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Drama y muerte en el hogar de los jesuitas: el doble crimen de La Profesa

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No hay coincidencias, decían los chismosos: Nicolás Segura había sido encontrado ahorcado en su celda. ¿Era el castigo a sus afirmaciones, hechas en el último día de su vida?

La sospecha ya corría en los alrededores de La Profesa: se decía que el criminal estaba puertas adentro. Se filtraron las palabras de Juan Ramos, un hermano lego que hacía de portero, aludiendo al asesinato: “En el monte está quien el monte quema”. ¿Qué quería decir? ¿Qué Segura se había ganado la muerte? ¿Qué, con sus palabras, se lo había buscado?

La inquietud se volvió horror el 12 de marzo de 1743, cinco días después del asesinato de Nicolás Segura: el homicida había actuado otra vez. Juan Ramos fue encontrado en su celda, ahorcado también. En un reto a las autoridades, el asesino había dejado en el cuello de Ramos la cuerda con que lo había sacado de este mundo

Una escandalosa mezcla de alborotados y curiosos, de esos que siempre aparecen en el escenario de un hecho sangriento, se agolpaba a las puertas de la Casa Profesa, uno de los hogares más notorios de la poderosa orden jesuita en la ciudad de México. Entraban y salían, por la portería de la calle de San José el Real, personajes de la más variada jerarquía y condición: desde empleados del Santo Oficio hasta encumbrados oidores. La muerte, en su forma más oscura y terrible, había penetrado en La Profesa para llevarse a su máxima autoridad, el padre Nicolás Segura. El problema consistía en que a Segura lo habían ayudado a trasladarse al otro mundo ahorcándolo.

En la pequeña ciudad de México de marzo de 1743, la horrenda noticia corrió con rapidez. Si un asesinato común y corriente ya era causa de enorme conmoción en la capital de la Nueva España, el homicidio de un religioso causaba, además, escándalo. Con la profunda religiosidad de la época, los azorados novohispanos pensaban que el autor del crimen, decididamente, no tenía miedo de ir a dar al infierno, a donde seguramente llegaría después de su terrible acción. No faltó quien pensó, muy conforme al pensamiento de la época, que, sin duda, el asesino había sido encaminado a la celda del padre Segura por el mismísimo demonio, porque, solo con las trampas e incitaciones de Satanás se podía explicar que alguien se atreviera a penetrar en la casa de los jesuitas para asesinar a un hombre tenido por la ciudad entera en alta estima.

En efecto, el homicidio del jesuita Segura despertó un torrente de preguntas a los que intentaban descifrar el caso. ¿Quién podía desear la muerte de aquel hombre de 67 años? En el siglo XVIII tener 67 años era ser muy mayor, y, usualmente, quienes alcanzaban esa edad, estaban ya lejos de las tentaciones del mundo, superadas las pasiones de la juventud. ¿Quién querría muerto a Nicolás Segura?

Era el sacerdote un “varón de los más sabios”. Poblano, había ingresado a la Compañía de Jesús a los 19 años, en 1695, y había construido una sólida carrera.  Fue profesor de Retórica en el importantísimo Colegio de San Pedro y San Pablo, y de Filosofía y Teología en el Colegio de San Idelfonso en Puebla, donde en alguna época fue rector, como también lo fue en el hermoso Colegio de Tepotzotlán. La fama de segura había traspasado las fronteras del reino novohispano, y, con el cargo de Procurador de la orden jesuita entera, había sido llamado a España, y a Roma, en 1727. De vuelta en su patria, era prepósito en la Profesa, es decir, ostentaba la dirección del lugar.

Segura era un teólogo brillante; sus sermones se habían publicado en diez tomos, y en distintos lugares: Madrid, Salamanca, Valladolid y la ciudad de México; era autor de tratados de teología, y hasta poeta: la mañana de su muerte no faltó quien recordara que en 1700 y 1701 había participado en certámenes literarios, con trabajos de calidad suficiente como para ser depositados en la biblioteca de la Real y Pontificia Universidad. ¿Bilioso? ¿De mal carácter? ¡Para nada! Era fama que el jesuita era un varón “de dulce condición”.

