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Cómo salimos de la cuarentena y recuperamos nuestra economía

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Si no hacemos absolutamente nada para combatirlo, el coronavirus perderá la partida en unos dos años. Perderá aunque no se lleve a cabo ninguna cuarentena. Perderá aunque no se descubra ningún tratamiento efectivo. Perderá aunque no se desarrolle ninguna vacuna.

La explicación es muy sencilla. Los científicos la llaman “inmunidad del rebaño.” Si dejamos que el virus actúe, con el transcurso del tiempo se contagiarán unos 10 millones de bolivianos. Morirán unos 100.000, pero se habrá logrado la inmunidad de una gran mayoría de la población sin que la economía se vea afectada.

Esto porque los contagiados que no fallecen adquieren un grado de inmunidad. No se contagian con el mismo virus por cierto tiempo. Es verdad que no existe una prueba definitiva de que esto sea así. Sin embargo, todos los coronavirus de esta familia han producido inmunidad en los contagiados. Veamos a quienes afectaría la estrategia de la inmunidad del rebaño.

Ocho de cada 10 contagiados tienden a ser personas menores de 65 años que no sienten nada o sienten un ligero resfrío. Dos de cada 10, de todas las edades, sienten una fuerte gripe. La mitad de éstos se recuperan después de un par de semanas en su casa. La otra mitad tiene que ser hospitalizada. En este último grupo, el de los hospitalizados, la mayoría son mayores de 65 años o personas con serios problemas de salud. Se han visto casos aislados de jóvenes o incluso niños e infantes que han muerto de este mal, a pesar de estar en perfecto estado de salud.

Por esto, la inmunidad del rebaño no es una opción. Tal vez lo sea en dictaduras secantes como la de Corea del Norte. En Bolivia ningún Gobierno podría levantar las manos y decir a la población que lo mejor es no hacer nada. No aceptamos la idea de que los débiles y los mayores mueran para salvar a los demás y preservar la economía.

Si nos vamos al otro extremo y optamos por una cuarentena perfecta, se puede derrotar al coronavirus en un par de años, minimizando el número de enfermos y fallecidos. El precio de esto también es inaceptable. No estamos dispuestos a asfixiar a la economía, empobrecer a la mayoría de la población y dejar que mueran de hambre los más desprotegidos.

En cambio, una cuarentena de corta duración funciona a un costo razonable. No derrota al virus. Posterga su máximo efecto. Paradójicamente, cuanto mejor se cumpla y más larga sea esta cuarentena, mayor será el número de personas que no serán inmunes a este virus justamente por haber evitado el contagio. Eso quiere decir que debemos estar listos para enfrentar rebrotes del virus en cuanto termine la cuarentena.

Este hecho nos obliga a prepararnos para un largo ciclo de cuarentenas, reaperturas, rebrotes del contagio y nuevas cuarentenas. El Gobierno y los agentes económicos tendrán que aprender a suspender sus actividades cuando el virus rebrote y a revivir la economía en cuanto se lo aplaque. Es un problema que demanda la máxima creatividad y cooperación por parte del conjunto de la sociedad.

El virus golpea a una economía que ya no está en su mejor momento. Los gastos del Estado suben enormemente justamente cuando sus ingresos caen estrepitosamente por la caída del precio del barril de petróleo. Todos los sectores piden compensaciones cuando hay menos recursos para atenderlos.

Los informales y los asalariados necesitan bonos porque no pueden trabajar. Los más pobres e indefensos los requieren más que nadie. Los pequeños y grandes empresarios exigen subvenciones. Los medios reclaman un apoyo especial para cumplir con su papel informativo y fiscalizador de la gestión de gobierno.

Todo esto, cuando el Gobierno tiene que aumentar el personal médico y capacitarlo para tratar esta enfermedad. Tiene que dotar seguros de enfermedad y de vida para médicos y enfermeras. Tiene que comprar barbijos y vestimentas desechables para protegerlos.

Tiene que habilitar hospitales y clínicas especializados en el coronavirus. Tiene que comprar costosos respiradores para los pacientes más graves. Tiene que competir en el mercado mundial para tratar de comprar millones de pruebas que sirven para detectar a los infectados y separarlos de los no infectados.

Estas realidades nos obligan a preguntarnos cuál es el objetivo de una cuarentena parcial, imperfecta y costosa como la que estamos llevando a cabo en este momento. Lo primero que hay que tomar en cuenta es que no parece que habrá un tratamiento efectivo ni una vacuna segura para este virus, por al menos un año. Para cuando los haya, nuestro país no estará entre los primeros en obtener esos adelantos.

No nos queda otra que imponer una cuarentena parcial e imperfecta. Vale la pena repetir que su objetivo no es derrotar al virus. Tan solo permite ganar tiempo para enfrentar la avalancha de contagios que vendrá apenas termine el aislamiento.

El Gobierno levantará la cuarentena gradualmente para evitar mayores daños a la economía. La presión popular y política puede obligarlo a levantarla justamente cuando el contagio llegue a su máximo punto. Eso puede suceder durante mayo. Si la cuarentena retrasa los contagios con éxito, ese punto puede llegar en junio o julio. De una u otra manera, el Gobierno se verá obligado a levantar la cuarentena muy pronto.

El confinamiento permite ganar tiempo para mejorar la capacidad hospitalaria y médica. Esa capacidad no abastecerá para cuando llegue el pico del contagio. Esto no se debe a la mala voluntad o incapacidad del Gobierno. Se debe a que los limitados recursos económicos, humanos y técnicos del país no permiten otra cosa. Además, el levantamiento de la cuarentena generará un mayor número de contagiados que necesitan hospitalización.

