchera es la negación del efecto invernadero de las emisiones de gases y la atribución del fenómeno a causas naturales, pero la ciencia abrumadoramente mayoritaria no alberga duda de su origen en la actividad humana.

Ambas trincheras están todavía pobladas e influyen sobre la política y toma de decisiones en países cuyos esfuerzos para enfrentar el problema son determinantes. Eso no exime a naciones pequeñas, como la nuestra, de hacer su parte. Las diminutas islas del Pacífico, amenazadas con la desaparición por el creciente nivel de las aguas, desempeñaron un papel decisivo en la negociación del Acuerdo de París y todos recordamos la Torre Eiffel vestida con los colores de Costa Rica. Los países pequeños no causamos el problema, pero podemos ayudar a enfrentarlo.

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