ARGENTINA: Sobre la vida privada (y no tanto) de los escritores - EntornoInteligente

Entornointeligente.com / La Nacion / Leo una nota sobre revistas literarias en la que la mitad de las publicaciones que se mencionan evitan, por lo general, hablar o pensar sobre literatura. Sobre cine sí, y sobre televisión, e incluso sobre libros. También sobre el mercado editorial y la industria cultural. Pero lo que se dice literatura, bastante poco. La escritora Alejandra Laurencich, que dirige la no menos interesante de todas estas revistas, declara al describir la misión de La Balandra : “Nos interesa, en otras cosas, mostrar la trastienda del ambiente literario: por ejemplo, los tejes y manejes de los concursos literarios”.

No se trata un defecto de carácter meramente local, el de manifestar el interés por la literatura a través de sus condiciones de producción, los efectos de su recepción o el pintoresquismo de su concepción. La revista del New York Times, por ejemplo, acaba de publicar un artículo en el que siete escritores se dejan retratar en el lugar donde trabajan, como si eso fuera capaz de revelar, como en un pase de magia, alguna cosa acerca de su personalidad o sus obras. Apenas un poco más sugerente es el trabajo que encaró el dibujante y arquitecto Matteo Pericoli, que les solicitó a cincuenta escritores que le mandaran fotos de las vistas percibidas a través de sus ventanas. Pericoli las dibujó y publicó el libro Windows on the World. 50 writers, 50 views , y así nos enteramos qué es lo que se ve desde los escritorios de Orhan Pamuk en Estambul, Nadine Gordimer en Johannesburgo o Xi Chuan en Pekín. Leo ahora el último libro de Daniel Guebel, Las mujeres que amé , y a pesar de lo que sugiere el título rescato el epígrafe que abre uno de los relatos: “Darle al público detalles sobre uno mismo es una tentación de burgués a la que siempre me he resistido”. La frase es de Gustave Flaubert.

El escritor y ensayista Elías Canetti probablemente pensaba en algo parecido cuando escribió: “Que no esté permitido conocer a los escritores. Leerlos sí, pero no conocerlos”. ¿Cuándo fue que empezamos a necesitar saber todo de nuestros artistas favoritos? ¿Cuándo se volvió tan imperiosa la divulgación de la vida privada de los escritores? En un artículo que ya tiene su tiempo, el crítico literario Ignacio Echevarría arriesgaba una respuesta: “Desde el romanticismo, el arte y la literatura modernos vienen explorando insistentemente los territorios de la intimidad, combatiendo sus pudores, allanando sus resistencias, adiestrándose en las más diversas maneras de documentarla, hasta el extremo de que la más o menos directa exhibición de la intimidad del propio artista, expuesta como mercancía, ha terminado por constituir un rasgo caracterizador de nuestro tiempo”.

Si convenimos que un libro es hoy una mercancía como cualquier otra, ofrecida en el mercado múltiple y heterogéneo de los bienes suntuarios, es comprensible que se esgrima cualquier estrategia publicitaria (entre ellas, la difusión de los hábitos o la intimidad de su autor) con tal de lograr reclamar la atención de un potencial comprador. Incluso tal vez sea injusto endilgarle toda la culpa a editores y agentes de marketing, ya que probablemente la vanidad de los escritores tenga bastante que ver en todo el asunto. Más difícil es aceptar que a un lector experimentado le importe realmente averiguar si su escritor predilecto toma café o té, si es monógamo o lleva una vida disoluta, si vive en un monoambiente o en una casa con pileta y jardín. ¿Acaso una gran obra no es aquella que contiene al mismo todas las preguntas y todas las respuestas sobre sí misma?

Hay que decir también que algunos escritores, conscientes de la situación, han optado por tomar distancia y mantener un prolongado silencio público. En la Argentina, sin ir más lejos, es tarea compleja hacer que César Aira o Abelardo Castillo accedan a ofrecer entrevistas y conferencias públicas. ¿Pero es el recogimiento o la evasión la única alternativa? Si la necesidad de dar visibilidad a una obra a través de su autor es, en la actualidad, una instancia imposible de evitar, existen alternativas más adecuadas y menos fastidiosas que la exhibición de sus lugares de trabajo, los paisajes que aparecen en el marco de sus ventanas o los rasgos más sobresalientes de su personalidad. Un escritor debería poder hablar siempre acerca de lo que más sabe, es decir, de literatura. Ya sea transmitiendo un saber específico (cómo escribe lo que escribe) o evocando sus lecturas, es decir, subrayando la literatura de los otros. Para todo lo demás existe una disciplina muy específica, la crítica literaria. Y un hábito incontenible estimulado por las redes sociales: la chismografía. .

Con Información de La Nacion

Entornointeligente.com

Follow Me

.