04 Jun, 2026 03:00 a. m. ESTGuardarBenjamin Netanyahu y Donald Trump. (Imagen Ilustrativa Infobae)¿Tanto recorrido para dar un giro de 360 grados? Es la pregunta que Donald Trump debería hacerse si su desmesurado ego le permitiera la vaga idea de haber errado. Pero siendo impulsivo, errático, impaciente y tremendamente megalómano, es inimaginable que haga el pertinente análisis crítico. Por ello, también es impensable que advierta la magnitud del fracaso que está protagonizando.Se trata de Irán, y con Irán, se trata del Líbano, de Gaza, y de lo que todo ello significa para la supervivencia de Israel. Es ahí donde los 360 grados se convierten en la metáfora de un viaje hacia ningún lugar. A estas alturas, a más de tres meses del inicio de la guerra contra el régimen de los ayatollahs, ninguno de los objetivos fijados se han alcanzado: la dictadura no ha caído; la Guardia Revolucionaria continúa dominando Ormuz y usándolo como arma de desestabilización energética; no se ha recuperado el uranio enriquecido; se ha dado pábulo a Qatar para reforzar su posición estratégica; y no solo no se ha frenado la capacidad mortífera de Hezbollah, sino que Israel ha quedado solo en su intento de contención. Hemos pasado de un régimen herido de muerte, a un Irán que domina las reglas de juego, mientras agota a sus enemigos con negociaciones delirantes. De hecho, es tal el agotamiento que Trump parece haber perdido el interés, en un paralelo a lo que pasó con las negociaciones que prometió entre Rusia y Ucrania, que quedaron en nada. Hombre de éxitos inmediatos, no digiere bien los procesos que quedan estancados, y es ahí donde parece estar ahora: sin cartas con las que jugar, y cada vez más aburrido. Irán, en cambio, es un maestro en el arte de engañar, manipular, distender y finalmente controlar las negociaciones. La impaciencia patológica de Trump contra la paciencia bíblica del régimen teocrático. PUBLICIDADQue la guerra ha tenido éxitos considerables, es indiscutible: desde el severo daño que ha sufrido la industria armamentística iraní, o la destrucción de una parte substancial de sus sistemas de misiles, hasta el colapso de su economía y el global debilitamiento del régimen. Además, incluso manteniendo su vocación nuclear, es evidente que se ha retrasado por años. Pero la hipótesis inicial con la que Trump empezó la guerra, en el sentido de que decapitando a la cúpula, arrasando a la aviación y la marina y dañando la economía, la victoria era segura, topó con Ormuz. Nadie preveía que el régimen aguantaría hasta el límite si mantenía en su poder la llave energética, y el estrecho se convirtió en el Waterloo de Trump. Y ahora, sin cartas inmediatas por jugar, parece que el Presidente norteamericano se ha hartado.La cuestión es cómo queda Israel en esta situación. Es un hecho que Trump ha sido muy importante para el estado hebreo, tanto por la cancelación del nefasto acuerdo nuclear de Obama y por los Acuerdos de Abraham que impulsó en su primer mandato, como por el plan de paz que condujo a la liberación de los rehenes del 7 de Octubre. Y, desde luego, el súmmum de convergencia entre ambos países ha sido la guerra contra Irán. Pero las amistades de Trump pueden durar lo que dura su humor, y ahora que sus planes respecto a Irán no han tenido el éxito que esperaba, el riesgo de que abandone a Israel a su suerte es alto. Algunos síntomas son en este sentido preocupantes. De entrada, su fluctuación en las negociaciones sobre el tema nuclear, lo cual es una auténtica red flag para Israel. También su abandono del plan de Gaza, que duerme el sueño de los justos, mientras Hamas aprovecha el alto el fuego, reconstruye su estructura y se rearma. Pero el síntoma más preocupante, que ha tenido su paroxismo en la terrible bronca telefónica de Trump a Netanyahu, es el tema del Líbano. Una bronca adecuadamente filtrada por la Casa Blanca a la prensa internacional.PUBLICIDADEl Líbano, o más concretamente Hezbollah, es la otra red flag de Israel, de ahí que
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