Así pues, ¿Quién lo quería muerto?

 

UN MUERTO, Y OTRO MUERTO

Inevitablemente, surgieron los chismes. Nada de demoníaco tenía aquel homicidio. Bien terrenales parecían las causas, según la historia que empezó a correr: se dijo que la víspera de su muerte, en alguna conversación, salió a relucir la causa de canonización del obispo virrey Juan de Palafox y Mendoza, que hacía poco más de un siglo había entrado en durísima confrontación con la orden jesuita. Se trataba de un conflicto que había dejado rencores viejos y feos, en los que había tenido que intervenir el rey de España, para evitar que ambas partes llegaran a las manos. Para bajar la tensión, el rey Felipe IV, llamó a Palafox y lo sacó de la jugada, dándole así la victoria a los jesuitas. Muerto Palafox en 1659, sus partidarios, convencidos de su piedad, iniciaron un procedimiento para canonizarlo, que en 1699 fue bloqueado por la Compañía de Jesús, que estaba dispuesta a intervenir cada vez que se intentara llevar a los altares a su antiguo rival.

Esa era la historia que salió a relucir delante del padre Segura. Se afirmó que el sacerdote afirmó, con cierta exaltación: “¡primero me ahorcarán que ese embustero llegue a ser santo!”.

No hay coincidencias, decían los chismosos: Nicolás Segura había sido encontrado ahorcado en su celda. ¿Era el castigo a sus afirmaciones, hechas en el último día de su vida?

La sospecha ya corría en los alrededores de La Profesa: se decía que el criminal estaba puertas adentro. Se filtraron las palabras de Juan Ramos, un hermano lego que hacía de portero, aludiendo al asesinato: “En el monte está quien el monte quema”. ¿Qué quería decir? ¿Qué Segura se había ganado la muerte? ¿Qué, con sus palabras, se lo había buscado?

La inquietud se volvió horror el 12 de marzo de 1743, cinco días después del asesinato de Nicolás Segura: el homicida había actuado otra vez. Juan Ramos fue encontrado en su celda, ahorcado también. En un reto a las autoridades, el asesino había dejado en el cuello de Ramos la cuerda con que lo había sacado de este mundo.

Del horror, los habitantes de la ciudad de México pasaron a la indignación: la exigencia de justicia resonó en la capital, y no faltaron los que ya no hablaban de la sensata obra de las autoridades. Deseaban venganza. Simple y llana venganza.

En aquella ocasión, la justicia obró con prontitud, y, seguramente los jesuitas aplicaron su mentalidad analítica al caso, porque la noche del mismo día 12, se anunció que se había capturado al criminal. Se le pusieron grilletes. Y fue conducido al Colegio de San Pedro y San Pablo. ¿Por qué allí?

Porque el asesino era otro jesuita: nada menos que José Villaseñor, coadjutor de La Profesa, es decir, un cercano colaborador del padre Segura. Lo juzgó un juez eclesiástico.

LOS SECRETOS DE LOS JESUITAS

El escándalo era mucho, y la inquietud de la gente era muy grande. Esperaban un ajusticiamiento en la Plaza Mayor, para que fuera inolvidable. Pero los jesuitas decidieron otra cosa. En su momento, el proceso de José Villaseñor se mantuvo oculto, y ninguno de los historiadores de la Compañía de Jesús, como el padre Francisco Xavier Alegre, mencionó en sus obras el doble crimen de la Profesa.

Hasta fines del siglo XIX, el historiador y cronista Luis González Obregón conoció el contenido del proceso. Por eso sabemos que quince religiosos de la Profesa fueron interrogados. También se llamó a declarar a todos los padres confesores de la comunidad y a algunos seculares. Se sabe que en el proceso presidió el Prepósito Provincial, Cristóbal Escobar y Llamas, y lo asesoró don José Messía de la Cerda, consejero de la corona y decano de la Real Sala del Crimen.

