Candidatos ante el espejo - EntornoInteligente
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Uno de los contratiempos más lamentables de la democracia es que en los comicios de cada dos o cuatro años un candidato deba convencer a millones de que él es el mejor. Debería ser al revés: durante cuatro y más años ese aspirante demostraría gracias a la construcción de sus planes, a su eficiencia y desprendimiento, que es un líder convocante.

En vista de que el mundo es al revés, el corre-corre de las campañas obliga a comprimir en pocos meses la exhibición de la vanidad política. Así, los postulantes se transforman en pavos reales, en la última coca cola del desierto, en el non plus ultra del género bípedo.

Lo verdaderamente lastimoso es que pronto pierden el sentido del ridículo y abandonan la virtud de la modestia. Se alzan como modelo de humanidad, capaces de modificar el futuro a favor de todos.

Antes del desayuno el candidato comprueba en el espejo cómo la realidad no podría existir sin el aporte de su bondad personal. Los guardaespaldas serán ángeles asignados “por ser vos quien sois”. En la plaza lo aguarda una muchedumbre ávida de conocerlo en persona, luego de haberlo admirado tantas veces por televisión.

A pocos días de campaña, nuestro hombre, o mujer, se dará cuenta tardíamente de algo que le parecerá caído de su peso: es un dios, como lo eran los emperadores romanos. Habrá fabricado para sí mismo una segunda naturaleza, una deidad portátil ante la que el mundo se prosternará.

Enfundado en semejante potencia, procederá a lanzar su verbo para hacer ver a los demás lo que para él es agua clara, su señalamiento sobrenatural para ser guía de pueblos. Entonces el candidato implantará fácilmente su verdad, se apoderará de la mente y del sentimiento público.

José Saramago se encargó de bajar del curubito las ínfulas de estos pretendientes: “He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro”.

El ardid de las campañas electorales consiste en que son emprendimientos de colonización. Para medir su calado es bueno recordar la época de la Colonia, cuando este país no era país sino apéndice de una corona trasatlántica. Hace doscientos años nos enorgullecimos de la independencia, pero los sucesores del virreinato no respetan a los ciudadanos de hoy, tratan de vencerlos convenciéndolos.

LINK ORIGINAL: El Colombiano

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