Fuente de la imagen, Family photo Poco después de la medianoche del 1 de mayo de 1984, el funcionario público Anthony Littler bajó de un tren en Londres y se adentró por un oscuro callejón en dirección a su casa. Dos minutos después, el hombre de 45 años yacía moribundo en el suelo. Había recibido dos golpes en la cabeza. No se robaron nada. No había testigos, ni análisis forenses, ni un móvil claro. Anthony, a quien sus amigos llamaban "un gigante amable", vivía solo y era aficionado a la cerveza artesanal. Durante 42 años nadie respondió ante la justicia, hasta que el pasado 3 de julio la situación cambió. Michael Stewart, de 57 años, y Anthony Stewart, de 60, fueron condenados a cadena perpetua con una pena mínima de 10 y 15 años respectivamente por aquel asesinato. Los hermanos tenían 15 y 18 años en el momento del ataque. Aunque no había pruebas de que Anthony Littler fuera gay, la jueza Cutts señaló que los Stewart habían elegido a hombres homosexuales como víctimas de robo. "1984 era otra época y, en muchos sentidos, otro lugar", afirmó. En una audiencia televisada, la jueza principal les dijo a los acusados: "Estoy completamente segura de que su grupo estaba al acecho de una víctima. Atacaron a ese individuo decente y honesto y le arrebataron la vida". Los casos sin resolver a menudo se solucionan gracias a la ciencia: ADN, huellas dactilares, pruebas antiguas analizadas con tecnología nueva. Final de Más leídas Este caso fue diferente. Los detectives recurrieron a una audaz operación encubierta: instalaron micrófonos en la casa y el auto de Michael Stewart, colocaron dispositivos de escucha en el auto de su hermano y enviaron a dos agentes secretos a infiltrarse en la vida de Michael. Estaban esperando a que hiciera lo que, a lo largo de los años, había hecho repetidamente: hablar. Fuente de la imagen, Metropolitan Police ImprobableEl nuevo podcast de BBC Mundo sobre un amor que triunfó contra todo pronóstico Episodios Fin de P
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