Dos tragedias y un alma que respira en Venezuela

América LatinaDos tragedias y un alma que respira en VenezuelaOjalá el mundo pudiera captar una destrucción, aún mayor, y que no se ve tan palmariamente, la herida que la dictadura ha infringido durante casi 30 años al alma de la naciónCompartir ComentarDos mujeres damnificadas por el derrumbe de un edificio en Caracas.EFEJulio Borges Junyent*Actualizado Lunes, 29 junio 2026 – 00:03Drama El terremoto de solidaridad y resistencia venezolana ante el caos del chavismo: "Donde falta gobierno, sobra el pueblo" Entrevista Raúl Estévez, geofísico venezolano: "Desde finales del siglo pasado se advertía que el próximo gran terremoto sería en el occidente de Venezuela" Esta imagen la hemos visto en múltiples formas en las últimas horas: un grupo de ciudadanos cualquiera mueve escombros de cemento en lo que fue un edificio en la costa de Venezuela. Al fondo, una pared partida conserva una consigna del régimen y un mural de Maduro atravesado por una grieta.En este mismo plano aparecen dos ruinas. Una acaba de caer por la violencia ciega de la tierra. La otra llevaba años allí, sostenida por pintura oficial, miedo y silencio. Lo que el mundo mira hoy por televisión y redes no es solo un terremoto es una radiografía que muestra nítidamente el alma herida de Venezuela.Pero sería un error mirar esos escombros como si fueran únicamente ruinas. El sismo no causó la destrucción venezolana, la hizo visible. La del terremoto fue súbita y violenta, la herida del alma nacional ha sido lenta, administrada y por diseño.Quisiera subrayar que, cuando los venezolanos vimos con horror las imágenes de lo que pasaba en nuestro país y que han sacudido al mundo entero, nuestro primer pensamiento ha sido: esta es la destrucción dolorosa de lo que se ve y es un infierno en la tierra. Ojalá el mundo pudiera captar una destrucción, aún mayor, y que no se ve tan palmariamente, la herida que la dictadura ha infringido durante casi 30 años al alma de Venezuela.Pero frente a esa destrucción que parece total y final, hay una fuerza que no ha sido vencida. Se ve hoy en quienes cocinan en toda Venezuela para repartir comida, quienes van a la costa a excavar con las manos, en quienes cargan heridos en puertas arrancadas, en quienes lloran y actúan al mismo tiempo. El pueblo que busca desconocidos entre las ruinas es el mismo que ha luchado todos estos años por la libertad, marchando, votando, firmando, protestando, cuidando votos, organizando testigos y demostrando que la dignidad podía sobrevivir a la maquinaria del miedo. La gesta electoral y la solidaridad ante la catástrofe son el mismo pueblo. Un pueblo al que han tratado de destruir durante décadas y se niega a entregar lo último que le queda, la dignidad.Eso dice algo esencial, el alma venezolana está herida, pero no muerta. Hay países que, tras demasiado dolor, dejan de amarse. Venezuela no ha llegado ahí. Solo se reconstruye lo que se ama, y este pueblo sigue amando lo que el régimen quiso enseñarle a desmantelar: la casa común, la verdad compartida, la familia, el barrio, la República. El bien no avanza con estruendo. Avanza lento y a mano, con polvo en los dedos, con agua repartida, con nombres anotados, con una vela encendida cuando la electricidad vuelve a fallar.La ruina venezolana fue lenta y tuvo método. Durante casi 30 años, quienes gobernaron no improvisaron el daño, lo diseñaron. Primero fracturaron a Venezuela, la dividieron para enfrentarnos unos con otros, luego los cuerpos de seguridad, que en una sociedad sana se buscan cuando llega el miedo, pasaron a ser lo que se teme. Vaciaron las reglas con instituciones huecas, justicia secuestrada, elecciones desconocidas cuando el resultado no convenía.Pero el plan iba más hondo. Se propuso destruir la autoestima de un pueblo, enseñarle a dudar de sí mismo y a creerse incapaz de gobernarse. Intentó corromper cuanto tocó: la empresa, la universidad, la Iglesia, los partidos, hasta convertir el saqueo en costumbre. Empobreció a conciencia, material y humanam

Fuente: El Mundo — Ver nota original

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