La cuarentena actual también gana tiempo para aumentar la capacidad de detectar a los contagiados mediante una campaña de pruebas de contagio hasta donde esta sea posible. Hay un tipo de prueba que detecta la presencia del virus en el organismo mientras está enfermo. Hay otro tipo que detecta la presencia de anticuerpos generados por el organismo para combatir al virus incluso cuando ya está sano.

Bolivia no tiene la capacidad financiera ni comercial para comprar pruebas de ningún tipo en la cantidad que necesita para controlar el contagio. Los países más ricos y más avanzados del mundo están compitiendo en el mercado mundial para comprar un número escaso de pruebas.

El mejor uso de las pocas pruebas de que disponemos no es el de confirmar casos evidentes de coronavirus. Es más eficiente usarlas para detectar a los sospechosos del contagio. De esa manera se los puede aislar y tratar antes de que contagien a mucha más gente.

Cuando una prueba sale negativa, eso permite que un sospechoso regrese a sus rutinas habituales, sea dentro o fuera de la cuarentena general. Si se comprueba que está contagiado, eso permite llevar a cabo cuatro cosas muy importantes.

Primero, vigilar su caso individual para verificar si es ligero o si necesita atención de emergencia en un centro especializado. Segundo, aislarlo por al menos dos semanas, incluso de su propia familia, para evitar que contagie a otras personas. Tercero, determinar con quienes tuvo contacto para buscar y aislar a esas personas por un par de semanas hasta ver si muestran síntomas. Cuarto, aplicarle al menos dos pruebas en cuanto parezca sano para asegurarse que ya no es contagioso.

Una mayoría de los contagiados no muestran síntomas pero son altamente contagiosos. Las pruebas permiten identificarlos, aislarlos, tratarlos si fuera necesario y, a su turno, rastrillar a sus propios contactos para ponerlos en cuarentena hasta estar seguros de que no están contagiados ni son contagiosos y pueden volver a su trabajo sin provocar rebrotes del virus. Sin la conjunción de estos elementos la estrategia de control fracasa. El virus puede rebrotar con más fuerza.

Parte del problema para cumplir con este complejo programa es que no contamos con suficientes pruebas para identificar a una mayoría de los contagiados. Además, es muy difícil que el Gobierno pueda organizar brigadas de seguimiento de todos los contactos de los contagiados o de los sospechosos de contagio. Los países que lo han logrado con éxito, como Corea del Sur, han organizado brigadas de múltiples funcionarios altamente capaces de identificar, aislar y si fuera necesario disponer un tratamiento para cada sospechoso.

China ha impuesto un sistema de seguimiento de los contagiados y sus contactos mediante la vigilancia de sus movimientos a través de sus celulares.

En Bolivia, la oposición se ha ganado el gordo de la lotería electoral con el numerito de la pandemia. Si el Gobierno adopta el sistema chino lo acusarán de implantar una tiranía violadora de los derechos humanos. Si no lo adopta, lo acusarán de negligencia culposa. Les basta y sobra con acusar al Gobierno de una total incapacidad por no poder derrotar al coronavirus en un corto tiempo.

Es obvio que la cuarentena actual causa daños enormes al empleo, a las ventas, a la producción y al consumo. Para la oposición es muy fácil culpar al Gobierno de todo eso. No toman en cuenta que una manera de salir de la cuarentena y recuperar la economía es detectar a los que tienen inmunidad y permitirles regresar al trabajo. No se dan cuenta que eso requiere millones de pruebas. No explican ni a sus propios seguidores qué tipos de pruebas existen ni para qué sirven. Tampoco sugieren cómo podemos obtenerlas en las cantidades necesarias, esto a pesar de sus excelentes contactos internacionales.

Saben muy bien, pero no dicen que otra manera de salir de la cuarentena y recuperar la economía es entrenar a la población no inmunizada para que vuelva al trabajo en condiciones de seguridad, manteniendo la debida distancia unos con otros, lavándose las manos con frecuencia, evitando tocarse la cara con las manos, usando barbijos y máscaras faciales y duchándose al regresar a casa para proteger a los mayores y los más débiles. No se los escucha pidiendo a la población que se comporte de una manera responsable. Prefieren que el Gobierno asuma esta tarea porque tiene un costo político alto entre los inconscientes.

Si la gestión del Gobierno tiene éxito, los opositores dirán que fue solo por promover su campaña electoral. Si fracasa, lo culparán de no haber hecho una mejor gestión. Mientras la oposición mantenga esta actitud irresponsable, inconducente y contradictoria, el Gobierno y los sectores menos negativos de la población deben encontrar maneras de colaborar para acordar un sistema que atienda la recuperación gradual de la economía, regular el cierre de las cuarentenas cuando parezca oportuno y reponerlas cuando aparezcan rebrotes. Todo esto sin perder el apoyo de la gente, por más que la oposición se dedique a socavarlo.

Es fácil decir que hay mil maneras fáciles y baratas de salir de la cuarentena y de recuperar nuestra economía. No cuesta nada decir que el Gobierno no las está aplicando por su incompetencia y venalidad. Los opositores que lo dicen nos están contando cuentos baratos para ganar votos. Da mucha pena constatar que lo hacen a costa de la salud y la vida de millones de bolivianos.

 

El autor practica análisis de ideas

LINK ORIGINAL: Los Tiempos

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