Cortocircuito - EntornoInteligente

Entornointeligente.com / El Mundo / Me despertaron los gritos de una mujer joven. Abrí los ojos y me di cuenta de que todavía era muy de noche, de que apenas había dormido, y de que estaba desnudo en la cama de una habitación que no conocía . La chica volvió a gritar desde alguna de las estancias de la casa. Esta vez creí que decía mi nombre. Al ponerme de pie me sumergí en agua hasta los tobillos. Estaba templada, lo que no era más extraño que tener agua en la habitación. Traté de encender la luz presionando varios interruptores, pero no había luz. La voz de la chica grito: “No hay luz, ha reventado la caldera”. Aproveché la claridad de las farolas de la calle que entraba por las ventanas, y empecé a avanzar hacia la voz provocando un pequeño oleaje, primero en el salón, y después en un pasillo que acababa en la puerta de entrada. Un poco antes se adivinaba el cuerpo de una chica rubia y desnuda frente al cuadro eléctrico . Trataba de subir una y otra vez los diferenciales, que insistían en volver a caer con un chispazo. Cada vez que fracasaba se lamentaba chapoteando con un pie en el agua. Supongo que en ese momento me enamoré, porque no fui capaz de advertirle que a lo mejor estaba a punto de matarnos.

La escena me recordó a un cuento de terror, creo que de Stephen King , en el que un ejecutivo va en un avión en mitad de una terrible tormenta, y es el único pasajero que ve a una especie de duendecillo maléfico sentado en el ala, que juega a destrozar los motores a golpes. Como la chica también era periodista, recordé aquello que nos dicen de que somos océanos de conocimiento con un centímetro de profundidad , en este caso unos diez centímetros de profundidad, lo que significa que como gremio estamos vivos de milagro.

En Ibiza las calderas duran mucho menos que las relaciones. El agua salinizada que llega a las casas colapsa los electrodomésticos y las tuberías. Convierte la ropa lavada en moldes de cartón. El jabón y la pasta de dientes se solidifican hasta volverse una especie de caramelo que te dedicas a pasear con el cepillo entre los dientes . Las calderas explotan, decenas cada día, y de su interior brotan litros de agua y bloques de cal y sal del tamaño de calaveras.

Uno aprende a convivir con su caldera como con una bomba atómica. A partir de los dos años convives con el miedo. Abres el armario en el que la escondes, para ver qué tal está, y descubres impresionado lo que debía sentir la tripulación del Enola Gay sobrevolando Hiroshima . Con el tiempo aprendes a descifrar sus crujidos metálicos en mitad de la noche. Te levantas y la acaricias como si trataras de calmar las pesadillas de un animal salvaje que se despereza.

Es imposible adivinar con exactitud en qué momento va a reventar, ni siquiera si no va a hacerlo jamás; pero yo al menos no tengo ninguna duda de que en el piso de la chica la caldera reventó en el momento exacto. En ‘Las partículas elementales’ Houellebecq lo explica así: “Al considerar los acontecimientos presentes de nuestra vida, oscilamos constantemente entre la fe en el azar y la evidencia del determinismo. Sin embargo, cuando se trata del pasado, no tenemos la menor duda: nos parece obvio que todo ha ocurrido del modo en que, efectivamente, tenía que ocurrir “.

No llevaba mucho con la chica pero le dije que se viniera a mi casa para ducharse, e incluso como gesto de cortesía, que podía quedarse a dormir un par de días mientras le cambiaban la caldera. La chica se fue a trabajar y por la tarde llamó a mi puerta. En una mano llevaba una plancha del pelo y un secador, al hombro una mochila enorme, y una más pequeña en la espalda, y en la otra mano una maleta de ruedas roja, como una caperucita Samsonite , que le llegaba por encima de la cintura. Cuando logró meter todo en mi casa lo único que se me ocurrió para intentar que se marchara fue casarme con ella.

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Con Información de El Mundo

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