ALEJANDRO J. SUCRE 26/07/2026 05:07 am A lo largo de la segunda mitad del siglo XX y los inicios del siglo XXI, el país experimentó una camaleónica transición entre modelos de desarrollo, pero al final todos eran lo mismo: fiscalistas. Bajo la doctrina del Nuevo Ideal Nacional, el régimen de Marcos Pérez Jiménez concibió al Estado no como un productor directo de bienes, sino como el gran constructor de las condiciones físicas para el desarrollo. La renta petrolera se transformó en obras públicas de envergadura que redefinieron la geografía nacional (Autopista Caracas-La Guaira, el Centro Simón Bolívar, el sistema de vialidad nacional y los primeros desarrollos de la industria siderúrgica en Guayana). Contrario a las corrientes nacionalistas posteriores, Pérez Jiménez otorgó nuevas concesiones petroleras a empresas extranjeras en 1956 y abrió las puertas a las corporaciones estadounidenses para la explotación formal del hierro. Apoyado en una estricta disciplina fiscal y la ausencia de controles de cambio, el bolívar se consolidó como una de las monedas más fuertes del planeta, cotizándose establemente en 3,35 bolívares por dólar con tasas de inflación prácticamente inexistentes. Este entorno macroeconómico atrajo masivas oleadas de migración europea que aportaron mano de obra calificada al sector privado.Con el advenimiento de la democracia en 1958, los gobiernos de Rómulo Betancourt y Raúl Leoni, en lugar de apoyar al sector privado para expandirse en los sectores de ventajas comparativas de la nación, reorientaron el modelo económico hacia las teorías de la CEPAL, buscando industrializar al país mediante la sustitución de importaciones y una mayor soberanía sobre los recursos naturales. Para colmo, este modelo errado evolucionó hacia un estatismo expansivo durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, para luego entrar en una fase de estancamiento y crisis en los años ochenta y noventa.Con un enfoque erróneo de substituir importaciones, en lugar de enfocarse
Fuente: El Universal — Ver nota original