Buscando a Leidy Andrea

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Hay artículos que uno quisiera no tener que escribir nunca. Y menos repetir. Sobre la desaparición de una persona, por ejemplo. Pero una cosa es pensar con el corazón y otra enfrentarse a la realidad de miles de personas que parecen evaporarse en un segundo en nuestras calles, a veces frente a los ojos ciegos de todos.

El 10 de febrero de 2020 escribí «Buscando a Luz Leidy», que desapareció sin dejar rastro desde hace dos años y medio, cuando salió de su casa en el barrio Castilla y jamás volvió a saberse de ella.

El 29 de mayo de este año, a manera de abrazo solidario, escribí un artículo dedicado a la mamá de Andrés Camilo Peláez, el joven ingeniero forestal desaparecido hace ya más de tres meses en San Andrés de Cuerquia.

Hoy mi clamor es por Leidy Andrea Restrepo, que el domingo pasado, camino a Santa Elena, se perdió del mapa sin dejar huellas.

Los desaparecidos se nos han vuelto pan de cada día, y no siempre se trata de desapariciones voluntarias, como la de un adolescente aburrido de las normas de la casa que le deja una nota a su familia avisando que se va. Seguro, es angustiante, pero también, muy seguramente, volverá más temprano que tarde. Aquí estamos hablando de una desaparición forzada, que puede ser accidental, como cuando alguien cae a un río o rueda por un precipicio. O criminal, como cuando alguien, por intereses perversos, desvincula a una persona de su núcleo familiar, de su círculo de amigos, de su mundo…

En el caso de Leidy Andrea hay una madre sin su hija, una hija sin su madre, una familia entera sin ella, unos amigos sin su amiga, una sociedad sin una ciudadana. Todos con el alma oprimida por la incertidumbre, la duda, la esperanza y al mismo tiempo el pesimismo. Y todos con mil preguntas que no tienen respuesta: si sigue con vida, si sufre, si volverán a verla algún día. Y en el entretanto encienden velas, piden pistas, pegan fotos en los postes, imploran cualquier información en redes sociales, buscan por cielo, mar y tierra y depositan su confianza en unas autoridades que tampoco dan con ella.

A esto, súmele las llamadas a veces extorsivas, indolentes o con indicios falsos que no solo hacen más lenta la búsqueda y entorpecen el proceso, sino que ponen el alma de los dolientes en un vaivén anímico tortuoso que nadie debería tener que soportar.

¿A qué horas la vida se nos volvió un territorio de miedo? Tenemos miedo de ir a la tienda, de responderle hasta la hora a un desconocido, de tomar un taxi y no llegar a ninguna parte… Miedo de que nos trague la tierra, sencillamente.

Mi corazón, con las familias de todos los desaparecidos. Que encuentren respuestas, que encuentren a sus seres queridos y que puedan llenar de paz y de amor el vacío que ahora sienten 

LINK ORIGINAL: El Colombiano

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