Borradores que inspiran

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Mi alma poética y mi oficio de teólogo me juegan una mala pasada en temas jurídicos. Aunque, si lo pienso con calma, puede ser una oportunidad. La Constitución es eminentemente un instrumento jurídico y político y como tal su lenguaje debe dar cuenta del marco en el cual se desarrolla. Si bien está escrito para toda la ciudadanía, no todos y todas se sienten «inspirados» y motivados ni por la letra ni por el fondo. Se me criticará rápidamente que una Constitución no tiene como objetivo «inspirar» ni tampoco motivar, sino establecer los fundamentos políticos de un país. Efectivamente. Y por eso mismo me pregunto en voz alta si no es necesario o al menos útil o en algún sentido esperanzador contar con una bajada que simplifique, clarifique, movilice y estimule la coparticipación, lectura y comprensión de un texto que busca ser los cimientos de un convivir distinto. Las tradiciones espirituales también poseen sus «constituciones», sus textos fundantes, sus escritos ético-políticos; muchos de ellos al modo de regla estipulan las líneas básicas de convivencia, normatividad y acción. Muchos de ellos son bellas obras literarias, llenas de poesía y no por eso exentas de una moral poderosa y movilizadora. Lejos de mí hacer analogías que pueden no ser correctas. Lo que me pregunto, insisto, es si dentro de las innovaciones sociopolíticas que estamos llevando a cabo en estos tiempos históricos para Chile y tan esperanzadores para los últimos, los sin-rostro, los «nadies» de nuestras sociedades; no sería interesante pensar en una breve compañera para la Nueva Constitución. Todo esto en caso de aprobarse, lógicamente. Una compañera que al modo de una «Carta del Chile mejor» nos motivara a su lectura y trabajo, nos inspirara la praxis ciudadana basada en la ética que subyace al nuevo documento y sus principios y valores. Un texto breve para una lectura inclusiva, donde los niños y niñas se vean reflejados. Una Carta ético-política que realce la belleza y bondad que hemos estado construyendo y soñando. Que se me tilde de romántico, que se me tilde de ingenuo. No me preocupa. Me preocupa que la Nueva Constitución armonizada y aprobada quede guardada en algún mueble sin ser apropiada o sea una conquista para un grupo de intelectuales y juristas que se entienden entre ellos; o peor, que no le interese a las y los jóvenes; o que no refleje ni en su forma ni en su estilo lo que la «ecología» —concepto y tema tan presente y trancado en el proceso— busca transformar. La Nueva Constitución tiene el deber de ser traducida y la generación de una carta inspiradora —poética, concisa y amena— puede ser un gran instrumento de compañía para las bases del Chile que ya se viene gestando. ¿Quiénes pueden hacer esto? ¿Cómo lo hacemos? Son preguntas que invitan a un bonito e interesante desafío para el gobierno actual, el cual, además, puede permitir socializar, responsabilizar y hacer cuerpo el proyecto-país que ansiamos esperanzados.

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