José Villaseñor jamás admitió haber cometido los dos asesinatos: nombró defensor y se encerró en el silencio.

Pero, ¿qué dicen los papeles del proceso?

Toda la información del proceso se desprende de los interrogatorios y la revisión de La Profesa entera. Se habían encontrado manchas de sangre en las ropas de Villaseñor, y fueron varios los jesuitas que hablaron de la muy mala relación que Villaseñor y Ramos tenían con el padre Segura, y, con frecuencia, hablaban mal de él.

La indagación estableció que Villaseñor tenía un comportamiento que, a la luz de los acontecimientos era no sólo origen de una mala reputación, sino el origen de la mala relación con Segura: Villaseñor tenía “demasiado” trato con gente ajena a la Compañía de Jesús, que solían visitarlo por las noches. Contaron sus hermanos que era “de genio osado, ánimo doble, rijoso, e irreverente con los sacerdotes”, y solía beber mucho aguardiente. Lo describieron como “enojado con la Compañía [de Jesús]”. En alguna época se le nombró despensero, y se le quitó el cargo porque era despilfarrador. Encima, tenía “malas costumbres”: tenía dos años sin confesarse, por lo tanto, sin comulgar.

Con Juan Ramos, coincidieron los declarantes, tenía una buena relación. Las autoridades de la orden llegaron a la conclusión de que Villaseñor cometió el asesinato en complicidad con Ramos, pues al registrar las celdas, encontraron en el lugar de Ramos una llave del padre Segura, un frasco de bálsamo y algunas alhajas, todo propiedad del anciano jesuita.

Otros elementos sirvieron para culpar a Villaseñor: en las primeras indagaciones estuvo constantemente junto a las autoridades civiles y eclesiásticas, intentando “orientar” las averiguaciones hacia un mozo llamado Mateo, que tenía antecedentes de robo en la Profesa, e intentó, en muchas ocasiones distraer a los jueces de interrogar a Juan Ramos.  También se consignó que, ocurrido el primer asesinato, todos los jesuitas de la Profesa dieron en dormir encerrados con llave y en grupo… con excepción de Villaseñor, que pasaba las noches solo, con la puerta sin llave o tranca. La única noche que se encerró fue la anterior a que encontrasen ahorcado a Juan Ramos.

Un año y cinco meses duró el proceso. Se hizo llamar a un escribano, y delante de él se leyó la sentencia de Villaseñor, el 27 de agosto de 1744. El doble homicida debería cumplir 10 años de remero en galeras pertenecientes al Papado, porque la Compañía de Jesús solamente respondía a la autoridad papal -origen del conflicto con Juan de Palafox. Se le declaró separado de la Compañía, “como miembro dañado y encancerado, para que no consagre e inficione [infecte] a los demás”.  Custodiado por la autoridad secular, cuya intervención se solicitó al virrey, se le conduciría a Veracruz y abandonaría la Nueva España, para ser llevado a los estados papales.

Se sabe que el defensor de Villaseñor apeló la sentencia; solicitó que, con el año y meses que llevaba en prisión, se diera por purgada la pena del doble homicida.

Pero los papeles del proceso estaban incompletos cuando Luis González Obregón los encontró. No sabemos si Villaseñor fue expulsado del reino para que en él se cumpliera la justicia de la Compañía de Jesús.

Naturalmente, un caso así de incómodo fue tratado por los jesuitas con notoria discreción. Uno de los retratos que de Nicolás Segura se conserva, indica, en la cartela biográfica que tiene, que “amaneció muerto” en 1743. Lo que no dice es cómo falleció. Cuando se encontró su cadáver momificado, en 1850,  ahí estaba el mudo testimonio de su final: conservaba las huellas de la cuerda que le quitó la vida.

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