Más de treinta horas han transcurrido desde que el Departamento de Justicia de Estados Unidos anunció formalmente la imputación penal contra Raúl Castro por conspiración para asesinar ciudadanos estadounidenses. Sin embargo, el gobierno chavista no ha emitido ni un solo comunicado, cadena nacional o mensaje de solidaridad en defensa del histórico líder cubano. Este silencio ensordecedor contrasta drásticamente con décadas de retórica antiimperialista que caracterizó la relación entre Caracas y La Habana. Ni Delcy Rodríguez, ni Diosdado Cabello, ni Jorge Rodríguez, ni la cancillería chavista se atrevieron siquiera a mencionar públicamente el caso, enviando un mensaje político claro al mundo.
Durante más de veinte años, el chavismo convirtió a Cuba en su principal aliado ideológico, militar y de inteligencia. Hugo Chávez entregó petróleo subsidiado, financiamiento multimillonario y control institucional a La Habana a cambio de asesoría política, propaganda revolucionaria y ayuda para la supervivencia del régimen. Nicolás Maduro profundizó aún más esa dependencia estratégica. En circunstancias normales, una acusación de esa magnitud contra Castro habría desatado horas de discursos incendiarios, movilizaciones masivas y comunicados de repudio desde Miraflores. Esta vez ocurrió exactamente lo opuesto, evidenciando un giro fundamental en las prioridades políticas del gobierno venezolano.
Desde la captura de Maduro el pasado tres de enero, el régimen encabezado por Delcy Rodríguez inició un acelerado proceso de reacomodo político para asegurar su supervivencia bajo el nuevo esquema impuesto por Donald Trump y Marco Rubio. Este proceso incluye negociaciones sobre licencias petroleras, renegociación de deuda externa, apertura de sectores financieros, cooperación en energía nuclear y liberación de presos políticos. Estratégicamente, el gobierno chavista ha decidido tomar distancia de Cuba, transformando a La Habana de un activo revolucionario en un problema diplomático que podría comprometer sus nuevas negociaciones con Washington.
El nuevo chavismo ha entendido una realidad elemental para su continuidad: su supervivencia política depende ahora de venderse ante Estados Unidos como un régimen "pragmático" y "moderado" dispuesto a colaborar. Mientras Washington acusa formalmente al hombre que fue tratado durante años como "comandante hermano" de la revolución bolivariana, Delcy prefiere hablar de inversiones, licencias energéticas, acuerdos comerciales y cooperación financiera con Occidente. Las señales de este nuevo posicionamiento se acumulan diariamente. El silencio frente a la imputación de Castro no es un olvido o una omisión casual, sino una decisión política calculada que marca el fin de una alianza que definió la política exterior venezolana durante dos décadas.
Fuente: La Patilla — Ver nota original