Descascarar espacios

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Es una tarde como cualquier otra en el tradicional barrio de Sopocachi en La Paz, donde se encuentran la mayor cantidad de espacios de exhibición de la Bienal Internacional SIART. En las cercanías de la Plaza España, sobre la Avenida Ecuador, se ubica la Galería Atipaña, donde el año 2011 se expuso una obra ganadora del Premio Arte Joven España, del artista boliviano Santiago Contreras. Nos referimos a la performance-intervención arquitectónica «Babeles (descascarar, deshacer)», una de esas obras donde lo que se expone es la arquitectura misma, o lo que Anish Kapoor denomina «hacer con los objetos que el espacio suceda». El marco para su exposición fue el SIART 2011, curaduría a cargo de Justo Pastor Mellado y José Bedoya, y organizado bajo la dirección de Norma Campos desde la Fundación Visión Cultural. 

Vista de afuera, aquellos días la galería tenía apariencia de encontrarse en refacción. Los sonidos de martilleo y hombres trabajando que provenían del interior, sumados a la visión de las salas en ruinas transmitían esa imagen inicial. Desde la calle se escuchaba el cansado rugido del motor de un colectivo azul de la línea 2, que subía la avenida Ecuador como un anciano que viene rumiando una idea difusa. Recuerdo que entré a la galería y me encontré con un único espectador que tenía expresión perdida. No había nadie más en toda la galería. Cuando me miró pareció renovar su claridad preguntándome: «¿Usted va a hacer la explicación?». Era un hombre de edad madura, ataviado con una vieja chamarra de cuero negra y unos zapatos sucios, delgado y de tez morena. No parecía salir de su asombro dentro de aquellas dos salas, donde no había objeto que se exponga sino los escombros de las paredes que dejaban ver el revoque. La galería como tal era pequeña, dos ambientes contiguos, ventanas tapadas por unas cortinas negras. En el espacio de la entrada se proyectaba un video de registro del trabajo de los seis albañiles contratados que el artista presentaba como la performance en sí: descascarar las paredes de un cubo blanco.

Rolando se llamaba aquel visitante que me había antecedido, me contó que trabajaba como albañil. Conversando intentamos relacionarnos con la obra que se presentaba ahí: sonidos de albañiles picando las paredes, paredes desnudadas que dejaban ver los ladrillos del muro y otras donde se veía el adobe. Un espacio a medio-des-vestir. Una puerta cerrada que no se abría. Rolando fue pensando en voz alta cosas muy prácticas: «¿Para qué habrán dejado esta escalera apoyada aquí?», «era que lo hagan volar este suelo de una vez para que sea más original», «todo siempre está ahí por algo», «esta puerta aquí debe ser secreta». «Debe ser arte esto, estoy seguro».

El texto de pared del artista indicaba: «Me interesan los procesos constructivos como situaciones inacabadas. Me interesan esas arquitecturas que surgen antes de la arquitectura, y que la constituyen, sin estar necesariamente en el producto final (…). Descascarar los muros es un acto de rebeldía ante el proceso lógico de la construcción, es retornar al pasado, al estado original, bruto, del material que delimita el espacio… (…). El proceso de desblanquear la sala del museo constituye revertir el sentido arquitectónico del espacio; lo que queda, el vértigo material del revoque de yeso, es reinterpretado como escultura, como testimonio del suceso, como hecho táctico de la historia».

Probablemente en el imaginario colectivo esta obra adquiriría tintes más crudos si se presentase en Chile, país donde los terremotos de febrero de 2010 ocasionaron derrumbes en espacios patrimoniales que modificaron drásticamente las agendas de los artistas y gestores locales. Puesta en escena en La Paz —coherente con la curaduría del SIART 2011 que cuestionaba el síndrome del modernismo de las salas de exhibición— la obra hacía pensar que infraestructura para las artes significaba ir más allá de la delimitación física espacial. La necesidad de trastocar la idea de que el artista es un productor de objetos para exhibir en espacios, a favor de la producción de espacios donde se exhiben procesos de reflexión situados.

Rolando se fue intrigado de la galería. En mi caso todavía alcancé a llegar al auditorio de la Alianza Francesa, donde se realizaban periódicamente los ciclos «Encuentros de arte». Santiago Contreras era uno de los invitados. Me acerqué al final para hablar de la obra, me contó lo siguiente: «Me interesa más la operación de deconstruir para reconstruir una memoria». Santiago había lamentado dentro del coloquio que el jurado no alcanzaría a ver la otra parte de la intervención, que sucedía en lo que sería el «desmontaje»; es decir, cuando el artista y sus ayudantes debían restaurar las paredes y dejar las salas como estaban. Pedro Querejazu observó: «La misma Bienal debería encargarse de entregar tal como estaba el espacio, y no dejarle esta tarea al artista». Lo cual no dejaba de ser pertinente en términos de gestión institucional, pero en aquellos días guardaba la sensación de que la Bienal SIART era una aparición casi fantasmal, intermitente y frágil institucionalmente, que dejaba a la vista verdades a través de ficciones instaladas temporalmente, y que no se le podía exigir mucho más, ya hacía bastante con realizarse. El hecho mismo de hacer una bienal de arte contemporáneo en una ciudad con toda la carga simbólica de La Paz con el peso de la pintura tradicional era ya una acción artística. El paso de los años nos ha confirmado del estatus frágil de esta importante plataforma para el arte contemporáneo boliviano.

En cuanto a Santiago Contreras, no ha dejado de maravillarnos con propuestas donde el artista parece desmontar las premisas fundamentales de su profesión de arquitecto, haciendo de su obra un lienzo donde la arquitectura efímera le disputa su lugar a la arquitectura tradicional, la tuerce, la fisura o la estremece. Recordemos la obra «El muro de Arriaga» (Potosí, 2017), video performance que cuestiona al relato oficial histórico. O la performance «Box» (la muerte de la arquitectura tradicional) de 2009. La operación de intervenir sobre la infraestructura en su obra está muy relacionada con una investigación sobre la memoria que recapitula sobre los hechos. Un ávido lector que se desparrama en la sala revirtiendo el sentido arquitectónico del espacio, es la imagen que guardo de nuestro artista.   

LINK ORIGINAL: Los Tiempos

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