Crisis eléctrica en Venezuela genera deterioro de salud mental

La crisis eléctrica que azota a Venezuela se ha consolidado como una rutina amarga marcada por la incertidumbre y el desgaste constante de millones de ciudadanos. En gran parte del país, los apagones oscilan entre cuatro y seis horas diarias, pero en estados como Táchira, Mérida, Barinas y Sucre la situación es mucho más crítica, con cortes que se prolongan hasta 12 horas continuas. Esta realidad ha transformado fundamentalmente la dinámica de las familias venezolanas, que ahora organizan sus rutinas alrededor de fallas eléctricas que dejaron de ser excepcionales para convertirse en la normalidad cotidiana.

La incertidumbre sobre cuándo se irá la luz y cuándo regresará ha modificado profundamente los hábitos y comportamientos de miles de hogares. Los ciudadanos cocinan antes de tiempo, almacenan agua, cargan constantemente sus teléfonos y desconectan electrodomésticos debido a las fluctuaciones de voltaje que ocurren sin previo aviso. Las noches transcurren envueltas en calor, oscuridad total y fallas de telecomunicaciones que intensifican la sensación de aislamiento, especialmente en las regiones más afectadas del interior del país, profundizando la desconexión de las comunidades.

Especialistas en salud mental advierten sobre las consecuencias menos evidentes pero progresivamente más profundas de esta crisis prolongada. Según Yorelis Acosta, psicóloga clínica y social coordinadora de Investigaciones del Centro de Estudios del Desarrollo de la Universidad Central de Venezuela, los cortes eléctricos sorpresivos activan inmediatamente el cortisol, la hormona del estrés, porque el ser humano rechaza naturalmente la incertidumbre. La estabilidad mental de los venezolanos ya estaba previamente comprometida por el deterioro generalizado de los servicios públicos, creando un ambiente de estrés crónico alimentado no solo por la falta de electricidad, sino también por la deficiencia del agua, transporte y otros servicios esenciales.

Esta situación ha generado en la población un estado permanente de hipervigilancia, donde las personas anticipan constantemente escenarios negativos relacionados con nuevas fallas eléctricas. Sin certeza sobre cuándo será interrumpido el servicio, muchos ciudadanos reaccionan con rabia o desesperación apenas ocurre cada apagón, sumiendo al país en lo que podría describirse como un estado de supervivencia emocional donde la salud mental se deteriora progresivamente bajo la presión del estrés cotidiano.

Fuente: La Patilla — Ver nota original

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