De limpiar el Riachuelo a pasar sus días en el fondo del mar: cómo es el trabajo de los buzos profesionales - EntornoInteligente

Entornointeligente.com / Su tarea es clave en pozos petroleros, diques y todo tipo de obras hidráulicas. El testimonio de dos hombres que se dedican a una actividad tan particular como arriesgada En grandes obras hidráulicas la tarea de los buzos profesionales resulta clave Sobre una estructura metálica, en el fondo del mar, un buzo se retuerce . Convulsiona y es lo último que hará: ya no respira. La manguera que le proveía oxígeno desde el barco que está en la superficie se rompió. 90 metros bajo el agua, el hombre ya consumió los tanques con gas de emergencia que llevaba en su espalda. El 18 de septiembre de 2012 Chris Lemons descendió junto a un compañero a trabajar en la estructura de un pozo petrolero en el Mar del Norte, a la altura de las costas de Aberdeen, en Escocia. Debían reemplazar una tubería. El descenso había sido normal y el trabajo ya había comenzado; golpeaban con sus mazas, desajustaban enormes tuercas. Entonces sucedió lo imposible: el barco que los había llevado hasta allí comenzó a alejarse. Aunque estaba en “posicionamiento dinámico” (un sistema computarizado que lo mantiene en una ubicación exacta), algo falló . Las alarmas se sucedieron y nada funcionaba como debía. La embarcación comenzó a sacudirse y alejarse de los buzos. Las olas, que alcanzaban los 5 metros y medio, marcaban el rumbo. El umbilical –así se llama- es un conjunto de cables que conecta al buzo a la cámara hiperbárica sumergible desde la que trabaja. Esa cámara está conectada al barco. Cada cable tiene una función: uno le lleva oxígeno, otro agua caliente para mantener su temperatura corporal. También hay un cable de video, otro de luz y uno de comunicaciones, con el que mantiene contacto con su supervisor. Es su voz la que se escucha en el documental Last Breath (Último aliento), recientemente estrenado en Netflix, diciéndoles “Vuelvan” a ambos buzos. En el fondo del océano, como astronautas en el agua, los dos hombres que hasta hacía segundos caminaban sobre el lecho marino, comenzaron a sentir el tironeo de sus umbilicales. Uno de ellos consiguió rápidamente subir por el suyo, trepando como si fuera una soga. El de Lemons se atascó en la torre de hierros que estaba reparando. Pidió, en muy pocas palabras, que corrigieran, que le dieran cuerda. Y oyó lo peor: “Tenés que destrabarlo vos”. No había más metros. Su umbilical no soportó el tironeo. Como las fibras de una lana, el cable se desmenuzó. No se sabe qué fue primero; la luz, el agua caliente, la comunicación o el aire. En cuestión de segundos, Lemons estaba en el fondo del mar, solo, con frío, a oscuras y con sólo cinco minutos de sobrevida: eso es lo que tenía de gas en su mochila de emergencia. Buzos profesionales soldando y haciendo reparaciones bajo el agua En algún punto de la costa norte de Tierra del Fuego, cerca del Estrecho de Magallanes, suena una llamada de Skype en el Mar Argentino. José Moriondo acepta la invitación a hablar con Infobae . Sonríe y es imposible mantener la mirada en él: detrás suyo sólo hay relojes, válvulas, cables y perillas. Está en el control de buceo. Desde allí supervisa a los buzos que están en el agua, donde trabaja hace más de 25 años. Hoy el clima no acompañó, pero mañana descenderán a 40 metros para corregir unas mangueras de petróleo que llevan el crudo desde el fondo hasta los barcos cargueros. Lo que harán es similar al trabajo que estaba haciendo Lemons al momento de su accidente. Lo que harán se llama “buceo de saturación” . Trabajan a profundidades que pueden llegar a los 100 metros pero, para eso, deben convivir 28 días en un tubo de no más de dos metros de ancho por seis de largo junto a otras 5 personas. Es la cámara hiperbárica. José Moriondo en el control del buceo “Durante los veintitantos días se mantiene la misma presión y al final se hace una descompresión. El organismo toma el gas a presión cuando vas respirando y, en aproximadamente 6 horas, ya todos los fluidos están saturados a la presión del gas que estás respirando”, explica. El gas del que habla es una mezcla de oxígeno y helio. Una vez cerrada la puerta, bombean a la cámara la mezcla. Así logran emular la presión a la que estarán en el lecho marino. El aire que respiramos está compuesto por nitrógeno (80%) y oxígeno (20%). El nitrógeno, a partir de los 40 metros de profundidad, “se vuelve narcótico para el ser humano. Entonces hay que reemplazar ese nitrógeno por otro gas inerte. El helio no produce esa narcosis”. Néstor Andersen antes del descenso En ese espacio, en los que todos adquieren su vocecita rara, graciosa al comienzo pero que puede imaginarse perturbadora al cabo de unos días, hay camas, una mesa y un baño. “El espacio es poco, la intimidad es nada. Cada movimiento, cada ruido que hace uno molesta a otro” , cuenta José. En la Argentina, según la Asociación de buzos profesionales (ABP), hay 180 buzos en actividad . La mayoría se concentra en Buenos Aires, Mar del Plata y Puerto Madryn. En menor medida en Corrientes, Misiones, Santa Fe y Mendoza. El boom de buzos profesionales se dio con la construcción del túnel subfluvial en el río Paraná, que conectó Santa Fe y Entre Ríos en la década del 60 y lo que llaman “buceo de modalidad salvamento” , cuando comenzó el saneamiento