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El fin de una pieza editorial es marcar una posición institucional sobre un tema. 

Es una cuestión delicada, ya que si bien quien habla en un editorial es una institución, quienes escriben son seres humanos, susceptibles de sesgos, información parcial, e incluso, de sensibilidades que van cambiando, y que pueden interpretar ese mismo texto con ojos bien diferentes.

El tema del título, la relación entre la comunidad científica, el sistema político, y los medios de prensa, ha motivado varios editoriales en los últimos años. Pero particularmente desde que comenzó la pandemia de coronavirus. Es un tema álgido en todo el planeta, pero que en Uruguay tiene sus características propias. Por un lado, encuentra a los medios de prensa, y al periodismo en general en un momento bisagra en la transición digital, donde hay mucha confusión y mareos. Periodistas que se creen gurúes espirituales, otros a los que el pánico hace perder el norte, y no pocos que han usado su conocimiento y alcance con audiencias, para fines partidarios menores.

Algo parecido ocurre con la comunidad médica y científica. Que también se ha visto en el centro del torbellino provocado por la pandemia, y ha tenido muchas de las mismas virtudes y pecados que los periodistas. Pero con un agravante: en un momento de crisis sanitaria, la palabra de un médico, de un científico, cobra una fuerza mucho más potente que en otros tiempos más “normales”, tiene la capacidad de llevar calma o histeria a la audiencia, y obliga a quien la emite, a jugar en una finísima línea de equilibrio entre la idoneidad técnica, el sentido de responsabilidad, y el rol de ser faro en plena tormenta.

A nadie escapa que en Uruguay ha habido gente que ha cumplido este rol con una fineza quirúrgica, y quienes no. De hecho, en las últimas horas, la campaña lanzada por el Sindicato Médico para asesorar a sus socios en cómo producir videos que generen impacto en la opinión pública (alguien con mala fe podría decir terror), y obligar al gobierno a tomar determinadas medidas, ha vuelto a poner el tema sobre la mesa.

Algo de eso analizaba el editorial del El País del pasado lunes, donde se señalaba con severidad a quienes teniendo una responsabilidad enorme por su posición de sabiduría en el tema, la han usado de manera irresponsable para generar efectos políticos y partidarios.

Pero, al ingresar en áreas que son grises para quienes no están por dentro del mundillo científico y médico, esa pieza afectó sensibilidades más allá de su intención. Esto quedó en claro en la entrevista del domingo pasado, donde el director del Instituto Pasteur, Carlos Batthyány, uno de los científicos más destacados del país, se manifestaba dolido y enojado por sentirse incluido en el bando de los criticados. Otros representantes de la comunidad científica local, manifestaron en forma directa una emoción similar, que en nada formaba parte de la intención del editorial.

Vamos a ser claros. La comunidad científica uruguaya, en su abrumadora mayoría, ha tenido una actitud al filo de lo heroico durante esta pandemia. Sin importar su sensibilidad política, han aportado su saber, su esfuerzo, hasta arriesgado su propia salud, para ayudar a que el país haya tenido una de las respuestas más eficientes y profesionales al desafío del coronavirus. Algo reconocido en todo el mundo.

La comunidad científica y médica uruguaya, en su abrumadora mayoría, ha tenido una actitud al filo de lo heroico durante esta pandemia. Y la mala fe de unos pocos, no cambia el apoyo que siempre ha recibido en este espacio. Con el agregado de que muchos de ellos, por su capacidad técnica, bien podrían estar en países centrales, ganando mucho más dinero y trabajando en mejores condiciones. Y sin embargo están aquí, sumando y empujando.

No decimos esto ahora como algo nuevo, o porque alguien se enojó. En el último año, se han publicado decenas de editoriales en El País destacando este tema. Y reclamando que el gobierno logre transferir recursos de donde sea para potenciar a la ciencia local, en el entendido de que es una inversión clave para el desarrollo del país. El pasado 11 de marzo, un editorial aquí publicado decía: “en el Uruguay la opinión pública viene habituándose a que la gran investigación se cumpla lejos, en circuito cerrado y bajo la égida de los grandes capitales, mientras acá compramos sus productos y sus paradigmas. Encolumnados detrás de los mensajes que nos manda el hemisferio norte, digerimos las contradicciones científicas que suben y bajan de cartelera. Nos descansamos en una pereza crítica que nos deja a merced de cualquier bolazo difundido por redes o nos uniformiza en la obediencia”.

Si nos sentimos con autoridad para criticar a quienes partidizan a la ciencia y a la medicina, es porque hemos sido siempre aliados, apoyo y defensores de su rol clave en el desarrollo del país.

LINK ORIGINAL: El País

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