del Riachuelo , en la década del 90; eran tiempos de María Julia Alsogaray . Una reparación debajo del mar Néstor Andersen , buzo hace tantos años como José, trabajó en el Riachuelo: “Era muy feo entrar. Con bombas y mangueras de incendio teníamos que originar una especie de hueco para correr los animales muertos y la basura que había”. En plena ciudad de Buenos Aires, debajo de nuestros pies, ahora, puede haber un buzo. Bajo las calles Luis María Campos en Palermo y Balbín en Belgrano, Yerbal en Caballito y Francisco Beiró, en Devoto, corren algunos de los ríos subterráneos que alimentan el sistema de agua de la ciudad de Buenos Aires. Hace varios años, antes de dedicarse por completo al petróleo, José trabajó en Beiró, por debajo de Beiró, a unas cuadras de la General Paz. “Nos metíamos a bucear, a limpiar rejas, y pasaba el bondi por al lado . De la gente que caminaba nos separaba una chapa de esas que ponen en las obras. Eso era todo lo que había de diferencia. Estábamos a 20 metros de profundidad “, recuerda. Así es el comedor de la cápsula Para lavar los platos en la cocina, para que el gas llegue a casa, para que el auto pueda tener nafta, “en todo lo que prendés o tocás, hay un buzo arreglando, limpiando, chequeando o creándolo. Diques, represas, centrales atómicas, puertos” , explica Néstor Andersen. El primer trabajo de saturación que hizo José Moriondo fue la construcción de un muelle en Ushuaia. Bajo el agua, a 12 metros de profundidad, llenaba canastos con piedras y los colocaba uno sobre otro para evitar avalanchas. Hoy se dedica a terminar las conexiones de cañerías a plataformas petroleras en el fondo del mar. “Vamos, medimos, se fabrica la pieza de conexión y nosotros la conectamos ahí, la instalamos”. En la Argentina, según la Asociación de buzos profesionales (ABP), hay 180 buzos en actividad. La mayoría se concentra en Buenos Aires, Mar del Plata y Puerto Madryn. En menor medida en Corrientes, Misiones, Santa Fe y Mendoza El traje de neoprene que usan es un poco más holgado que el del buceo recreativo, ese de corales y fotos en Facebook. Por dentro corre agua caliente que llega a través de la manguera que está conectada a la cámara hiperbárica y ésta, al barco. La temperatura en el fondo del Estrecho de Magallanes es de 6 grados; el agua que les llega está a 45. Sobre el lado derecho del casco, por encima de la oreja, llevan la cámara. A la izquierda, a la misma altura, la luz. En su arnés y a la cintura, cargan las herramientas de un plomero en el océano: llave inglesa, soldador, maza, martillo. Y un cuchillo: en caso de emergencia con él cortarán el umbilical. Según la Asociación de Buzos Profesionales (ABP), hay 180 buzos en actividad en la Argentina Un buzo de saturación en Argentina hoy gana unos 900 dólares por día aproximadamente. Pueden trabajar 180 días al año. “Creo que tiene que ver más con la salud mental que con la física”, dice José. Todos los años se someten a una evaluación. El encierro, para él, bien vale la pena: “La primera vez que lo hice estaba muy ansioso por hacerlo. Es llegar al top de la carrera. El tiempo en la cámara es complicado, pero estar en el agua es un gran momento”. Durante uno de los 28 días que permanecen en la cámara, un buzo está en el agua 8 horas . Las restantes 16 las pasará junto a sus compañeros en ese mini silo de centímetros en los que comen, duermen, se bañan, hablan por teléfono con sus familias. Un buzo de saturación en la Argentina hoy gana unos 900 dólares por día aproximadamente. Pueden trabajar 180 días al año Como supervisores, Néstor y José, que también bucean, son, para sus buzos, “su mamá, papá y hermano”, dice Néstor y agrega: “Escuchamos cómo respira. Antes de colocarle el casco, te das cuenta cómo está: si tiene miedo, si está nervioso por un trabajo nuevo. Nos estamos jugando el cuero siempre y el cuero hay que cuidarlo. Tiene que volver sano, con los diez dedos de sus manos”. Y recuerda una intoxicación: “Pablo. Los salvamentos son muy ingratos. Se intoxicó con oxígeno. El oxígeno puro, después de 7 metros, te da convulsiones. Hubo un error en el sistema y a los cuarenta y pico de metros respiro oxígeno puro. Lo sacamos rápido y lo metimos en la cámara hiperbárica. Gracias a Dios está hoy mejor que cualquiera de nosotros”. En la actualidad un buzo de saturación gana unos 900 dólares por día aproximadamente y puede trabajar 180 días al año En unos días, José volverá a su casa de Villa Pueyrredón, donde los esperan su esposa, profesora de natación para bebés, y sus dos perros, Inti y Linda. Posiblemente, ya en su casa, vuelva a tener un sueño que ha repetido unas cuatro veces: “¿Viste (la película) Charlie y la fábrica de chocolate ? Bueno, era todo así, pero como un barco y todo era cerveza”. —¿Qué hay en el fondo del mar? —Frío, oscuridad, soledad y peligro. —¿Ni un animal? —Imaginate que ahí los más feos del barrio somos nosotros, con ruido, luces y burbujas. No queda nadie, se van todos. — ¿A dónde te vas de vacaciones? — A la playa a bucear, ¿dónde voy a ir? Seguí leyendo Tiene 74 años y es el rey de las olas: la sorprendente vida de Daniel Gil, el pionero del surf argentino que vive en la playa Tiene ejemplares de ciudades, museos, iglesias, publicidades y hasta mordidos: la vida de Vicente Viola, “el coleccionista de lápices”

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